Escribiendo en el Vacío
Arturo von Vacano

"La mayor tragedia que este hombre encuentra
a su alrededor no es, ni siquiera,
la oposición o la represión que tiene que sufrir.
Es el vacío; la más terrible y la
más anegadora de las frustraciones".
Juan José Coy  (con Josep M. Barnadas),
sobre "Sombra de Exilio", 1977.

Recuerdo como si fuera ayer la impresión que me causó esta conclusión escrita por dos críticos españoles
que comentaban mi primer libro publicado, ‘Sombra de Exilio”. La reconocí de inmediato como una
descripción de mi destino, que por entonces era el futuro. Hoy esas frases vienen a ser mi epitafio. En
ellas veo comprimidos mis 40 años dedicados al vicio de escribir.
Publiqué “Sombra de Exilio” a los 27, pero vi mi primer trabajo publicado a los 16, cuando el matutino más
importante de mi ciudad natal, La Paz, reprodujo el editorial que escribí para la revista del Colegio Alemán.
Así, vivo desde los 17 esa paradoja de ser “famoso” y desconocido a la vez. Hoy retorno a Bolivia para
morir a los 70. Voy con un cuádruple bypass y pulmones dañados que pronto me matarán. Me llevo el
peso del vacío que ha marcado mis días y el consuelo de no haber traicionado mi vocación. Combatí
contra mi destino con todos los medios de que dispuse, pero el vacío me ha vencido. Hoy soy un
desconocido.
A los 19 dejé Bolivia en mi único exilio libremente elegido. Me fui porque no había allí modo de hacerme
periodista. Encontré mi oportunidad en Lima y me hice “famoso” en cinco años. Mis artículos y entrevistas
atrajeron extraños que me felicitaban en las calles. Cerré ese exilio saliendo como representante del Perú
siendo boliviano para reunirme en Nueva York con otros catorce periodistas tan exitosos como yo en sus
respectivos países. The World Press Society es la única entidad profesional a la que pertenezco con
orgullo.
De retorno en Bolivia con mi esposa, usé mi pluma de  inmediato para combatir a los dictadores militares
que agobiaron al país durante los 70 y los 80. Mientras mis tres hijos crecían, ataqué y critiqué a
Barrientos, el de la Revolución Frustrada, Banzer, el de la Operación Cóndor, y García Mesa, el del primer
régimen narco-militar que viera el mundo. Publiqué artículos y comentarios, todos gratuitos, en Ultima Hora,
Presencia y otros medios hasta que Banzer me encerró en una celda y los amigos y las multitudes me
liberaron porque era yo, por tercera vez, “famoso”.
“Sombra de Exilio” alcanzó por ese entonces una quinta edición autorizada y dos o tres ediciones piratas.
En 2006 se lee gracias a un editor que no cumplió con mi contrato, sabe que no puedo obligarlo a
pagarme un centavo y continúa publicando ese libro desde 1995.
La celda de Banzer me dio el pretexto para escribir “Morder el Silencio”. Busqué un editor desde 1974
hasta 1980. Lo publiqué en Junio de 1980. Un mes después, García Mesa dio su sangriento golpe militar.
“Morder el Silencio” quedó en los sótanos del editor y yo fugué a Nueva York, en mi cuarto exilio. Me
paseaba por Manhattan en Octubre cuando supe que los militares habían quemado “Morder el Silencio”.
Usé los últimos tres ejemplares para visitar editores en Nueva York entre 1980 y 1987. Avon Books publicó
“Biting Silence” tras enviarme un adelanto. El libro estuvo en algunas vitrinas de Manhattan durante dos
semanas antes de desaparecer. Avon no gastó un dólar en publicidad ni me pagó un centavo más.
Para 2003, la edición de Avon se había agotado por fin y Ruminator lanzó una segunda edición de “Biting
Silence”. Ambas ediciones se vendieron gracias a amazon.com y la de Ruminator está agotada también.
Ruminator hizo un esfuerzo para pagarme un adelanto antes de quebrar. Cuando quebró, los libreros
continuaron vendiendo mis libros y pagando derechos de autor. ¿A quién? No lo sé. Sólo sé que nunca me
los pagaron a mí.
Para 1987, cuando perdí el único empleo que tuve en este país pocos meses antes de cumplir los 50,
tanto mi esposa como mis hijos eran profesionales. Yo había aprendido a manejar la Apple IIe y  algunos
programas. Para 2000, cuando sufrí un ataque cardiaco, manejaba una PowerPC y  era un autodidacta de
PageMaker y PowerPoint. Aprendí a hacer eBooks y documentos PDF. Seis de mis libros se ofrecen en
amazon.com desde 2005 gracias al milagro del Internet.
Entre esos seis hay dos o tres que creí en su momento muy apropiados para conquistar, por fin, lectores
en este mundo ancho y ajeno.
Uno es un divertimento, “La Aventura del Anular Extraviado”, que sigue las peripecias de una niña que
