LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Isabela


Isabela Endara Moreno había conocido una época de gran felicidad, pero había
olvidado muy pronto esos días tan cortos. Había nacido con la sonrisa más dulce
de este mundo y con ella acogió confiada a propios y extraños durante cinco
años; unas cuantas semanas en la escuela cambiarían esa alegría por una
tristeza que aleteaba en sus ojos aún cuando reía con el entusiasmo de cada niño.
Explorando las fotografías de la familia, su padre rechinaba los dientes al
comparar la radiante sonrisa de la niña de dos años que le diera sus días más
felices como jinete alegre en sus hombros con la sombría carita perdida entre
doscientos chiquillos que disipaba una mirada vacía como si se le hubiera muerto
el alma en el jardín de infantes. Isabelita había nacido para amar al mundo todo y
lo había demostrado con cada gesto y cada palabra, pero el mundo le había
deparado sus voces más torpes, las de la crueldad infantil inocente. Su corazón,
listo para abrirse como una rosa bajo el cielo, aprendió pronto a desconfiar para
siempre de su propio amor bajo los golpes de esas mofas estúpidas y repetidas.
Su sencillo amor cotidiano jamás le bastaría para hacerse amar, aprendió Isabela
entre esos niños, ni la gente era tan transparente como ella; nada era más
portentoso que una amistad sincera, nada más raro. Las gentes confundían lo
que veían en ella con lo que ella era. No podían verla tras el puente de su nariz.
No podían hallarla debajo de sus mejillas. No parecían saber que no somos
nuestro cuerpo sino que vivimos en él. Sólo podían mirar sus mejillas y mofarse de
su cuerpo porque no eran como se suponía que deberían ser y porque jamás
podrían verla como era ella en realidad.
"Fuiste una niña que lo amabas todo, mi pequeña”, dijo Huascar al bebé que
iluminaba las viejas fotografías con su amplia sonrisa. "Pero el mundo decidió que
no podía amarte”. Suspiró. “Eras gorda”.
La estupidez humana reserva su fealdad más negra y la bellaquería divina su
rostro más grotesco para los niños como Isabelita. Su padre arriesgaba una
blasfemia cada vez que recordaba el cambio que se diera como un destello de
vejez en los ojos de su niña tras esas breves semanas en el jardín de infantes.
Recordaba cuan inerme se había sentido, cuan difícil le sería el entender esa
soledad que era absoluta porque era infantil, cuan aterradora se muestra la
fraternidad humana a los ojos de un niño cuando ese niño comienza a aprender
su especie aprendiendo sus caprichos y sus modas. Odió otra vez la facilidad
caprichosa con que hombres y niños deciden aceptar o rechazar a niños y
hombres, la tranquilidad estúpida con que les gusta crear los repudiados y los
parias que condenan a vivir entre ellos.
Sus padres descubrieron pronto en esa mirada triste la rapidez con que la niña
había aprendido a detestar su propio cuerpo, a desconfiar de su propio corazón, a
pagar su castigo injusto. Isabelita, condenada por la fatalidad a ofrecer con
generosidad su alma y su confianza con cada sonrisa, viviría atrapando cerca y
lejos miradas burlonas como mariposas sucias. Ella, que no podía sino ofrecer su
gentileza ante todos y para todo, no hallaría más que chanzas groseras y torpes
rechazos entre sus hermanos y hermanas humanos. Maravillados ante la prisa
con que aprendiera tan bien y tan niña a hablar, mirar, ver y pensar, sus padres
fueron testigos mudos y doloridos cuando entendiera con rapidez mayor aún que
la suya no sólo era una tragedia feroz sino también un castigo tan cruel que no
podía tomarse en serio; debía ser aceptado como si jamás se hubiera infligido y
era ignorado como si careciera de importancia aunque la niña jamás pudiera
aprender que era cosa de nada, algo que no se puede elegir ni cambiar, como el
color de los ojos o los caprichos del clima. Algunos de estos niños se reían de sí
mismos porque poder reír con los demás era el precio de la amistad humana, o
aceptaban vencidos ya los estrechos rincones que el mundo les deparaba porque
somos animales que no podemos vivir a no ser en sociedad.
El reloj había repicado para Isabelita como lo hiciera cada mañana, pero ella no lo
escucharía ni intentaría acallarlo como antes lo hiciera, incapaz aún de abrir los
ojos porque se pasaba las noches con sus libros y no durmiendo. El despertador
repicaba porque su padre lo había dispuesto la noche anterior como se había
venido disponiendo todo y cada noche durante diez y siete años. Hoy, sus
cristalinas campanillas le ayudaban a recordarla.
La cama lucía ordenada y limpia, había una montaña de sobres sin abrir, libros y
cuadernos sobre el escritorio, las paredes se veían cubiertas de láminas y figuras
de colores y el sol penetraba por la ventana alegre y radiante, pero un olor mustio
dominaba la habitación. Hacía once meses que Isabelita no había dormido allí.
