E. —  En ciertos momentos del libro, no sé si es la expresión correcta. No sé si es un poco de
pesimismo o un poco de derrotismo. Tal vez en eso mismo que ha indicado hasta ahora: el
título mismo de "Apocalipsis", para usted, qué... Es un poco lo que tiene el apocalipsis,  
digamos, de callejón sin salida, como indicaba ahora, o...

V. —   Sí. Sí. Sí. Mi posición personal es esa. Mi posición personal es que, a menos que los
bolivianos hagamos un profundo cambio espiritual, de conciencia en cada uno de nosotros
dentro de un período muy corto - en  sentido  histórico - nuestro país está en un callejón sin
salida. Por eso que el libro se llama Apoca1ipsis, porque habla del fin de una nacionalidad. Es
el fin de una nacionalidad porque posiblemente nunca ha logrado cristalizar. De las
generaciones presentes y las que nos sigan, posiblemente en un periodo de treinta años,
depende el fin, el apocalipsis, o la salvación, si vamos a llamarla así.  Personalmente, yo soy
muy pesimista. No derrotista, porque el pueblo boliviano muchas veces ha hecho cosas que
ningún pueblo ha hecho, pero un sentido histórico me lleva ya a un pesimismo personal muy
profundo.

E. — Saltando tal vez a otro aspecto, digo… aquí… sin duda, esperarán nuestros oyentes y
casi me siento un poco obligado a ello, que yo no fuese solamente un periodista neutral que
interroga al autor, sino que de vez en cuando opinase así en concreto: creo que Antón es un
libro muy importante, que hay que leer, que hay que releer. A mí me ha llamado muchísimo la
atención en el libro la carga enorme de imaginación, una imaginación desbordante, de una
riqueza extraordinaria, que creo invade todo el estilo, la expresión… ¿Qué acotaciones se
podría hacer sobre esto?

V – Bueno… en realidad es una cosa muy paradójica. Me hace reír un poco. Sombra de Exilio,
mi primer libro tenia personajes hasta cierto punto inventados. Son personajes que nunca
existieron realmente sino que son conjunción de otras personas. En el caso de este libro, de
Antón, se puede decir que todos, todos los personajes que aparecen en el libro son reales. He
conocido personalmente un 80 por ciento de ellos en mi propia experiencia. Los otros me han
llegado a través de otros libros y de amigos en cuyas experiencias personales yo confió, en
cuyo testimonio tengo fe. De tal modo que en el caso de Antón, si es que existe imaginación,
no está en los incidentes, en haber inventado los incidentes sino en el modo de presentarlos.
Lo cual no es nada más que escuela, ¿no? Para escribir, para aprender a escribir, para creer
que alguna vez se puede llegar a escribir, lo único que se puede hacer es escribir y repetirse y
ensayar y fracasar… De tal modo que si hay imaginación en el Antón, se refiere simplemente
al modo de presentar una realidad. Pero la realidad misma no es inventada. No viene de la
imaginación la Bolivia que aparece en Antón. Es la Bolivia real. No es imaginación, ¿no?

E.- Si, tal vez es cierto esto.  Hay mucho en la manera de presentar. A mí me ha parecido una
manera de presentar digamos muy escultórica, muy a golpe de cincel, muy inacabada de
alguna manera, pero precisamente por eso muy sugerente y moderna, muy joven. Digo, Al
menos dentro de la literatura boliviana no conozco unos precedentes muy directos de este
estilo. Tal vez dentro de la literatura latinoamericana habría más, ¿no?

V.- Yo no sé. Alguna vez también he dicho… Yo no soy un estudioso de la literatura boliviana
ni latinoamericana ni la de ninguna otra parte del mundo. Por supuesto, soy un lector. Una
manera de educarse es leer. Pero, la necesidad que tenía, y hasta cierto punto, la obligación
que se tiene cuando se cree que uno puede escribir un libro, que tiene un mensaje que quiere
llevar al lector, es la de no aburrirlo, la de no ser aburrido, no repetirse. Uno tiene que jugar
con la imaginación del lector. Esta es una  vieja necesidad que toda persona… El periodista,
como usted sabe… Usted presenta la noticia de un modo que no es interesante, que no le
lleva a imaginarse las cosas que está leyendo… no se lo lee. Y yo quiero que se me lea, claro,
¿no? (Ríe).

E.- Al leer Antón me han venido a la mente dos de los autores… Por una parte García
Márquez – y tal vez por alguna parte hace usted alguna ironía diciendo algo al respecto, ¿no?
Y, por otra parte, también algo de Nietzsche…

V.- Yo reconocería ambas influencias. Indudablemente, García Márquez ha influido no
solamente en un escritor que comienza, como yo, sino en escritores ya cristalizados,
realizados, de tal modo que si hay influencias de García Márquez en mi libro, lo reconozco, lo
acepto y reconozco en García Márquez lo que me ha podido enseñar, si es que he podido
aprender algo y ojalá sea bueno, de tal manera que, como su discípulo, pues, me siento muy
en paz. En cuanto a Nietzsche, mi conexión con Nietzsche se limita a Zaratustra…
Posiblemente no sea muy nietzscheana la influencia sino más bien sea un poco… un poco
Camus, un poco Sartre. Un poco… Esa falta de fe. Muchas veces característica de los
individuos de esta época… Tal vez no lo pueda expresar de otra manera. No creyera yo en
una influencia nietzscheana en realidad, porque ya Nietzsche se pelea con Dios (Ríe.) Yo, con
Dios estoy buscando la manera de entenderme todavía.
Pero si usted ve esa influencia, pues, bienvenida sea. (Ríen.)   
Arturo
Al salir de un cine en la noche del 21 de marzo de 1980 Luis Espinal fue secuestrado en un
jeep por un grupo de paramilitares que lo trasladό al matadero de El Alto, donde lo
torturaron y asesinaron.
Su cadáver, con 17 balazos, fue encontrado al día siguiente en un  basural de Achachicala.
Según sus compañeros jesuitas, el certificado de defunción registraba "deshidratación” como
causa de su  muerte. Su asesinato conmovió al mundo.

Espinal fue nuestro amigo durante años. Bautizó a mi hija Claudia. Amable y generoso, hizo
cuanto pudo para ayudarme como autor novato. Meses después de su muerte me vi
obligado a optar por el exilio para eludir a los militares asesinos.