Su Opinión
El Problema del Indio
Arturo
Marina Ari es una joven periodista (me imagino yo) cuya presencia entre los escribidores que molestan a las
masas iletradas con columnas que creen dignas de amplia difusión es una prueba de que hasta en Bolivia hay a
veces signos de progreso. Ari es una pionera en lo que se refiere al periodismo boliviano: vamos, una india
escribiendo en la prensa nacional. Si eso no es progreso… ¿Cómo debemos llamarlo?
El caso es que la trayectoria de esta señorita es ya larga y reconocida y plantea (qué digo) fuerza a cada quien a
ponderar una de las cuestiones más importantes de la vida boliviana: el problema del indio. Creo que es vital e
impostergable (como todos nuestros problemas) y que debe ser visto desde ambas facetas al mismo tiempo.
Una faceta es la visión que adoptamos los bolivianos cuando consideramos como blancos (je je je, perdón)…
blancoides, el problema del indio: ¿Qué podemos hacer con tanto indio? La verdad es que, para quien ha aprendido
a lavarse el cuello, son un incordio.
La otra faceta es la versión indígena del problema: ¿Qué podemos hacer con tanto k’ara? La verdad es que son
unos bestias y que ya van 500 años que vienen saqueando y “gobernando” esta sufrida tierra.  
Este problema es divertido porque el problema del indio es el k’ara, mestizo, blancoide, ^%$^%# y etc. etc. y el
problema del indio para el k’ara es el indio ignorante, sucio y analfabeto que no se lava el cuello jamás. Lo bueno
de este problema es que ofrece su única solución apenas consideramos ambas facetas.
Marina Ari debe de ser joven todavía y eso no es culpa suya. Como sabe todo viejo, la juventud es una
enfermedad que se cura con el tiempo. Su juventud empujó a Marina a darse el gusto de despotricar con toda
justicia contra “el estado de los k’aras”, como si tal filípica fuera a servirnos de algo. Claro que es muy agradable
cantarle las cuarenta a todo tal por cual, pero también es inane, estúpido y peligroso. Crea usted a este viejo,
Marina, cuya aguda pluma le ha comprado la mitad de su vida entre las amarguras del exilio sólo por decir dos o
tres verdades.
Dejando de lado los peligros a que se somete Marina al decir al pan pan y al vino vino en un mundillo regido desde
hace medio milenio por esos blancoides de miéchica, es necesario, además, invitarle a ver el mundo de verdad desde
lo alto del Sajama para que descubra de una buena vez que el indio tiene por principal problema su propia
extinción y no sólo, como Marina cree, las maldades de cuatro blancoides tontos que lo único que han sabido hacer
es amputar nuestro territorio, malvender nuestras riquezas y convertirse en una palabrota durante cinco siglos.
Sucede, Marina, que la Historia no tiene moral ni cree en la justicia, los derechos humanos ni la Carta de las
Naciones Unidas. La Ley Internacional es desde siempre la misma: el pez grande se come al pez chico y joderse es
ley. ¿Capicce? (Perdón: es mi tatarabuelo italiano que retorna por mi pulso izquierdo) ¿Comprende? Estudie a los
chilenos sobre este tema. Quiero decir con ello que la derrota del Inca no fue una aventura de vaqueros nomás, sino
que tuvo consecuencias desastrosas hasta para su tía Enriqueta, Marina, si es que tiene usted una tía llamada así.
Porque así es la Historia, debe usted analizar la de sus abuelos desde Las Casas o poco antes (otro italiano metete
tiene esta culpa) para confirmar el hecho (ni triste ni alegre, histórico e indiferente, apenas otro evento entre
tantos) de que los Indios (como usted escribe, con I como si fueran dioses) andan de retirada y quitándole el
cuerpo a diversos intentos de genocidio desde aquel primer desembarco.