pierde el anular derecho en el Carnaval de Oruro y provoca así una serie de enfrentamientos trágicos y
cómicos entre policías y narcotraficantes, torturadores y héroes de folletín en una Bolivia real en la que no
es fácil discernir quienes son los buenos y cuales los malos.
Otro es una “novela de ideas” que se pasea por los cinco universos que hacen la vida espiritual y material
de un “Hombre Masa” y encuentra una Solución de Todo real y efectiva, aunque un tanto violenta, para
todos los problemas humanos.
Un tercero es mi “Memoria del Vacío” que relata la historia que aquí resumo con mayor detalle en las 400
páginas que reúnen piezas de mi ficción, de mi periodismo y de la crítica que mis libros provocaron y nunca
fue negativa.            
Esos seis libros son obra mía en lo intelectual y lo material. Los escribí, los edité, los convertí en
documentos PDF, les hice las cubiertas y los publiqué mediante una subsidiaria de amazon.com.
Así, podría decirse que el objetivo que me propuse a los 17, cuando comenzara a leer libros de bolsillo en
inglés para aprender el idioma y leer cada semana Time y Newsweek, las escuelas en las que aprendí el
arte de escribir artículos y entrevistas, se ha cumplido. Puede decirse que 25 años de rechazos por
editores norteamericanos que se equivocaron en su juicio sobre “Biting Silence” concluyen en dos
ediciones agotadas a pesar de que nunca nadie invirtió un dólar en promoverlas, y que el éxito silencioso
de ese libro debió haber abierto otros caminos para mis nuevos libros.  
No ha sido así, sin embargo. Todos mis esfuerzos se han estrellado contra un muro que no puedo vencer,
la evidente necesidad de millones de dólares para promover y publicitar mis títulos, fortuna que no está a
mi alcance.
Se han estrellado también contra lo que he venido a conocer como la mafia del libro: las principales
publicaciones se dedican a comentar los mismos libros, esos libros que disponen de millones de dólares
en publicidad, e ignoran aquellos que, como el mío, conquistan lectores durante años luchando solos,
abandonados por sus editores  y sin más ayuda que la opinión de  algunos lectores que nunca serán una
multitud.
Tal vez nunca ha sido tan evidente el hecho de que el “fair play” norteamericano no es más que un mito. El
hecho de que ese mito contribuya a la evidente decadencia de la literatura y el triunfo de la mediocridad
no es, en verdad, consuelo alguno.
Tuve el capricho de escribir estas líneas al ver en un diario una página que se titula “The Writing Life” y
que es una galería de “ganadores” en desmedro de los “perdedores”. No relatará nunca, por eso mismo,
historias como la mía, en la que un “perdedor” logra lo que millones invertidos en ediciones de lujo no
lograron, ni acogerá un autor que, por ser viejo es feo, y por feo y viejo nunca merecerá una oportunidad
de escribir sobre su propia “Witing Life”. Nunca dirá, en fin, que no es una sección dedicada a la realidad
de la “Writing Life” y que es sólo ficción no muy buena pero que, yo sospecho, ha sido muy bien pagada.
Es por esa práctica y sus millones que no he podido escapar al vacío que marca mi destino.
JFK señaló alguna vez que la vida es injusta, y lo dijo con una sonrisa porque creía que había sido injusta
a su favor. Yo no pienso que mi vida haya sido injusta. Por el contrario. Dados los muy limitados medios
con que tuve que vivir esta aventura, creo que fue justa a mi favor. No conozco en el mundo todo otra
historia como la mía. Pero nada puede derrotar al dinero unido a la mala fe, la ignorancia y el enanismo
intelectual. Ni siquiera amazon.com, Google ni el Internet.
Lo que en verdad es doloroso es el comprobar que mi derrota no es resultado de mis obras, no siquiera
de la calidad de mis obras, sino de una situación caprichosa en la que el dinero viola todos los valores,
compra demasiadas conciencias y corrompe a los pretendidos guardianes de una cultura hasta convertirlo
todo en una gran porquería.

Por eso, y porque los entierros son más baratos en los Andes, he decidido retornar a mi ciudad natal para
limpiarme el alma durante los meses que me quedan. Leeré otra vez a Hemingway, el héroe de mi
adolescencia, y le envidiaré por otra razón. De joven, soñaba yo con Nueva York, la capital mundial de los
libros. Ya viejo, sólo le envidio sus días, cuando había aún algunos caballeros en su negocio y se daba
una oportunidad justa, un “fair play”, hasta a los libros escritos por extraños en el Tercer Mundo.