Trabajo y Empleo

Hay por lo menos tres décadas desde que el mundo todo parece preocupado por la
creciente posibilidad de que los progresos de la tecnología puedan crear un ‘mundo sin
trabajo’, esto es, un mundo en el que nadie tendrá ya empleo porque lo perdió ante la
competencia que significan los robots y otros artefactos que aparecen en las películas de
ciencia ficción y fantasía, universos ambos que son sόlo una visión del futuro cercano.
Casi sin excepción, la ciencia ficción inventa mundos apenas poblados por la raza
humana; mundos que aparecen deshabitados fuera de la ciudad en que sucede la acción.
Tal visión es totalmente opuesta a la realidad que vive nuestro planeta: siete mil millones
de seres humanos se mueven sobre y bajo su superficie hasta hacerle parecer una pelota
cubierta de hormigas. Vista desde el cielo, la Tierra es un océano de luces de noche y un
mar de desiertos durante el día, fenómenos ambos creados por la abundante presencia
humana.
Es en ese mundo real donde sabios y billonarios se han propuesto eliminar para siempre
los empleos que dan de comer a quienes no han nacido dueños de una fortuna.
Nadie parece preguntarse cόmo sobrevivirán millones de taxistas cuando aparezcan en
forma masiva los autos que se manejan solos; nadie se preguntó desde los tiempos del
primer Ford como vivirían los obreros de esas fábricas ni quien compraría los autos que
allí se produjeron a no ser el mismo Mr. Ford, quien subió los salarios de sus empleados
de una noche a una afortunada mañana porque entendió que sόlo así esas mismas
gentes serían los consumidores que comprarían sus famosos Modelos T.
En contraste, nadie parece pensar que, si cada conductor se convierte en taxista
accidental por un par de horas, está robando su empleo a algún taxista al tiempo en que
él mismo se convierte en un sirviente sin salario, seguro social ni asistencia médica.
Tal es el milagro de una empresa llamada Uber, especializada en conectar pasajeros que
buscan un taxi con gentes que tienen cuatro ruedas y quieren ganarse unos pesos como
taxistas improvisados. Billonaria ya, Uber ha invadido buena parte del planeta con su
genial idea y sόlo los taxistas mexicanos parecen decididos a defender sus empleos
contra semejante invasor. ¿Qué harán esos taxistas cuando pierdan esa batalla?
Todos estamos acostumbrados, sobre todo el en el ‘Primer Mundo’, a admirar los lujos de
tiendas como Macy’s e ignorar las caras de hambre de los empleados que nos venden un
par de zapatos… En USA, paraíso del trabajador, esos ‘empleados’ son en realidad
esclavos de salario mínimo, sean locales o ilegales. Bueno: Macy’s y Walmart, otro
almacén gigantesco, están buscando los modos de reemplazar a esos esclavos con
robots porque esos nuevos ‘empleados’ ni cobran sueldos ni se enferman casi nunca.
Una de las pocas tareas que aliviaban el hambre de humildes e ilegales era la de pararse
ocho o diez horas en una caseta para cobrar el parqueo de automóviles. Decimos ‘era’
porque esos empleos han desaparecido ya: han sido reemplazados por maquinas que
registran cada boleto de parqueo y cada pago. Los humanos, en cambio, se robaban
unas monedas de cuando en cuando… Eso se llama progreso.
Los sirvientes y las sirvientas de las familias que pueden permitírselo han sido
reemplazados por robots.  Enfermeras y especialistas como los anestesiólogos también
están desapareciendo. Todos saben ya que un hombre sin título universitario está
condenado a morirse de hambre en USA. Los técnicos de medio nivel están, en su
mayoría, desocupados: no hay suficientes empleos para ellos. La situación es tal que hoy
un hombre de 35 años tiene tres posibilidades: o se hace ‘amo de casa’ y cuida a sus
bebecitos, o se va al Tercer Mundo en busca de su fortuna, generalmente como
mercenario, es decir, asesino a sueldo, o se dedica localmente al ‘crimen’ y viola la ley.
Esta situación no se da sόlo en USA y Europa. En Africa y Asia es diferente. Allí la mujer
sigue siendo esclava y el hombre, por ser hombre, la saca barata, como vemos en la TV
cada noche.
Estos y muchos otros problemas se deben a una confusión muy sencilla que el Sistema se
empeña en preservar y alentar: las gentes confunden desde hace unos dos siglos las
palabras “empleo” y “trabajo” al grado de aceptar ,sin antes analizar su significado y
contenido, la errada idea de que ambas son idénticas en la práctica.
Tal confusión es difícil de entender porque, como todos sabemos, un 99 por ciento de los
empleados del mundo odia su empleo y el hecho mismo de ser empleados. En la misma
proporción, casi todos los seres humanos aprecian su trabajo, son felices cuando
trabajan en lo que les gusta y llegan a suicidarse o simplemente mueren si carecen de un
trabajo que de sentido, valor y dignidad a sus vidas. Tal es la importancia del trabajo para
el ser humano.
Una vez que un individuo – cualquier individuo – hace el esfuerzo de pensar y recordar
sus experiencias con relación al “empleo” y al “trabajo”, no cabe la menor duda de que
sabrá por experiencia propia por qué odia su empleo y ama su trabajo.
Por una falsa definición, “empleo” es “trabajo” que ejecutamos porque nos pagan por
ejecutarlo.
Esa definición es falsa porque la mayor parte de nuestro tiempo y nuestro esfuerzo como
empleados no se dedican a ‘trabajar’ sino a lo que llamamos ‘política dentro del empleo’
(las luchas sordas, las mentiras y falsedades que se libran contra los demás empleados
por preservar el propio empleo) y al deseo por hacer lo menos posible desperdiciando el
mayor tiempo posible.
