Su Opinión
Arturo
Un Libro Maravilloso

Anoche tuve la suerte de descubrir un libro que me apresuro a aconsejar a tirios y
troyanos porque este texto viene a curar una enfermedad muy grave de que
adolecemos unos y otros, la ciega certidumbre con que andamos convencidos de que
las opiniones propias son las más certeras del mundo.
El libro se llamará cuando lo traduzcan al español “La Opinión Política de los Expertos:
¿Para cuánto sirve? ¿Cómo podemos saberlo?” y su autor es un profesor de Princeton
que se ha gastado los últimos 20 años tratando de responder esas preguntas. El
hombre se llama Philip Tetlock y es un psicólogo graduado en Berkeley. Este gringo ha
ejecutado miles de estudios y encuestas entre sabidillos e ignorantes a los que extrajo
82.361 predicciones sobre los temas más variados de la política en USA, el mundo y
planetas próximos o lejanos.
Su ineludible conclusión: los expertos dicen y escriben tantas idioteces como los
“ignorantes” y sólo los levudos leen y creen a los expertos.
Es más, generalmente es el vulgo, la gente, el público, la voz del Pueblo que es la voz
de Dios, la que se acerca más a la verdad cuando opina, así sea quemando
embajadas.
Su explicación: todos, expertos y legos, nos enamoramos de nuestras predicciones y
opiniones. Todos odiamos equivocarnos. Antes de mirar nuestros escritos o nuestras
conversaciones de café como sublimes burradas, somos capaces de quemar el
mundo. Sólo los entes más civilizados son capaces de decir “metí la pata, lo lamento”, y
continuar viviendo en su sencilla sabiduría.
El libro me cayó de perilla porque acababa de leer un trozo notable de disquisición
vanidosa firmado por un experto local que escribe como si fuera el mismo Buda: habla
de indigenismo en este caso y ha puesto un titulo harto caprichoso al papel que
escribió mientras comía tres salteñas, algo que ver con “Condo lesa” o “condo minio”,
no recuerdo bien qué. Escribe sus papeles demostrando el poco respeto que le
inspiran sus potenciales lectores, y los envía a pasearse por el mundo sin revisarlos:
¿para qué revisarlos, si van montados en el prestigio de que cree gozar?
Esta vez este experto está molesto porque los asuntos humanos y bolivianos son un
enredo que nadie entiende, cosa que sucede desde que Caín dio el golpe ese a Abel,
y ese enredo permite que las gentes usen vocablos y palabras en la mayor anarquía,
lastimando la sensibilidad sensible de este buen señor, quien exige orden y concierto
hasta a su sirvienta. Discute allí la vital, importante y nunca bien ponderada diferencia
entre “indigenista” e “indígena” pero no “indignado”, que es como se siente antes de
seguir la última moda a toda prisa y declararse “indio” él también.
(Ya me imagino la importancia de “indigenista”. El día de sus penas, Evo escuchará
decir a un blanquiñoso cualquiera, “perdona, indio, pero no te colgamos por indio sino
por indigenista, y jódete ahora, que joderse es ley.”)
Zopenco como ese artículo me parece, me sirve para ocuparme a las volandas de la
enfermedad que ha dado pie a la existencia de expertos como ese, de “politólogos”,
sociólogos, analistas y otros “expertos” aficionados a escribir en difícil para aliviarse el
vientre.
Esa enfermedad se llama “meritocracia” y es madre de las universidades modernas,
los comentaristas de la TV y todo “dotor” que habla como si supiera lo que dice. Es
hija, claro, del desempleo: habrán notado ustedes, hermanos en Cristo, que no hay
“politólogo” que no mame bien ni “experto” que no sea, por lo menos, catedrático.
Si usted, que anda desempleado desde 1971, quiere fundar otro ejemplo de
meritocracia, aquí la regalo la fórmula, y vaya con Dios y con suerte, que ya es hora de
que haga algo antes de morirse.
Llame a su primo Eugenio y póngase a inventar palabras nuevas. Eso es lo que hizo
Freud cuando inventó su propio ejemplo de meritocracia. Una vez que haya inventado
unas cien palabras, póngase por caso, vaya a vivir al otro lado del río y empiece a
hablar como loro con diarrea: “Como dice mi primo Eugenio, el dotor, los drogadictos
no son viciosos sino víctimas. Lean su artículo ‘Cómo me curé el acné’ y verán lo que
les conviene”.
Al otro lado del río, Eugenio hará lo mismo, presentando a su primo (usted) como si
fuera Freud. Dos semanas más tarde aparecerán tres o cuatro muchachos muy
despiertos que se dieron cuenta del truco y quieren ser sus “discípulos”. Con su
ayuda, usted puede inventar otras mil palabras nuevas. Pónganse todos a escribir
como locos, así sea gratis, practicando la vieja ciencia de “los bombos mutuos”,
presentándose unos a otros como “expertos”, y en seis meses serán todos
“politólogos” o cosa parecida. Se pondrán de moda en otros seis meses y les
ofrecerán cátedras, asesorías y sólo el Diablo sabe qué otras cosas porque ya serán
los reyes del blablá.
Si hubiera leído usted mi “Hombre Masa”, hoy sería en un experto sobre la
meritocracia, pero no. Usted, del Condorito no sale. Bueno, pues. Que su pobre
esposa se mate trabajando hasta el Juicio Final.
La meritocracia explica muchas cosas. Explica, por ejemplo, a la universidad como
fábrica de mediocridades. Usted no sabía por qué existen cátedras durante siglos
aunque nunca producen genios dignos del Nobel. Ni por qué existen facultades de
Literatura pero los novelistas de gloria y fama casi nunca salieron de allí, por no decir
nunca. Ni por qué hay gente que escribe artículos tan aburridos como este,  sin
entender que se escriben para masajear el ego de sus autores.
Pero eso no importa. Lea el libro del gringo Tetlock hoy mismo y empiece a decir sus
propios disparates con toda confianza. Y no permita nunca jamás que lo engañen esos
que hablan y escriben en difícil. Son grillos que ni siquiera han aprendido a tomarse en
broma, pero que pueden hacer mucho daño.  
Sus Libros
Nuevos Textos
Feb. 06