Recordando a Fortún


Estaba comiendo mi pan francés con mermelada y mantequilla suiza esta misma
mañana al desayunar cuando abro mi ejemplar de La Prensa y me encuentro con la
noticia de que Guillermo Fortún, mano derecha del dictador, y con él muchos en
Bolivia, pasaron ayer a mejor vida.
Es una costumbre entre burgueses gordos como yo, miembros de la clase media
mestiza y de cogote bañado, la de no hablar mal de los muertos simplemente porque
se mandaron mudar y menos cuando todavía están enfriándose, como es el caso.
Yo creo que tal costumbre es una idiotez y se origina en la necesidad de la clase
media de mantener en las sombras y el misterio muchas de sus maldades. Voy a
obedecerla, sin embargo, mire usted cómo son las cosas. Principalmente porque
conocí a Fortún en persona, accidente que debo atribuir (cuándo no) a mi pluma,
como tantos otros.
Recuerdo como si fuera ayer pero fue hace 47 años que mi prima Magdalena me hizo
saber no sé con cuál pretexto que Guillermo Fortún y yo éramos de un modo que hoy
olvido (sin quererlo y no porque me conviene) parientes. Esto es, mi parentesco con
Fortún se conectaba de algún modo con Magdalena y su lado de nuestra numerosa
familia.
Recuerdo que la noticia me cayó como un vaso de aceite de ricino porque por esos
días Fortún no era un campeón de la libertad como lo describió ayer su atribulada hija
sino justamente lo contrario: un servidor voluntarioso de un tirano sanguinario
dedicado a desaparecer violentamente sus dificultades.
En esos días yo era un guapo periodista recién retornado de los Estates tras catorce
meses de una beca de maravillas que me hizo conocer los 50 estados y me metió en
la cabeza una idea un poco fuerte de lo que debe ser la libertad de expresión.
Famoso ya pero todavía pobre después del éxito de mi ‘Sombra de Exilio’ (todos los
dentistas que visitaba me curaban gratis) me dediqué a donar una columna diaria a
Ultima Hora, dirigido por el Mago Baptista, columna que firmé durante una semana
inicial con mi viejo seudónimo de ‘Morbius’.
Fue sólo durante una semana inicial porque, al concluir esa semana, el Mago me
llamó a Ultima Hora para anunciarme que el Ministro de Deportes del régimen
imperante (Banzer) se había molestado porque ‘Morbius’ le criticara no recuerdo ya
qué imbecilidad en términos y adjetivos no acostumbrados entre periodistas bajo un
gobierno de facto.
Preocupado siempre por la salud de sus periodistas (“Vaya por la sombrita, Arturo, y
cuídese usted”) el Mago me anotició de que el Ministro de Deportes había asignado a
dos matarifes de feroz fama la tarea urgente de hallar a ‘Morbius’ y enseñarle
periodismo mediante una serie fatal de patadas.
Me dijo también que ambos funcionarios públicos habían decidido ya (brutal error)
quién era ‘Morbius’ y andaban buscándolo para aplicarle el régimen de patadas
ordenado por el Sr. Ministro. Esto es, iban a reducir a un inocente al nivel de inválido
sin preguntarle su apellido siquiera.
Lo único bueno de tanta mala noticia fue que el despacho del mencionado Ministro de
Deportes quedaba a media cuadra de Ultima Hora (47 pasos, exactamente) en la
Camacho, lo que me daba la oportunidad de visitarlo, aclarar que ‘Morbius’ era el
suscrito y someterme a la lección de puntapiés ordenada por la Autoridad.
Como caballero que soy y fui, no vacilé un segundo y fui a paso de degollado a
cumplir mi deber de periodista: “Morbius soy yo, Sr. Ministro. No mate usted a un
inocente”.
Y el Ministro - usted ya adivinó que era Fortún, ¿no? Qué bien. - me recordó lo que
Magdalena me había dicho (¡éramos parientes!) antes de expresar su extrañeza por
haber sido criticado en Ultima Hora por ‘Morbius’, no por la criticada misma sino
porque entre parientes… En fin, y sólo por esta vez… Cogió el teléfono y ordenó “que
suspendan esa lección”, con lo que salvé el pellejo de ese inocente que Mago conoce
y no yo. Cambiamos un par de palabras aún y segundos después me vi libre y feliz
bajo el sol abrasador de la Camacho, caminando de retorno a Ultima Hora.
Nunca más hablé con este ministro ni tuve el menor deseo de explorar nuestro
parentesco. Los tiempos eran tan feroces que le agradecí la generosidad de espíritu
que le llevó a perdonar mi audacia y evitarme una paliza tal vez fatal... Como le
explicara yo, hacía pocos meses de mi retorno desde USA. No estaba acostumbrado
todavía a la vida bajo Banzer.
Este es el momento en que algunos hijos de perra de esos que se pasan la vida
haciendo chistes en un café pondrán en duda cada detalle de esta anécdota.
Para un lector con la cabeza fría, es obvio que tengo un testigo prácticamente
presencial para este relato. Pero no lo necesito: cualquier hijo de vecino puede
perder su tiempo revisando los archivos de Ultima Hora. Encontrará allí esta misma
historia en varias columnas de prensa, unas firmadas por ‘Morbius’ y las finales por
Arturo von Vacano. Es que los esbirros de Banzer tardarían un par de años todavía
en echarme la zarpa encima.
La nueva generación de ‘literatos’, educada por mi hermana política Raquel
Montenegro para atacarme con rumores y falsedades, no tiene idea del contenido de
la palabra ‘dictadura’, ha prohibido la difusión de mis libros bajo la actual ‘dictablanda’
india y se alegrará hasta el delirio cuando imite yo a Fortún y me vaya al infierno
cualquier día de estos. Miren nomás las cosas que uno debe agradecer a su patria.
Pero en el infierno los estaré esperando, como les prometí a mis familiares que me
robaron mi herencia.
Espero haberle distraído con esta anécdota. Gracias por su atención. Tenga un buen
pasar.


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Arturo
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9/16/2012