LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Cuarto/2
Mario Khanser Suárez agoniza de un humor excelente porque le han dopado
hasta las orejas y no siente ni siquiera el dolor de morirse sin haber terminado su
gobierno constitucional. Sonríe recordando sus travesuras, mira como si se
burlara de todos porque nadie sabe sus secretos y se rasca la cabeza pelada
como un huevo porque la enfermedad terrible le permite pensar por fin lo que
nunca se atrevió a afirmar mientras gozaba de su salud, a saber, que no tiene un
pelo de tonto. Cuando así lo quiere, fuma a vista y paciencia de todos, placer que
había perdido apenas se chismeara que al vicio debe el pulmón lastimado que le
abrirá los portones por donde se viaja sin llevar esperanza alguna. Si se le antoja
y el cuerpecillo le da para tanto, se hace llevar hasta el balcón  y espía a las  
multitudes de adláteres convertidos en gitanos de barba y jaleo. Hoy se duelen de
su muerte ineludible celebrando parrilladas masivas en que se despachan vaca y
media y agotan las existencias de cerveza de cien poblados a la redonda. Incapaz
de olvidar un favor, Marito se pasa las horas reconociendo a todo aquel que le
debe alguno y pide a su cómplice más próximo que anote el nombre, la deuda y el
castigo que se aplicará de no cancelarse al minuto. Salen, pues, sus mañazos, de
los cuales ha reclutado un regimiento, y se aplican a sus cobranzas repartiendo
balas y patadas con inusitada generosidad. Esta dura disciplina es otro motivo de
jolgorio silencioso que le provoca risitas de hiena interrumpidas sólo porque le
tiembla el cuerpo y le hace llorar de dolor.
El General ha invitado para hoy a dos de sus amistades más antiguas para darse
el gusto de forzarlas a venir cruzando todo el país y verlas odiarse al compartir el
secreto que está decidido a confiarles. Sólo nos quedan dos metros de tierra
después de diñarla, cuan grande es esa verdad, compadre, pero bien podemos
dejar pendiente más de un chiste de grueso calibre mencionando con tacto lo que
amasamos… La idea se le escurre por la nariz y el General se queda mirando una
mosca del tamaño de una golondrina que ilustra a lo bestia la generosidad de la
Naturaleza en los trópicos.       
Se halla de pronto ante una mujer negra vestida de caprichoso modo y se
maravilla ante esa negrura tan diabólica y oscura: no es la del Congo ni la de
Copacabana Beach sino la de un trozo grande de piedra pizarra, la de la noche
de sus angustias, la oscuridad agresiva de la inconsciencia. La de mi conciencia
también puede ser, bromea consigo mismo, recuperando su sonrisa de repete.
— Buenos días, mi General. Se lo ve más fuerte que un recién nacido.
Grover es el mismo de siempre. Pierde el control de la lengua cuando los nervios
le aprietan el esfínter.  Ifigenia, en cambio, se rinde a la curiosidad y se maravilla
ante lo poco que ha quedado del dictador agónico entre las sábanas de un lecho
que parece el desierto de Atacama. Lo mira con descaro y satisface su curiosidad
hasta saciarla. Sólo entonces se permite un saludo de tres palabras mientras le
besa la mejilla después de hacer un esfuerzo por encontrarla. Es que el macaco
pelado le luce en verdad como una figurilla de Alacitas*.
—        Siéntense pue', chicos.
—        Hoy es oriental mi General. No está mal. Se ve que está de amigos.
—        Siéntate, Grover.  
—        Ifigenia, siéntate.
Genio y figura, se dice el agonizante mientras repica los dedos para que le traigan
otra inyección de insensibilidad. La orden se cumple en diez minutos porque el
hallarle la vena toma nueve, pero por fin tienen los Wergeld a Marito ante sí, casi
el mismo que vistió y calzó.   
—        Los he llamado… (Tos). Los he mandado llamar… (Flema). He mandado
que los llamen… (Escupido desaprensivo). He ordenado que me los traigan al tiro
porque es evidente que el mal me come vivo y no parará hasta comerme muerto,
lo cual no tiene nada de raro. Nada más democrático que este ejercicio idiota,
¿no? Ya sé que piensan como yo, así que cállense. Prepárense más bien para
escuchar lo que voy a decirles antes de que se me muera la voz.
—        Qué idea, Marito. Si tú tienes para unos días más. ¿No es verdad, Ifigenia?
—        Cállate, Grover.
—         Ifigenia, cállate.  
—        ¿Cuánto creen que he robado?
Sin poder controlarse, Grover deja escapar un silbido que imita a la llanta herida
de la oruga usada para transportar el Columbus III, llanta de tres pisos de
diámetro. Ifigenia mira a su marido casi con desprecio y toma en serio la pregunta.
—        ¿Medio millar de millones?
—        ¡Eh, che! Ni que yo fuera Franco.  
—        Un cuarto millar de millones.
—        ¡Tampoco soy Perón, hombre! ¡Este es un país pobre!
—        Bueno, Marito. Ya voy en serio: doscientos millones y monedas.
—        Caliente, caliente, caliente. ¿Ahí te quedas, Lady Láyqa?
—        Déjame un segundo para pensarlo.
—        Bueno. Aquí te espero.
—        Yo digo que treinta y tres millones.
—        Cállate, Grover.
—        Ifigenia, cállate.
—        ¿Qué dices, Ifigenia?
—        Digo que si, que me quedo en doscientos millones y algunos dólares.
—        ¿Y dónde dices que los he ocultado?
—        ¡Ay, Marito! ¡Yo que sé!
La voz de Blanca Nieves tenía algo de hipnótico.
—        Están en…
La mano de Ifigenia hace un vuelo de ave de rapiña y la voz del General se
desinfla. Como una artista del karate, la mujer aplica un codazo medido en la nuez
de la garganta de su cónyuge. Grover gorgotea como el desagüe de una cloaca
céntrica y pierde el sentido sin añadir ni puf. La mano derecha de la bruja vuelve
a imitar el vuelo de un pájaro. La voz del moribundo se infla.
—  Los he hecho enterrar en la Isla de palmeras del Colgado, en una de las
lagunas Mancornadas .
—        ¿Cuánto valen?
—        Valían cien millones cuando hice matar a los que los enterraron.
—        Duérmete ahora, y buen viaje.
El General le obedece y la mujer saca de una cartera diminuta un mantel para
seis huéspedes que venía bordando en el avión desde Cochabamba. Hogareña y
femenina, vuelve a darle a las agujas. Trabaja hasta que Grover se reconstituye
milagrosamente.
—        ¿En qué estábamos?
Como siempre que se duerme, el hombre trata de disimular para no confesar que
ya no es joven. Ifigenia lo mira, apacible. Suspira. Hace como que la paciencia se
le agota.
—        Iba a decirnos algo, el pobre. Se durmió sin decir nada. Míralo. No es ni la
sombra de lo que fue.
—         ¿Pero no hablaba de una fortuna?
—        No sé. No le entendí nada. Ya ni voz tiene.
—         Pero entonces, ¿qué hacemos?
—        Nos vamos por donde vinimos y nadie tendrá de qué quejarse.
—        Si tú lo dices…
—        No, si fuiste tú el que lo dijo. ¿Acaso no te acuerdas?
—        Pero si. Claro que si. Es lo que dije. Mejor nos vamos.
—        Vámonos pues.
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