El Misterioso Caso del Escritor Boliviano

Imagínese usted una bataclana que buscara ganarse la vida sin mostrar al mundo las
cualidades físicas y desnudas que Dios le pudo haber dado, sin mentar ni insinuar las
habilidades naturales o aprendidas que debería usar para ganarse el pan de cada día
(o noche) o sin hacer, en fin, esfuerzo alguno por mercadear su mercadería, como se
diría en ‘moderno’.
Imagínese, además, que esa bataclana tuviera por objetivo de su vida toda el Nobel de
las bellezas del mundo, el Miss Universo…
Obviamente, diría usted, persona culta de mucho sentido común, esa bataclana está
más loca que una cabra del Monte Athos.
¿Diría usted lo mismo si supiera que esos mismos errores pueden atribuirse al 96 por
ciento de la clase ‘culta’ del país, a los escritores y otras yerbas intelectuales?
Decíamos ‘sin mostrar al mundo…’ para demostrar lo cual bastará con preguntar a mi
inquieto interlocutor (si aparece alguno, porque casi nadie comenta mis
elucubraciones), ¿a cuántos escritores bolivianos contemporáneos ha leído usted?  
No comience con las disculpas de siempre: no tengo tiempo para leer, ¿leer? No leo
nada desde 1993, no me gustan los bolivianos: escriben en lunfardo local; no me
gustan los jóvenes; se complacen en exageraciones sexuales, no me gustan los viejos;
dale y dale con la política….
Nadie necesita ninguna de estas disculpas porque los más interesados en que usted no
los lea son esos mismos autores.  Hacen como la bataclana de mi cuento: evitan
mostrar su mercadería aunque buscan el Nobel desde que publican su primera línea.
Publicada la obra, toman generalmente el camino criollo hacia la gloria: piden a un
primo que ‘se los escriba, pues’ un comentario que los sitúe junto al Manco de Lepanto
y proclame la aparición de otro García Márquez local. Ese comentario aparecerá en
impresos y en el Internet, seguido de uno o dos más del mismo calibre; todo depende
de la cantidad de primos que tenga el autor de turno… Y nada más aparecerá cuando
se le acaben los primos.
¿Quién puede acusarlo de indiferente si usted no dispone de información adicional
alguna que le invite a comprar la obra de ese autor?
Nadie, pues. Nadie compra lo que no conoce.
Algunos autores apelarán luego al otro truco: invitarán a familiares y amigos a una
aburrida sesión durante la que contestarán preguntas opas hechas por amigos opas de
buena voluntad y desperdiciarán dos docenas  de botellas de vino barato, motivo
principal de la presencia de esas gentes que murmuran tonteras y critican el atuendo
de los demás…
Ello, en una época en que todo escribidor decidido logra publicar su libro en Bolivia
(jamás hubo semejante bonanza) y todo autor puede ofrecer directamente al mundo
entero varias páginas de su obra como anzuelo establecido en el Internet por siete
dólares.
Como grupo de divos, estos autores pueden (y deben este esfuerzo a sus potenciales
lectores) reunirse en un blog (gratuito) para exhibir, mostrar y ofrecer sus mejores
páginas como modelos de lo que es la obra de cada quien…
¿Conoce usted autor alguno que haya intentado este esfuerzo de mercadeo? Sí, dirá
usted: por lo menos uno, y sabemos quién es ese exiliado audaz.
Otros hacen como esos vendedores de relojes falsos y pegados al revés de su
impermeable: apenas un destello, y ocultan la falsa mercadería.
No sólo eso: la gran mayoría de los autores de hoy prefieren hacerse matar antes que
exhibir ejemplos de su obra (modelos de su bella prosa) en papel o en medios digitales.
La explicación de esa actitud es un misterio que ni siquiera Sherlock Holmes ha podido
dilucidar.
Por otro lado, existen pistas: cuando el ganador de un Premio Alfaguara de Novela se
atrevió a mencionar el español deleznable en que escribe el 90 por ciento de los
nacidos dentro de nuestras fronteras, los periodistas a nivel nacional (responsables
directos de los horrores que se escriben y se leen en los periódicos) pusieron el grito al
cielo y casi degollaron al pobre muchacho… ¡Ah, nuestra kultura!
Ese mismo autor ignora (por ejemplo) la diferencia entre “ver’ y ‘mirar’… Defecto que
aparece en numerosas páginas de su obra ganadora y que puede atribuirse al
bilingüismo nato existente en su mente y en su sangre que él tal vez no reconoce.
