Su Opinión
Arturo

Escándalos Literarios


Bolivia es el único país latinoamericano que no tiene un novelista de fama continental,
un Skarmeta, un Puig, un Bryce. La explicación de esa orfandad se halla en una sola
palabra: calidad. La literatura boliviana es como el fútbol boliviano: sólo sirve dentro de
nuestras fronteras, esas rayas mitológicas que dizque nos separan de nuestros vecinos.
Para negar tal carencia se editaron hace poco dos tomos que intentan promover las
diez obras mejores de nuestra novela, uno, y el otro para detallar los nombres de los
notables que apenas alcanzaron esa fama provinciana que convierte en genio a
cualquier caballero que aprendió el uso casi correcto de la coma.
El primero es de dudoso valor, pues que los notables locales que se empeñaron en tal
empresa son también de dudoso renombre literario: si se corre la vista por el detalle de
sus comentaristas para un catedrático peruano, póngase por caso, tal educador
desafortunado difícilmente podrá opinar sobre las personalidades firmantes: como los
novelistas que comentan, también estos provincianos de la coma son sublimes
desconocidos en el mundo ancho y ajeno. (Para evitar malos entendidos, será mejor
subrayar que hablamos aquí de autores reconocidos por la masa continental de
lectores; no de esas diminutas sociedades cerradas que se dedican a los bombos
mutuos en la cátedra y en el bar de la esquina).  
Tales ejercicios se han repetido desde la fundación del país, así que nuevas ediciones
de los mismos intentos presentadas por críticos que nadie conoce como tales o
catedráticos que apenas sacan la nariz de sus aulas logran el mismo, inevitable
resultado: no contribuyen en nada a mejorar la situación general aunque sirven para
que los escribidores así confabulados aprovechen la ocasión para felicitarse
mutuamente por haber prolongado esa tontera. Lo peor de tales ediciones es que casi
siempre terminan tergiversando valores y aplaudiendo genios cuya fama local no durará
una generación.
Han logrado también un efecto inesperado: un caos sin precedentes entre los pocos
lectores interesados en ese imposible, el progreso de nuestras letras.
Una consecuencia de ese caos (pues que no hay críticos, crítico puede ser cualquiera)
es el colmo del absurdo que tales letras alcanzaron durante los últimos 36 meses: dos
premios nacionales de novela que se ahogan en sendos escándalos cuya esencia
consiste en la denuncia de ambas obras premiadas como ejemplos de lo que la
literatura nunca puede ser.
Es decir, como en el fútbol, no sólo se ha dejado de criticar lo criticable sino que ahora
se lo premia. No sólo no sabe nadie en este país bendito cómo es, en esencia, la
calidad de nuestra literatura, sino que los notable advenedizos cuya audacia les ha
llevado a hacerse jurados a nivel nacional han demostrado su crasa ignorancia y su
caprichoso gusto al premiar lo que merecía reproche y lanzar al mundo ancho y ajeno
dos tomos que, para quienes saben lo que hacen, harán por nuestras letras lo que
hacen nuestro futbolistas por nuestro fútbol: harán más negra aún nuestra imagen de
barbarie, retraso e ignorancia.
Me conviene decir ahora que no he leído ninguno de los tomos así premiados ni tengo
interés en leerlos. Unos veinte amigos cuya opinión respeto me han evitado esa
experiencia. Tampoco tengo interés en comentar esos libros. No soy crítico ni puedo dar
cátedra en nada. Soy apenas un lector incansable y un autor provinciano ya olvidado.
Lo que comento (una vez más) es la despreciable actitud de esos jurados que, por
aparecer alguna vez y de algún modo en la prensa y la televisión han hecho este serio
daño a todos los escritores bolivianos, los de ayer, antes de ayer y hoy, y los de
mañana y pasado mañana.
No cabe duda de que la nacionalidad le cae a cada quien como el color de los ojos, por
puro azar. Tampoco cabe duda de que la herencia que nos han dejado los críticos y
jurados improvisados desde 1825 es un peso feroz que aplasta casi todos los esfuerzos
individuales por huir de esa fama literaria provinciana para lograr un lugar bajo el sol
universal sin ayuda de compadres y cómplices.
Para casi todos, un boliviano que sale solo y desnudo a la conquista de un lugar (así
sea diminuto) entre las letras del mundo comete algo peor que una quijotada; la suya es
una estupidez sublime. Tan sublime, que sólo ese boliviano habrá de gozar de la
satisfacción de haberlo logrado a pesar de su nacionalidad.
No es tarea para cualquiera, eso de enfrentar al mundo ancho y ajeno sin otra cosa que
un libro mal impreso bajo el brazo y la esperanza de haber escrito algo que resulte
auténtico y legítimo para lectores de cualquier rincón del mundo.
Es tarea para escritores que necesitan dejar atrás ese  diminuto mundo de imposturas y
respirar, por fin libres, en un mundo de valores legítimos. Ese es el premio de que
gozan un Skarmeta, un Puig, un Bryce. Es lo que debe buscar todo escritor, pero
mucho más los que aún son jóvenes.
Es a los  jóvenes escritores actuales que esos jurados improvisados han hecho un daño
irremediable al premiar lo malo por bueno, y es al futuro de nuestras letras, si se da
alguno, al que le han aplicado otro golpe letal.
Mi mala suerte me dio una experiencia en la que un editor serio y profesional dijo un mal
día con un dejo de lástima, que “la obra es buena, pero… ¿A quién la importa Bolivia?
Este libro no tiene mercado en el mundo. No tiene antecedentes. Es como si hubiera
caído de la luna.”
A ese discurso se podría añadir ahora esos dos premios nacionales escandalosos: “No
sólo cae de la luna, sino que he leído estos dos tomos y, si los bolivianos creen que eso
es literatura, lo mejor que puedo hacer es lavarme las manos y desearles buena suerte
con otro editor, en otro planeta.”
Se de otra veintena de escritores bolivianos que están buscando editor extranjero
ahora mismo. Sea cual sea la calidad de su trabajo, tienen derecho a no ver reducidas
sus oportunidades por  libros que sólo merecen pedradas. Los jurados ignorantes sino
corruptos sólo pueden atentar contra sus legítimas esperanzas. Los falsos críticos sólo
presentan imágenes falsas de nuestra producción…. Y todo por aparecer una vez en la
TV.
La mera palabra “escándalo” descalifica en algunos lugares serios a cualquier premio
mal asignado. En Bolivia no ha sucedido nada, como sucede con todo escándalo.
Salud, y dale al cacho, compadre. Tergiversados todos los valores y vencidos todos los
absurdos, sólo queda un consejo para los jóvenes que quieren hacerse escritores o se
ven condenados a tal destino: “Vete a cualquier otra parte del mundo, joven, y crece
con ese país”. Quienes no escucharon tal consejo a tiempo pagan luego con sangre y
amargas lágrimas ese tremendo error.
Sept. 2005
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