Ese Holocausto, pues no es otra cosa, no ha concluido. Para los blancos (no los blancoides nomás, sus sirvientes
locales) concluirá cuando el último indio (sin mayúscula luce poca cosa, la verdad) sea aplastado como un
mosquito maligno. Sólo cuando entienda usted el significado de este horrible designio podrá usted asumir su
destino de “India”, Marina. Pero la situación es más amarga aún, colega mía. El Indio, como usted lo mienta,
merece su horrenda suerte, según la Historia. ¿Lo sabía usted?
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La merece porque se dejó conquistar por el Inca. El Inca no nació en Llojeta, como alguien quiso hacernos creer. El
Inca fue otro conquistador que llegó en su día hasta estas alturas para robarse el oro y la plata y hacerse el dos en la
población. El Indio, Marina, estaba pensando y haciendo idioteces cuando el Inca le sacó la madre. El Inca y el Indio
estaban haciendo maldades e idioteces cuando Pizarro les sacó la ídem. El Indio y el Blanco (seamos demócratas)
hicieron el mestizo (el blancoide que tanto detesta usted) y ese es el bicho monstruoso culpable de nuestras penas,
sean Indias o Blancoides. (Si usted, Marina, es india pura, no debería ser periodista. Debería negociar con varios
museos de Occidente para que la estudien: hace siglos que no existen las razas puras en este planeta y usted sería
una sensacional excepción).
Pero, volviendo al Indio para verlo como lo que es: indio, es necesario que el indio y usted, Marina, aprendan de una
buena vez que lo único que pueden hacer con los k’aras, por muy odiosos y despreciables que sean, es aprender a
convivir con los k’aras porque en ello les va el pescuezo como grupo humano (¡y a ver si se lo lavan de una vez!)
En cuanto a los k’aras… Como lo demuestra el Problema del Indio visto por sus dos facetas, lo único que pueden
hacer los k’aras es trabajar y colaborar con el indio hasta que el indio ocupe su merecido lugar en esta sociedad. No
menos, pero no más. Hablar de Evo Simonete Bolívar es sólo una ilusión, nenes, menos que una ilusión.
Ni k’aras ni indios tienen otra salida: quien decida liquidar a los indios, si lo decide, liquidará a los k’aras durante las
misma operación quirúrgica y veloz. Será cosa de un par de semanas. (Si usted cree que el Alto quita el sueño a
Bush, tiene que leer más Time Magazine o ver CNN cada noche.)    
Indios y k’aras deben aprender a vivir en el Tercer Milenio como ciudadanos universales que han conquistado sus
derechos trabajando y estudiando y construyendo (¡por fin!) un país y no una olla de grillos con su propio sudor y
sin apelar al Banco Mundial.
Debemos confesar aquí mismo que hemos perdido el tiempo como salvajes (tanto indios como k’aras) y que nada
impide, en buena cuenta, que los conquistadores del día decidan cualquier rato una expedición a la Irak para hacer
mierda de lo poco que queda de cinco siglos de historia, tradiciones y otras huevadas y para invitar a otros
emigrantes a poblar y desarrollar el país, que es rico a diferencia del pueblo, que es pobre y que puede desaparecer
en un Holocausto de quince días. (No sé si he sido claro, Marina. Si no me comprende, lea  mi “Antón”. Gracias).
Si ni indios ni k’aras aprenden esta lección antes del próximo medio día, es posible que k’aras e indios se merezcan la
suerte que les espera bajo un bombardeo sistematizado como los que hicieron pupa a Kosovo y Bagdad… ¡Ay, del
vencido! (Ver “Roma” y otros cuentos.)  
(Y es que yo, como blancoide jodido, tengo dos pasaportes, y hay ratos en que mi nueva naturaleza pierde la
paciencia con ese puñado de insufribles indios y k’aras que no pueden hacer nada mejor que el Congreso Nacional ni
dejar de rogar a los dioses por lo que ellos mismo deberían sembrar y cosechar.)
Buena suerte, Marina, con la Embajada.  
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