Concluía su bachillerato en La Paz mientras buscaba su niñez perdida y los
porqué, los de cómo, los cuándo y los dónde de su ya larga pero siempre
rechazada soledad.
Isabelita había aprendido pronto cuan difícil era, casi imposible en verdad, amar
todas las preguntas y respuestas del universo, estudiar y aprender, explorar las
mentes mejores en sus mejores libros, buscar la propia senda, sus propias
respuestas, creer que algún día hallaría esas sendas, ser inteligente... y ser
mujer. Ser una mente distinta y poderosa dentro de un cuerpo que decían feo y
que ella, aun en sus mejores días, odiaba hasta el punto de destruirlo, era sin
duda una cruz demasiado pesada, juzgaba su padre, un destino que oscurece
toda mirada, un cruel regalo del Cielo contra el que sus padres no hallaron mejor
escudo que una débil certidumbre, “Nunca antes nació otra Isabelita, mi niña
amada, y nunca más nacerá nadie como tú; no lo olvides. Jamás lo olvides. Ese
milagro te demuestra cuan importante eres...”, le había dicho Huascar alguna vez
para disipar sus tristezas mientras ocultaba la propia aunque para entonces ya
reconocía en ésta la más cruel entre las burlas divinas para las que el azar lo
designara como testigo. Isabelita aprendió pues a desconfiar de las gentes y
buscaba con gran esmero la posible solución de su propio misterio, cuyo
enunciado inicial, “¿Por qué, papá, si Dios es bueno, me ha hecho así?”, no
hallaba respuesta mientras la muchacha descifraba y develaba muchos otros
enigmas.
Porque la vida era fuerte, deslumbrante y bella, Isabelita iba amando su vida
mientras la consumía. Sentía una curiosidad insaciable sobre la vida. Necesitaba
ver por sí misma cual sería esa última respuesta, la final si es que se daba una,
para este juego de ilusiones. Halló armonía, una bella pero impasible, indiferente
armonía, mientras buscaba desde su niñez su estrella entre ese millón de luces
que parpadean en el cielo, y era la misma armonía que reconociera en todas las
especies bendecidas por la vida excepto una. Luchó pronto y cada día contra su
cuerpo. Sus batallas dejaban exhaustos a ambos contendientes a menudo. Había
ganado algunas escaramuzas y ya sabía que podía vencer a su peor enemigo,
pero había perdido otras y sabía también que la suya era una guerra perpetua,
implacable y mal entendida que libraba entre esperanzas y frustraciones, hambres
y triunfos.
Alcanzó el día en que se vio al fin transformada hasta lucir como el mundo quería
verla y esa victoria significó más para ella que las que conquistara su mente
espléndida. Vivir esa victoria cada día se convirtió desde entonces en la primera
ley de su vida, y de esa decisión nació una voluntad de hierro que maravillaría a
propios y extraños. Sólo mediante esa disciplina excepcional a la que sometía sin
contemplación su mente y su cuerpo creó primero y conservó después la imagen
que le exigían los caprichos de sus tiempos portentosos.  
Esa niña había volado una noche ya lejana desde su pueblo minero perdido entre
los vientos andinos y a través de tres centurias hasta el centro del mundo. Había
labrado su lugar entre el millón de adolescentes que algún día serían los amos del
planeta y lo había conquistado por derecho propio al dominar las trampas de un
idioma que apenas supo leer siete años antes... y Huascar era feliz y orgulloso
porque su querida hija, su amada pequeña, la joven de los brillantes ojos verdes,
vendría a una de las mejores universidades del mundo tras haber vencido su
guerra contra su cuerpo mientras cultivaba su mente luchando contra su soledad.  
Mirando la vieja fotografía, Huascar sabía que una sed de amor tan grande como
la de Isabelita debía por necesidad saciarse, y por tanto su hija encontraría ese
amor en algún lugar, alguna vez y de algún modo.
Isabelita estaría sonriendo ahora mismo al nuevo día, al sol, a las montañas y al
viento, y su padre apostaba a ciegas a que este día, este mismo día, iría a ser
muy diferente; Isabelita hallaría hoy un amor tan maravilloso y poderoso y perfecto
como siempre había soñado ella que debe ser el amor, estrecharía una mano
cálida y fuerte para no sentirse nunca más perdida ni sola, reduciría todas sus
dudas y mataría todas sus penas para aprender el fin de su soledad con una
simple mirada en los ojos cálidos que nacieran con su otra mitad.
A diferencia de una eternidad de mañanas anteriores, su padre se sorprendió feliz
en su inesperada epifanía, murmurando muy claras las palabras que repitió con fe
ciega en que Isabela ganaría hoy su apuesta secreta, y así dejó vencerse el día.

Huascar Endara Watson recibió el anular y la sortija en una caja negra al morir la
tarde, cuando concluía de armar el despacho con el escritorio, los libros de
consulta y la computadora en la casa vacía donde esperara concluir su última
tarea.
SIGUE