Arturo von Vacano
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Arturo
Un voto para Hitler
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Sólo existe un antecedente para el 2 de Noviembre pasado: el triunfo de Adolfo
Hitler en la humillada Alemania del siglo anterior. También entonces se dio un
demagogo capaz de apelar a los más elementales instintos de las masas y de
identificarse con ellas en su odio y temor hacia el resto del mundo.
Entonces fue una Alemania destruida y sometida a crueles demandas por el
mundo occidental; hoy es una masa de 60 millones que se impuso a otra de 60
millones por cuatro millones de votos y sume al mundo en guerras
interminables pero determina el más próximo ocaso del Imperio creado en 1945.
Bush, hoy ungido por esos cuatro millones de votos, su ventaja, gobierna una
masa de 290 millones (sólo votaron 120 millones, un 60% de los que tenían
derecho a votar) y se siente con el poder de librar y vencer las tres guerras en
que ha metido a los seis mil millones de humanos que pueblan el planeta,
Afganistán, Irak y su particular guerra contra los pobres de este mundo,
incluidos los pobres de Estados Unidos.
Esa guerra local la tiene casi vencida: le falta destruir el sistema de seguridad
social, acabar con los pocos servicios de salud todavía asequibles a sus
conciudadanos e implantar un nuevo sistema salarial que acabe con las
garantías legales que hoy conocen los privilegiados que aún tienen un empleo:
el sistema de pensiones será privado, no estatal (a pesar de la experiencia de
Chile, por ejemplo, cuyo sistema privado de pensiones ha dejado en la vía
publica a sus retirados) y el trabajador sólo conocerá los empleos temporales a
destajo, es decir, unas cuantas horas semanales por unos cuantos dólares por
hora y nada de seguridad social, nada de pensiones ni nada de horas extra.
¿Cómo es posible que el pueblo mejor educado de Occidente (miren sus
universidades, admiren su tecnología) haya entregado tan decididamente a su
verdugo la cuchilla con que liquidará sus garantías y libertades?
La respuesta es la que se diera en Alemania hace un siglo: los educados miran
hacia otro lado mientras las masas brutas aprovechan la debilidad de la
democracia: lo mismo vale el voto de un adolescente que apenas puede hablar
que el voto de un Nobel en física, ambos votos digitales, por supuesto, votos
que nadie puede constatar porque están hechos de aire.
Pero hay otra explicación más profunda: como los alemanes que vieron venir
las monstruosidades del nazismo pero las aceptaron para comprar a su patria
una oportunidad de sobrevivir, los habitantes del Imperio que votaron por el
primer dictador de su historia han elegido el camino sin retorno que entrañan
esas tres guerras porque prefieren vivir sin libertades pero con el Imperio
antes que dar una esperanza de cambio y renovación al mundo.
Prefieren el Imperio antes que el mundo, y están dispuestos a hacerle la guerra
al mundo todo, si se da el caso, por ese Imperio. Los nazis perdieron “su”
guerra en 12 años después de destruir Europa; la destrucción de Irak y
Afganistán es hoy sólo un comienzo, estudie usted un mapa.   
Votaron, pues por esas guerras, votaron por la supervivencia del Imperio a
cualquier precio y contra la vigencia de su Constitución, de los derechos que
garantizaba esa Constitución y de los derechos adicionales (un negro valía
tanto como un blanco, así fuera sólo en papel) que garantizaban la paz social
del Imperio y del  resto del mundo (durante medio siglo, fueron sus tribunales
los que enseñaban leyes y legalidades; eran modelos para los demás).
Una consecuencia de tal voto es la guerra de los fanáticos cristianos (que no
sólo son estadounidenses) contra los fanáticos musulmanes que es desde ese
2 de Noviembre una cruzada interminable de cristianos contra musulmanes
porque, ¿quién tiene tiempo ni ganas de diferenciar fanáticos de moderados?
Una vez que comienzan los tiros, ya se sabe: “O están conmigo, o están contra
mí.”
A esa cruzada de un siglo que se libra donde quiera que vivan hoy musulmanes
y cristianos (en Argentina ya han reaparecido los nazis criollos) se añadirá la
insaciable necesidad de recursos de un Imperio en guerra declarada o sucia
contra los pobres, sean naciones o individuos: las colonias del Sur no podrán
ya experimentar a ciegas con sus juegos dizque democráticos: un cónsul militar
y despiadado nativo o importado pondrá orden en cada olla de grillos y se
acabarán los coqueteos que tanto tiempo pierden dizque en defensa de sus
recursos naturales: dentro de seis meses cada colonia venderá (regalará) su
gas, su petróleo, su esto o su aquello al precio que determine el comprador, so
riesgo de perderlo todo. El Imperio ya no está para diplomacias.       
¿Es posible que 200 años de propaganda sobre “libertad” y “democracia”  se
hayan diluido en esas elecciones tan “normales” que invitan a dudar de la
inteligencia de la especie (o, por lo menos, de su versión USA)?
Si, es posible, y la fórmula fue dar pan y circo a las masas, además de repetir
terrores ciertos o inventados durante 50 años hasta crear la feroz atmósfera de
miedo que hoy se respira en el Imperio. Es un miedo a todo y todos. Eso, y su
tradicional aislacionismo.
USA fue hecha por gente que huía de diversas opresiones, opresiones
vigentes en el mundo ese de ahí afuera que tanto detestan hoy sus
ciudadanos. Porque se las arreglaron para huir de esos países tan odiosos,
crearon la tradición que consiste en ignorar el mundo exterior. No es secreto
el hecho de que aprender idiomas extranjeros es tarea de titanes en USA, así
como adaptarse al sistema métrico decimal. Si por esas gentes fuera, lo mejor
sería hallar un modo de “borrar” el mundo exterior y quedarse con USA y nada
más.
La ironía es que ese mundo exterior se encuentra este 3 de Noviembre más
próximo que nunca a la feroz disyuntiva: ¿es esta la hora en que la paz mundial
significa la obligación de poner fin al Imperio como puso fin el mundo civilizado
al  imperio de Adolfo Hitler?
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Nov.2004
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