Su Opinión
El Cuco Falcoff
Arturo
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Ahora que nos hemos decidido a matar a Bolivia con nuestro racismo feroz,
deberíamos aceptar la responsabilidad de ese crimen como adultos, haciendo un
esfuerzo por dejar atrás los infantilismos que tanto daño han hecho a nuestra vida
republicana.
Pues que hemos vivido180 años agarrándonos a puñete y patada hasta desmenuzar
al país más lindo del mundo tirándole siempre la culpa a cualquier otro, hagamos hoy
un esfuerzo de excepción y aceptemos que esta vez la culpa será nuestra y no de esos
extranjeros que tanto mal nos han hecho, como siempre decimos. Sabemos bien que,
de Bolívar para acá, de inocentes no nos queda un pelo.
Y bien podemos empezar por Mark Falcoff, el “profeta” ese de nuestra defunción
colectiva, y de su famosa nota sobre “¿Los Ultimos Días de Bolivia?” como la tituló en
junio de 2004 al publicarla. La idea no es muy mala, sobre todo porque el rey de
nuestros periodistas investigadores, Wilson García Mérida, ha decidido devolverlo al
tablero.
Tengo la nota de marras en la mano y la he leído una vez más para volver al momento
aquel en que la critiqué sin vacilaciones. Intentando una cierta objetividad, debo decir
ahora que no la veo tan incendiaria como se me apareció entonces. Hasta el título es
tímido, sobre todo porque, después de dar un vistazo de pajarraco a nuestras
realidades y resumirlas para hacer su atrevida pregunta, termina afirmando que las
locuras de los bolivianos podrían causar la última de nuestras batallas entre nosotros.
Si le hubiéramos leído con menos furia y más humildad posiblemente estaríamos
viviendo coyunturas diferentes de la actual. Pero Falcoff es gringo y ya sabemos que
los únicos gringos que nos gustan son los gringos muertos.
Pero, veamos: ¿quién es Falcoff? Es uno de los miles de  analistas dedicados a
buscarle ángulos diferentes a las coyunturas latinoamericanas para escribir artículos
como el que comento en la esperanza de hacerse notar entre sus colegas.
Antes de “¿Los Ultimos Días de Bolivia?” estaba rompiéndose la cabeza en busca de
un “tema” que le hiciera diferente de tales colegas, algo que le ayudara a “hacer
carrera”. Si un marciano leyera la historia boliviana desde 1970 para acá hubiera
llegado a la misma conclusión de Falcoff. “Esos tíos son los rebeldes más disparatados
del mundo”, hubiera escrito. “Con decirte que eligieron democráticamente a un criminal
que antes fue su dictador, han vivido dos siglos sin saludarse siquiera entre vecinos y
ahora quieren restablecer una sucursal del nazismo internacional por un lado mientras
tratan de fundar el Segundo Kollasuyo por el otro, te digo casi todo”.
Eso, a su manera, es lo que escribió Falcoff. Lo original fue dar un paso más y
vislumbrar la partición o la muerte de Bolivia y atreverse a mencionarlas.
No sólo los bolivianos espiamos en Latinoamérica con especial cuidado cada palabra
dicha o susurrada por los gringos. Hace un siglo ya que vivimos la relación Imperio-
Colonias y sabemos o creemos que, si USA estornuda, a nosotros nos da la fiebre
aviar. Esto es, los colonizados espiamos con angustia e ira cada letra que emerge del
Imperio.
Nuestros enemigos chilenos, por tanto, cogieron al vuelo la oportunidad que Falcoff les
daba y lo invitaron a extender sus ideas en Santiago. También invitaron a sus socios
bolivianos en la empresa de descuartizar a Bolivia. Falcoff, que no representaba más
que a Falcoff, hizo historia chica al asegurar a los rotos que Brasil y Argentina,
temerosos ante el Titán del Norte, se apresurarían a reconocer a la Kosovo del Sur,
Santa Cruz, con su Carnaval, sus nazis, sus croatas y todo. Ese fue, tal vez, el día más
feliz de Falcoff. No hemos escuchado otra palabra suya ni ha pasado por Santiago al
mando de una legión de Marines.
