LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Jueves - Cuarto/1
El olor de la sopa de gallina que Grover le negara antes de despedirse le obligaba
a soñar llorando como lloran los hombres, es decir, simulando que se han
resfriado de un instante para el otro, y así se sorprendió llorando Huascar Endara
Watson al concluir otra excursión por el reino de Morfeo. Abrió un ojo y el aroma
se fue con el sueño. Temiendo otro diálogo inane pero peligroso, hizo arrumacos
y decidió no delatar su retorno hasta que le fuera imposible disimularlo. Dio una
vuelta rotunda sobre el lecho, pues, y se mantuvo en posición fetal, bien metido
entre sus frazadas. Decidió que necesitaba pensar y esa era una situación ideal
para ello.
Era imposible que no hubiera concluido ya el cuarto día desde su llegada. Tal vez
convendría preguntarse cuál sería el siguiente paso tras la muerte de Isabela. Su
corazón se negaba a aceptar esa posibilidad pero su experiencia le indicaba que
los secuestros jamás duran mucho, ni siquiera en su valle natal. Recordó la
trágica suerte de Arturito Taus, el niño secuestrado durante su propia niñez, y se
vio forzado a aceptar que la barbarie era muy vigente aquí aunque hubiera
variado un tanto. Quien fuera que retenía a Isabela debió haber decidido que de
nada podía servirle después de la desaparición de Huascar. Era lo más probable,
pero evidente. Endara consideró que no pudo haber pasado menos de 24 horas
en poder de Wergeld, y que ese lapso debió ser fatal para Isabela. Apenas se le
ocurrió este final decidió que no lo aceptaría. Su deber era remover cielo y tierra
hasta hallar a su hija, y la hallaría o moriría intentándolo.
Con esa decisión alcanzó la voluntad de disponerse a la acción una vez más. No
todo estaba perdido, se consoló. Fresia y Ramiro estaban haciendo lo posible por
ayudarle, y Justina y Tano Bignardi también. Recordó sin muchas esperanzas a
Humberto Suárez y quiso creer que él también se esforzaba por hallar a Isabela.
Tal vez si lograba salir de este lugar…
—        El dedo me lo trajo el Tinino, y estaba en otra caja negra como las
anteriores, sólo que ahora no tengo duda alguna de que se trata de Silvia
Susana. Míralo tú mismo, Jim.
—        ¿Pero cómo sabe usted que es un dedo de su hija? A menos que…
—        ¿Ves la cicatriz junto a la uña? Se lo hizo cuando era apenas un bebé. Fue
algo terrible, pero la curaron. ¿Cómo iba a olvidar yo una cosa así?
—        Entonces, es necesario ir a Oruro. Digo, es necesario que vaya usted. El
indio que lo golpeó hablaba en serio, Mike.
—        Si, pero antes debo devolver a Endara la hija que el indio ese dice que
tengo en mi poder. ¿Cómo hago para devolverla, si jamás la vi?
—        Aunque lo juraras, nadie lo creería, Mike.
—        Ya era hora de que aparecieras, huasquiri. Te hemos estado esperando
durante horas.
Endara sacó la cabeza de entre las frazadas y se encontró con Mike en uniforme
verde de paciente americano. La cara de Mike daba lástima. Parecía haber
perdido la corona mundial de los pesados. Tenía también una amplia venda
blanca alrededor del pecho, pero la mirada era casi tan burlona como Huascar la
recordaba. Morgan le sonreía, sentado y rígido en su silla de metal equidistante
entre ambas camas.
—        ¿Dónde estamos, Mike?
—        Quinto piso de la Clínica Americana. ¿Dormiste cómodo?
—        Como tronco, literalmente. Deben haberme inyectado alguna cosa, ¿no?
—        No sé. Ya estabas aquí cuando llegué. Cortesía de tu amigo Morgan, aquí.
