A propósito de las novelas fundacionales

Por Adolfo Cáceres Romero - - 5/02/2012


Según vemos, para algunos críticos todo es cuestión de moda, hasta en las letras. Cuando Juan
Quirós llamaba “moda” al estilo impuesto por Joyce, Proust y Kafka, desmereciendo los méritos de las
principales figuras del boom latinoamericano, se advertía que en ese crítico agonizaba la corriente de
los conservadores que se cobijaban en sus juicios.
Y en lo que va de nuestro siglo XXI, de las aulas de la Universidad Mayor de San Andrés ha emergido
una promoción que no sólo se ha puesto de moda, sino que, al mismo tiempo, ha puesto de moda el
apelativo de “fundacionales” para las novelas que, a su juicio, son las 10 o 15 mejores de las letras
bolivianas. A veces también las llaman “fundamentales”, como si fueran sinónimos.
Sus razones son poco convincentes, en parte porque redundan en tópicos de una ideología
impresionista; elogian las obras que, de por sí, por tradición, son consideradas las mejores del país.
No hay un nuevo enfoque sobre su valor estético. Dan por descontado sus méritos. Siempre han
estado en primer plano; entonces, para qué discutir.
Pero no se trata de eso. Por una parte, no hay nada más irracional que el dogmatismo, cuando
califican las obras como si estuvieran en una competencia. Aun así, lo bueno sería hablar de ellas
con visión renovada.

EL INICIO DEL DESCONOCIMIENTO. Estuve junto a esos críticos, en un almuerzo al que fui invitado,
luego de su participación en el foro de críticos nacionales organizado por el Centro Simón I. Patiño de
Cochabamba en 2009. Pronto me di cuenta de que no irían más allá de su consabido libreto,
teniendo en cuenta que consideraban que tenían carta blanca del Viceministerio de Cultura para
validar su elección. En ese selecto grupo, los más cautos y prudentes me parecieron Óscar Rivera
Rodas y Claudia Bowles. Sus propuestas se quedaron en el aire; sus colegas ya tenían definida la
lista de sus novelas preferidas.
Así, mi estimado amigo Cachín Antezana, si bien llevaba en las manos El Manchaypuito,  novela de
Néstor Taboada Terán, tampoco se atrevió a proponerla; más bien argumentó en favor de Íntimas,
novela de nuestra apreciada Adela Zamudio. Para ellos, ese momento, junto a Nataniel Aguirre, era
la única figura descollante de la  narrativa romántica.
Si de ese movimiento hablamos, nadie se acordó de las obras de Santiago Vaca Guzmán y menos de
Adela Quintanilla de Terán, cuya novela Entre el Amor y el Deber fue alentada y elogiada por Adela
Zamudio.
Cuando reclamé por qué no tomaban en cuenta la obra de los narradores que se hallaban en el
exilio, uno de ellos me respondió: “Porque no están en el país”. Argumenté que no por ello su obra
carecía de valor o dejaba de ser boliviana. La respuesta fue, como con sorna: “¿Y por qué se
fueron?”.
Ese crítico era una eminencia formada en la UMSA, catedrático en la Carrera de Letras de dicha
universidad. Desconocía nuestra historia, lo mismo que el resto de sus colegas. Durante la dictadura
de Banzer, algunos de ellos todavía no habían nacido o estaban gateando. Pero no se puede
concebir que un buen crítico ignore la realidad política de su país.
Y así Los Fundadores del Alba, la primera novela boliviana que ganó el Premio Casa de las Américas
de Cuba e inauguró el Premio Guttentag en 1969, quedó fuera de la lista de las 10 que proponían
inicialmente. En tal sentido, era una novela típicamente fundacional.
Tampoco mereció la pena considerar la inclusión de El Apocalipsis de Antón (1972), del escritor
Arturo von Vacano; Socavones de Angustia (1947), de Fernando Ramírez Velarde o El valle del Sol
(1934), de Diomedes de Pereyra, novela que, con su tercera edición en la Editorial Nacimiento, de
Chile, en 1935, alcanzó el tiraje más amplio que haya logrado un narrador boliviano, con 300.000  
ejemplares. Teniendo en cuenta, además, sus ediciones en “Revista de Revistas”, Nueva York;
Bobbs-Merrill, Editores, Nueva York; Libro de Oro, Nueva York y Londres; Colección de Novelas
Contemporáneas, Chicago; Larousse Editores, París; Araluce Editorial, Barcelona, y otras ediciones
extranjeras.
Desde luego que no discutimos la calidad de las novelas que esos críticos seleccionaron. Son
buenas, pero eso no siempre las muestra como las mejores, sin menospreciar a muchas otras. Hay
más de 10 y por eso estiraron su lista a 15, lo cual igualmente no satisface, no como las mejores.
¿Por qué ponerlas en competencia con otras que no leyeron los críticos de marras?
Lo que el Ministerio de Culturas debería hacer es crear una Casa del Libro Boliviano donde se  
recuperen las obras perdidas, sin distinción de género. Por ejemplo, Recreos Juveniles (1834),
cuentos de Vicente Ballivián y Roxas; La Isla (1864), novela de Manuel María Caballero; El Alto de las
Ánimas (1919), novela de José Eduardo Guerra; Páginas Bárbaras (1914), novela de Jaime
Mendoza; toda la narrativa de Diomedes de Pereyra, teniendo en cuenta que ni una sola de sus
obras (cuentos y novelas) fue publicada en Bolivia; La Virgen de las Siete Calles (1941), novela de
Alfredo Flores; Sequía (1960), novela de Luciano Durán Boger; Aguafuertes (1928), novela de
Roberto Leitón.
Y no sólo son novelas las que deberían estar en manos de nuestros colegiales: Castalia Bárbara
(1899), poemas de Ricardo Jaimes Freyre; La Prometheida (1917), tragedia lírica de Franz Tamayo;
El Cofre de Psiquis (1918), sonetos de Gregorio Reynolds; El Occiso (1937), cuentos de María
Virginia Estenssoro; Sangre de Mestizos (1936), cuentos de Augusto Céspedes;  y más… En fin,
sería largo enumerar las obras y autores que son dignos de ser leídos.