Wilson García Mérida escribe “El asesor de Bush en temas de intervencionismo militar
norteamericano, Marc Falcoff” sin darnos una pizca de prueba de tal afirmación; lo
acusa luego de anunciar la guerra entre el Yaraví y el Taquirari, tesoros culturales que
el pobre gringo no puede mencionar ni pronunciar siquiera. Añade un párrafo de su
propia cosecha que convierte al gringo ese en hijo de Satanás o poco menos.  
Es bueno recordar, para dar a Falcoff la estatura que tiene, que Bush tiene
literalmente miles de “asesores militares”, los que, como Falcoff mismo, se matan o
matarán a cualquiera con tal de pescar la oreja de este o cualquier otro presidente de
USA. En otras palabras, es otro entre los miles de “analistas” anónimos cuya
importancia real es apenas mayor de 0.01.
Tanto es así, que el superior de Falcoff en la oficina donde ambos trabajan es hincha
de Evo y está trabajando desde 2000 por convencer a Washington de que es más
inteligente tener a un indio amigo en el Palacio Quemado que a un ciudadano gringo
con el sello de la CIA en el glúteo que es incapaz de hablar español sin acento.
Leo en las mismas fuentes que alimentan a García Mérida los siguientes párrafos:
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“Morales cuenta con sus promotores en Washington. El director general de la firma
Kissinger–McLarty Associates, el coronel retirado del Ejército de los EU Stephen
Donehoo, planteó en un foro en el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos
en Washington, D.C., que los EU necesitaban una nueva política hacia los cocaleros y
que deberían entrar en contacto con Evo Morales y su partido MAS para incluirlos en
las discusiones en torno al futuro de Bolivia.
“Según fuentes bien informadas en Washington, Donehoo está haciendo su trabajo
para llevar a Morales a los EU, lo cual requiere que el Departamento de Estado
suspenda la prohibición de concederle una visa, misma que pesa sobre el dirigente
cocalero debido a sus relación con el narcotráfico y la principal fuerza narcoterrorista
del continente, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)”.
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Descontando el cuento sobre las FARC que se muere por absurdo, no me cuesta
mucho creerle más a Donahoo que a Falcoff, sobre todo si los gringos son menos
burros hoy de lo que fueron tradicionalmente. Pero esa es otra historia. De Donahoo y
el nuevo Embajador me ocuparé luego si el clima lo permite.  
Lo que me interesa aquí es la necesidad histórica de todos los bolivianos de aceptar el
asesinato de Bolivia como consecuencia de nuestro racismo suicida, nuestra
ignorancia brutal y nuestro egoísmo inconcebible.  Flaco servicio nos hace García
Mérida cuando saca del sombrero a Falcoff para añadirle el nuevo Embajador , de
cuyas maldades no dudo un instante, y servirnos un yungueñito que nos permita
lavarnos las manos sobre nuestro propio suicidio.
En mi humilde opinión actual (que siempre puedo cambiarla, si soy honesto) Falcoff es
un pobre diablo de los cientos que trabajan en el Centro de Estudios Internacionales y
Estratégicos. Tuvo una suerte loca al atreverse a escribir su tímido “¿Los Ultimos Días
de Bolivia?” y gozó de 15 minutos de “fama” antes de perderse en los corredores del
sitio en que trabaja.
Los bolivianos, acostumbrados como estamos a escuchar cada tontería que dicen los
gringos como si fueran palabras de Dios Padre, le hicimos el favor de darle importancia
porque su sola sugerencia sobre una tragedia que parecía absurda entonces nos
lastimó el corazón y confundimos al mensajero con la tragedia.
Porque, adultos y maduros como somos, debemos aceptar que la misión de Falcoff es
buscarle los puntos flacos a Bolivia para hacerla añicos (para eso le pagan), la misión
del Embajador es hacerla añicos (para eso le pagan) y la nuestra, tras una historia
cruel y feroz, es ayudarles a ganar su dinero con el menor esfuerzo posible.
¿Por qué busca García Mérida argumentos para negar estas verdades enormes como
el Illimani? Porque es como nosotros pues, y quiere contarles a sus nietos cuando
vivan todos en Alaska: “La culpa de todo la tuvieron esos gringos malditos”,
confundiendo el éxito de esos gringos con nuestro fracaso ante la Historia.        
Ene 07