Porque casi todo ser humano que es empleado durante ocho horas es en verdad esclavo
de esas actividades indignas es que odiamos nuestro empleo. Nadie se emplea para
trabajar; nos empleamos por ‘ganar’ un poco de dinero y combatir contra nuestros
compañeros de empleo y nuestros empleadores. Cada centro de empleo es en verdad un
nido de víboras que nos envenena el alma del que salimos huyendo lo más pronto
posible. Esa actitud es lógica y natural: es en nuestro empleo donde aprendemos cuan
viles y mezquinos pueden ser los humanos… Aprendemos también, después de 30 años
de empleo, que también nosotros pudimos ser igualmente viles y mezquinos.
Esto es, casi todos los empleos nos roban nuestra dignidad. Es allí donde aprendemos
que el hombre es lobo del hombre y el pez grande se come al chico. ¿Quién no sabe de
algún ‘jefe’ que obliga a alguna empleada a someterse a sus caprichos sexuales? ¿Quién
no ha conocido a algún capataz que se place en someter a sus ‘empleados’ a una serie
de humillaciones y maldades? ¿Quién no ha aprendido, en fin, que es en el empleo
donde todas las canalladas son posibles y nunca hay justicia ni decencia?
Por otro lado, es fácil ver cuán necesario es el trabajo (no el ‘trabajo’) para toda persona
normal. Gracias al Sistema, el verdadero trabajo se disfraza generalmente de afición o
hobby.
Si una persona naciό para ser carpintero pero nunca conquistό la oportunidad de hacerse
buen carpintero (los buenos carpinteros casi nunca mueren de hambre) se contentará
con un empleo cualquiera y dedicará sus horas libres (tan escasas) a su verdadero
trabajo, la carpintería, en el sόtano de su casa.
Si se casό sin entender el lío en que se metía y se hizo de varios hijos antes de aprender
lo que cuesta cada hijo, sus esperanzas de vivir de su trabajo (ser feliz) se verán
proporcionalmente disminuidas. Y si además ama a su familia (se han dado casos) esas
esperanzas tenderán a desaparecer hasta el día en que los hijos se hayan marchado y
los ojos le traicionen hasta impedirle ver lo que quiere hacer en su trabajo: una buena
obra de carpintería.
Esta es, posiblemente, la explicación de esas familias que son humildes pero son felices
también: el padre gana poco pero le alcanza, la madre se sacrifica pero no es una mártir y
los hijos aprenden a ser felices hasta que se marchan… Tuvieron poco pero guardan un
sitio muy tibio en su corazón para esa familia que jamás olvidarán.
El proceso opuesto, la angurria sin límites que quiere tenerlo todo y todo ahora mismo,
explica la presencia de la televisión: la televisión nos convence de que nunca seremos
felices si no lo tenemos todo y todo ahora mismo y nos enseña que lo mejor es abandonar
el trabajo para elegir el empleo: es allí donde está la olla de oro, dice. Pocos encuentran
tal olla, pero muchos se ensucian el alma en el proceso de perseguirla, su empleo.
Treinta años después tendrán tres monedas para engañar su pobreza, verán que poco
hicieron que valiera la pena y se encontrarán con las manos vacías: otro viejo amargado,
desdentado y sucio que vive de su magra pensión… Buena pieza.
Factores que parecerían indicar que la idea de destruir empleos en todo el mundo y dejar
en la calle a millones de empleados (ex consumidores) no debe ser tan mala, después de
todo. En realidad es tan buena que todos deberíamos hacer lo posible para apresurar ese
día. ¿Qué mejor idea que la de renunciar hoy mismo a nuestro empleo? Después de todo,
sόlo los mediocres, los anónimos, los que nunca podrán hacer una tortilla, esos son
empleados. Los otros fundan nuevos bancos, crean nuevas empresas, construyen
fábricas… Grandes instituciones servidas todas por robots que no comen ni duermen, no
cobran salarios ni hacen huelgas.
Los economistas han dado ya con la solución que transformará esta olla de grillos en un
paraíso terrenal: cuando no haya empleos (no quede ni un solo empleado) el estado
pagará a cada quien una suma mensual apropiada que le permita un nivel decente… sin
necesidad de crear empleos.
La opción era natural: o se paga ese subsidio familiar o se mata gente a diestra y
siniestra. La idea de no asesinar siete millones de almas menos uno o dos millones (los
habitantes de esos mundos de ciencia ficción, tan despoblados) es herencia de Mr. Ford:
lo único que no pueden ser o hacer los robots es convertirse en consumidores. Sin
consumidores, ¿qué nos hacemos de todas esas nuevas empresas, fábricas, tiendas y
bancos?
Para que la gente gaste (consuma) es necesario que tenga dinero. Sin empleos, ¿cόmo
pueden hacerse de monedas? Sencillo: como en el juego de Monopolio, el estado les
dará ¡gratis! El dinero para gastarlo. ¿Para qué más puede servir el dinero?
El que no se haya aplicado esta solución hace un siglo no sόlo demuestra que somos una
especie de idiotas, sino que entre nuestros vicios hay uno que es decididamente feroz:
parece que el mayor placer de que gozan los ricos es la conciencia de saber que hay
pobres en el mundo. Diversos estudios han demostrado que los ricos se preguntan: ¿sin
pobres, vale la pena ser rico? Y se contestan: No. Nada es tan hermoso como el saber
que hay pobres y que uno mismo es rico. Si ya no hay pobres, no vale la pena ser rico. La
pobreza de los demás es la razón de la felicidad de los ricos.
Pregunte usted al rico que vive en esa esquina, a ver lo que le dice.
          
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Arturo
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