NOVELAS FUNDACIONALES. Consideramos fundacionales a las obras que abren un nuevo cauce
literario. Cambian, no sólo la forma, sino la concepción misma de la creación y de la belleza, como
ocurrió con Gargantúa y Pantagruel  (1532), de Rabelais, que dio cauce a la literatura del
Renacimiento, así como La Divina Comedia (1307), de Dante Alighieri; posteriormente Don Quijote
(1605), de Miguel de Cervantes Saavedra, en el Siglo de Oro español. En el siglo XIX, Las Flores del
Mal (1857), de Charles Baudelaire, muestra una nueva forma de hacer poesía. Y al comenzar el siglo
XX: Joyce, Proust y Kafka revitalizan la narrativa cuando Ortega y Gasset anunciaba la extinción de la
novela.
Por nuestra parte, en lo que corresponde a literatura boliviana, tenemos varias figuras que se alejan
del montón. Para empezar, en la Colonia, el potosino Nicolás de Martínez Arzanz y Vela, con su
Historia de la Villa Imperial de Potosí (1925) y, también, con sus Anales de la Villa Imperial de Potosí
(1872), ambas obras publicadas póstumamente, muchos años después de la muerte de su autor; en
la época independentista tenemos a Nataniel Aguirre y su novela romántica Juan de la Rosa (1885),
sin olvidarnos, desde luego, del Tambor Santos Vargas y su célebre Diario (1982), publicado más de
un siglo después de la muerte de su autor. Empezando el siglo XX, nos encontramos con dos
grandes figuras del Modernismo: Ricardo Jaimes Freyre y su Castalia Bárbara (1899), junto a Franz
Tamayo, con La Prometheida (1917); luego Alcides Arguedas inicia el indigenismo con Raza de
Bronce (1919).
Asimismo, en 1937 aparece El Occiso, de María Virginia Estenssoro, libro de cuentos que cambió la
forma de narrar en Bolivia. El Loco (1966), edición póstuma de Arturo Borda, también es fundacional,
lo mismo que Los Deshabitados (1959) y Otra vez Marzo (1990), edición póstuma, de Marcelo
Quiroga Santa Cruz.
Hay más, desde luego, con Felipe Delgado (1979), de Jaime Sáenz, aparte de las obras que
señalamos al comienzo de este artículo.

ESCRITORES DEL PASADO. Finalmente, lo que nos parece una aberración es sacar las obras que
llaman fundacionales en ediciones caras, inaccesibles a la economía de nuestro pueblo. El Run Run
de la Calavera, novela de Ramón Rocha Monroy, cuesta Bs 80 o algo más.
Luego de su exitoso plan de alfabetización, el Gobierno debería seguir el ejemplo del Gobierno de
Cuba, país en el que un libro cuesta básicamente lo mismo que el pan o la leche, dado que es un
suplemento espiritual de primerísima necesidad. Los libros vencen espacio y tiempo; sus autores no
sólo dan esplendor a sus países.  No se puede hablar de Homero sin pensar en Grecia o de Virgilio,
sin pensar en Italia, de Cervantes, sin pensar en España, de Víctor Hugo y Balzac en Francia, de
Goethe en Alemania, Tolstoi en Rusia… En fin,  sus obras están con nosotros, sin fronteras ni
barreras ideológicas.
¿Es que no vale la pena que recuperemos las obras de nuestros escritores del pasado?