—        Tenía que llevarlo a alguna parte después de encontrarlo tirado en ese
callejón. Pensé que reunirlos sería una buena idea. Por lo menos recuperamos
algo del tiempo perdido. Sigo pensando que la solución de nuestros problemas
está entre ustedes dos, no sé por qué. Es la misma intuición desde el primer día.
—        ¿Cómo te sientes, Huascar?
—        Déjame ver…
Huascar bajó de la cama y se descubrió en otro uniforme verde. No encontró
venda alguna, pero diferentes intensidades de diferentes dolores le atenazaron la
humanidad por diferentes zonas. Hizo un esfuerzo para caminar y lo logró. Dios
tres pasos hasta la pared, se apoyó en ella, dio una media vuelta decidida y se
halló frente a Tosferino.    
—        Bueno, parece que podré salir de aquí hoy. ¿Qué hora será, no?
—        Las nueve de la noche, dice aquel reloj.
—        ¿Irás a Oruro, Mike?
—        Debo ir. Tengo que ir. Es inescapable…
Tosferino intentó ponerse de pie y caminar, pero se derrumbó después de un
paso. De cara sobre su lecho, dejó deslizarse una pausa antes de preguntar,   
—        ¿Qué me sucede, Jim?
—        No va a creerlo usted, Mike. Es un efecto de la hechicería que le tiró Lady
Láyqa. Durará algunas horas aún.
—        ¿Cómo lo sabes?
—        Está en la Encyclopædia Britannica.
—        ¿Qué dices?
—        Olvídelo. Algún día se lo explicaré. Es bastante complicado.
—        ¿Quieres ayudarme a voltearme? Quiero ver la cara de Huascar.
—        Cómo no. Tome mi mano. Ya está.
—        Yo no tengo a tu hija, Huascar.
—        No puedo creerlo, Mike. Lo he pensado mucho, y eres mi primer
sospechoso, como ya te dije. Si yo pudiera aplicarte tus propios métodos…
—        Pero no la tengo. El que me hizo esto cree también que la tengo. Y dijo ser
esclavo de Fresia. No sé por qué, pero apostaría a que Fresia es otra de tus
amigas de infancia. Sólo eso explica que se moleste en enviarme un asesino
desde Roma para exigirme este canje imposible. ¿Me equivoco?
—        Un tanto. Es mi amiga, pero no creo que ese asesino trabaje para ella.
Fresia no usa asesinos. Se burla un poco de la ley, pero detesta la violencia. Tal
vez está buscando a Isabela, pero si la encuentra me la devolverá sin dañar a
nadie. Así de bien conozco a Fresia, Mike.
—        Bueno, pues debes decirle que se equivocó. Yo no tengo a tu hija.
—        Lo malo es que no te creo. Y que Fresia tampoco te cree inocente.
—        Pues con esto te lo pruebo: ¿crees que si tuviera a tu hija no aceptaría
este canje de inmediato? No tengo a tu hija, Huascar.
—        Lo más que puedo hacer, y eso si Jim me lleva a mi hotel, es proponer un
canje aquí mismo.
—        ¡Pero es que no tengo a tu hija!
—        No te creo. ¿Vamos, Jim?
Morgan miró a Tosferino con una leve sonrisa. Miró después a Endara para
estudiarle la mirada. Se decidió.
—        Vaya a vestirse. Sus cosas están en aquel ropero. Salimos de inmediato.
Esperó a que Huascar se metiera detrás de un biombo antes de murmurar para
Tosferino.
—El caso es, Mike, que yo tampoco le creo. Es esta intuición mía, que comenzó
tan pronto vi a Endara por primera vez, como ya le dije antes. Descanse un poco y
trate de dormir. Vendré por la mañana. Por lo menos esta vez sé que lo
encontraré donde lo dejé.
Tosferino miró a Morgan sin pestañear. Cerró los puños y le sonrió.
—        Lo peor es saber que nunca podré darte tu merecido, Jim.
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