LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Cuarto/3
Paez llevaba en la conciencia una profunda lástima por las huéspedes que
conducía al sótano del Ministerio del Interior obligándoles a veces a bajar por las
escaleras tristes de Todich descalzas y ya casi desnudas, y por eso se había
acostumbrado a mirar las paredes cuando hacía ese tipo de invitación. No fue
diferente esta vez, cuando bajó del doble tracción color bosta de vaca y se fue
caminando cansino hasta cruzarse con la señora Justina Rivero Pinto del Solar,
que había salido sola de su casa porque no iba más que a la botica de la esquina
a comprar tres Mejorales*.
—        ¿Pa'ónde va, Señora Justina? Hoy le toca charlar con nosotros.
Lo dijo en voz más bien baja, mirando arañas invisibles en la pared verde pintada
de graffiti obscenos. Justina, cuya experiencia de homicida involuntaria incluía
varios arrestos similares, miró al sabueso con ojos asustados de niña acosada
pero cambió el gesto apenas cruzó esa mirada con la de su interlocutor forzado.
Los asesinos tienen una mirada que paraliza, dicen quienes la han visto.
—        Se equivoca, señor. Yo nada tengo que hacer con ustedes. Casi nunca
salgo de mi casa.
—        Vamos a ver si cambia de tono después de conocer a dos o tres de mis
amigos. Venga para acá y súbase a mi carro, guapa.
—        ¿Está seguro de que es a mí a quien busca?
—        ¿Estás tonta, tú? ¿Con semejantes piernas? Como para confundirte está
la cosa.
—         Bueno, pues. Vamos. Dios sabe que nada oculto.
Habiendo declarado la verdad pura y simple, Justina trepó al coche y sintió en ese
momento difícil una sensación novísima: supo que jamás volvería a ver a su
esposo y se alegró durante un destello; descubrió que estaba muy cansada y ya
no podía soportar el peso del mundo. Llevaba en la conciencia la idea de que
nunca le había gustado vivir porque jamás había aceptado su destino de mente
sencilla dentro de un cuerpo harto codiciado. Recordaba las veces en que se
entregara a los machos estúpidos que no hicieron más que acezar sobre ella
durante unos minutos de náusea y se avergonzaba de no haber resistido porque
viera en la entrega el camino más corto hacia la ausencia de los conflictos. Sólo
una o dos veces había aprendido a perderse en el placer, pero tampoco supo
expresarlo de modo que su compañero accidental se enterara de que entonces sí
las cosas habían sido diferentes. La idea de que unas piernas bellas garantizan
una vocación de ramera era tan bestial que sólo podía ser masculina. Soportarla
hasta aproximarse al medio siglo podía crear un odio preciso contra esa mitad de
la especie. Este susto le había ordenado la nebulosa de ideas de modo milagroso,
y ello le certificaba sin palabras el final que le auguraba su intuición. Tal vez sea lo
mejor, se dijo, fatalista.
— ¿Cómo está tu amigo Huascar Endara?
—        No lo sé. Hace mucho que no lo veo. Lo vi una vez en el Avesol, y eso fue
todo.
Paez miraba y se mordía las uñas sentado junto a su prisionera de modo tal que
Justina viera la automática metida bajo el cinturón. Cuanto más pronto se trabaja
al sujeto, dicen los entrenadores de la academia, menos trabajo habrá después.
Ya mi mala fama trabaja en ella; sólo falta cultivarle el miedo, se dijo.
—        Pues mis agentes me dijeron algo diferente. Y tengo mil ojos. Soy como
Belcebú.
—        Si eso le dijeron, se equivocan. Lo vi en el Avesol una vez y nunca más.  
—        Pero sabe donde está.
El tuteo desapareció sin que Paez lo deseara. La tranquilidad aparente y el recato
de la mujer estaban cambiándole la actitud. Paez la miró, interesado en hallarle el
alma detrás de la cara. Se perdió en el desierto de unos ojos claros.
— Usted es la señora Justina, ¿no?
— Si, yo soy Justina. La Justina. No vaya a equivocarse y a matar otra inocente.  
Paez la miró más sorprendido que molesto: ¿Es esta la mujerzuela de que me
hablaba mi coronel? Sonrió porque nada es mejor que tener la sartén por el
mango.
—        Sería bueno que me tratara con más respeto, ¿no?  
Justina espió la avenida por no hablar ni mirar la cara de su captor y en ese
mismo instante se estrelló contra un camión basurero un muchacho en una moto
color rojo sangre y salió volando como pelele de papel al viento. Justina admiró el
arco perfecto que hizo el próximo cadáver que pataleaba sobre el techo del auto
anterior al suyo y perdió aún más el sentido de la realidad. Si los muertos
comienzan a volar, puedo esperar cualquiera cosa, se dijo. El doble tracción hizo
tronar la bocina hasta lograr lo imposible y se escurrió entre los autos como si
fuera una hormiga. Justina miró al sabueso y se sorprendió de verlo estudiándola
sin ocultar sus intereses.
—        ¿Para quién trabaja usted?
—        No tengo orden.   
Justina entrecerró los ojos y se dejó llevar. El hombre le había hablado casi sin
notarlo. Su respuesta automática a la demanda legal le produjo una sensación de
estar soñando, y en los sueños nada duele, se mintió, ya predispuesta a bien
morir.
—        ¿Sabe lo que acaba de decirme, verdad?
—        Si, un absurdo. Pero es más fácil que la verdad. Ya estamos aquí.
Descendieron pues, a buen paso por las escaleras malditas de Todich, pasaron
ante lo que fuera el despacho de Rafael Loayza, que ya estaría de vuelta,
empacado en hielo seco y listo para archivarlo en un nicho sin nombre del
Cementerio General, esperaron ante la entrada de metal asquerosa y sucia,
escucharon sin poderlo evitar la corredera de hierro que aseguraba ambas
planchas y penetraron en el callejón oscuro con las celdas diminutas para pasar
al salón de visitas que hedía a matadero.
— Siéntese ahí, señora. Voy a notificar a la superioridad, me lavo las manos y
vuelvo.    
Justina vio la silla de metal, la mesa cubierta de instrumentos del repelente trabajo
que aquí se cometía, el bombillo tan bien situado por un profesional
experimentado y el desagüe en medio patio que dictaba la experiencia. Consultó
con su alma y su alma confirmó sus temores.
—        Dios me perdone.
Sentada con las manos cruzadas como novicia en un convento, esperó lo que
rogaba no fuera muy largo. Paez retornó caminando cansino y se cruzó de brazos
frente a su presa. Un torbellino de contradicciones le quemaba el pecho. Todo
podrá suceder, se dijo, menos que esta mujer se muera. Se llevaría mi alma.
—        Vamos a ver, señora Justina. ¿Cuándo vio a Don Huascar por última vez?
Mejoral = Aspirina
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