También el caso de un narrador de ciencia ficción que no parece ser discípulo de
Arthur Clarke al que se le ocurrió, al ver la suerte indiferente sufrida por sus escritos,
hacerse ‘poeta’ de la noche a la mañana porque cree que ‘la poesía es más fácil’
cuando la triste verdad es que su castellano jamás salió de Tarata y sus experiencias
como literato dominical no alcanzaron a enseñarle que la poesía es el género más difícil
(razón de la limitada cantidad de poetas ‘de verdad’ en este universo)… También esa
triste experiencia, digo, ilustra la misma coyuntura: en Bolivia hay miles de personas
que piensan en quechua o en aymara y escriben sus elucubraciones en ese español
criollo que retrata nuestro atraso en periódicos, revistas y muchas obras de literatos
noveles y no tan noveles.  
Una de las características del cholo moral típico es su ambigüedad (cuando no su
dualidad evidente) en lo que habla y escribe, si escribe. He señalado casos de esta
enfermedad en alguna de mis obras. Sucede que, inseguro como es a consecuencia de
la debilidades de su educación, este cholo moral (que bien puede parecer un alemán
de Alemania y no de los de…) nunca está seguro de lo que dice o lo que piensa. Si
dice algo, apenas cierra la boca mira a diestra y siniestra angustiado, esperando las
pedradas o los aplausos de quienes le rodean: no sabe lo que merece.
Si escribe, peor la cosa: trata de negar en el segundo párrafo lo que dijo en el primero
y de borrar con el tercero lo que dijo en el segundo. Dedica el cuarto párrafo a decir lo
que dijo en el primero, pero más ‘suavito’, no sea cosa de que alguien se enoje. Una
característica física de este pobre hombre es su apariencia: es un gusano mental, pero
ha aprendido a presentarse como si en verdad hubiera ganado el Nobel. Parece
avergonzado de su facha y busca cualquier modo de disfrazarla, sean perfumes,
afeites, barbas o ridículos bigotes: un obispo de opereta.
Y así, apenas publica su magna obra se asusta y no quiere mostrar su prosa aunque le
peguen.
También existe el autor que escribe en difícil para evitarse los riesgos de bajar al llano.
Este es el caso del cripto-nazi que no sólo escribe en difícil para que nadie o casi nadie
le entienda; escribe en alemán para los diez millones de alemanes interesados día a día
en lo que sucede en Achacachi. Esta costumbre le ha dado un puñado de amigos en
Santa Cruz, ciudad que visita de cuando en cuando para leer conferencias en su
lenguaje difícil sin entender que nadie le entiende; esas fiestas sirven de pretexto para
reunir a unos pocos nazis viejos y otros pocos ricachos que hubieran querido ser nazis
pero, con esas caras… Tema que me lleva a mentar por un instante la cara de este
caballero: tanto la piel como el amargo rictus que rasga su boca delatan la sangre de
sus antepasados, evidencia que no le ha privado de la audacia de decirse durante sus
días de ‘príncipe’ estudiante parte de la ‘vieja nobleza’ boliviana y dueño de haciendas y
de miles de almas indígenas…
Afortunadamente, tenemos en nuestro Altiplano un solo ejemplar de esta rara especie.
Solo y un tanto misterioso, aparece de mes en mes en los cocteles de nuestra rancia
aristocracia y evita toda manifestación de la nueva democracia. Evita también la
aparición de nuevos ensayos en alemán o en difícil o, por lo menos, los oculta. Así, ya
casi no hace daño a nadie.
Es por todo ello desafortunado el hecho de que, dado nuestro carácter nacional, (‘hago
lo que me da la gana y qué’) nadie imita a nadie entre nuestros escribidores y todos
nos placemos en escribir nuestras burradas con grande independencia, lo que
condena a nuestra literatura a una suerte casi igual a la de nuestro fútbol: ambos son
deportes para consumo local, a lo sumo, y jamás dejarán atrás una mediocridad
criminal.
Descreído, el mundo nos mira desde lejos, escribe novelas como ‘Stone Cowboy’ en las
que aparecemos como semi-humanos y decide, mientras pueda, olvidarse de nosotros.
Sólo nuestras riquezas naturales atraen a los más audaces, interesados como siempre
en desvalijarnos a la brevedad posible.
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Arturo
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Arturo