Novela Boliviana: el Problema del Editor

Tal vez convenga iniciar este comentario recordando a los grandes editores de antaño
– hace un siglo – en Nueva York – capital mundial de la novela – y el modo en que
trataban a sus autores (tal vez no a todos)  como, por ejemplo, a Hemingway.
Un editor era como la madre gallina con su pollito recién nacido. No sólo cuidaba de que
comiera y bebiera lo necesario y algo más, sino también de que durmiera cómodo y
calentito, acompañado o solo, viajara por el mundo para hacerse de notables
experiencias y sobre todo y todo, cuidara de su prosa, su lenguaje, su sintaxis, su
elegancia y su exactitud… Le daba ideas  nuevas, le corregía las erradas y le aplicaba
un coscorrón para disciplinarlo. Por supuesto, lo hacía rico en su debido momento
(cuidando de su propia riqueza, claro) y, por fin, lo enterraba con bombos y platillos.
Por supuesto, semejante paraíso no podía durar mucho; duró mientras la radio y la TV
fueron pequeñines y murió cuando ambas bestias maduraron. Esa fue la época en que
Simenon se compraba castillos y Agatha Christie adquiría maridos después de dar dos
vueltas al mundo en barco.
Un secreto no muy secreto nos cuenta que casi todos los editores, grandes o
pequeños, terminan quebrados y en la ruina; ello se debe a que publican diez o cien
libros mediocres por cada best-seller que les cae entre manos. También, a que sólo una
minoría ínfima entre los editores sabe de Letras y literaturas. No porque fue a la
Universidad sino porque nació con ese olfato especial que le permite oler los libros que
venden, venderlos y con ese dinero publicar los que no venden pero son los “clásicos”
de cada época.
El gran enemigo de los editores fue, hasta hace una década, la multitud de libros que se
imprimen y no pueden venderse. Hoy esos excedentes casi no se dan (en el Primer
Mundo) porque hay aparatos que hacen ediciones de una sola copia o de diez mil
copias. Así, si un libro vende una sola copia solo se hace una copia de ese libro y nadie
pierde tiempo ni dinero en hacer copias invendibles.
Esta es la razón por la que en países como Bolivia – donde cada lector paga por sí
mismo y por otros dos lectores inexistentes toda vez que compra un libro – los editores
que le venden ese libro al precio de tres copias son, básicamente, ladrones, sobre todo
si disponen del aparato ese que menciono líneas arriba. No lo sé, pero apuesto que por
lo menos hay dos editores que tienen el suyo, uno en LPB y el otro en SRZ. Como son
los más grandes, no hay razón alguna para los precios que a veces ponen a sus libros.
Uno, tal vez el último editor profesional que viera Bolivia, fue el artista que imprimió mi
“Antón”, Ernesto Burillo, a quien rindo mi homenaje agradecido aunque retrasado en
estas líneas. No sólo cuidó de cada acento y cada coma, cada página y cada espacio
con la dedicación y la responsabilidad que caracteriza a un verdadero artista, sino que
hizo a pesar de mis limitados medios una edición muy respetable con ayuda de la
cubierta pintada por Alfredo La Placa.
En contraste, ofrezco a mi esforzado lector mi “Morder el Silencio”, impreso en Ultima
Hora por un gran caradura, Alberto Suazo Nattes. Es una edición “vergüenza” como
varias de las que hizo para Mariano Baptista y fueron tema de una polémica idiota que
felizmente nadie recuerda ya.
Sin embargo, algún curioso puede comprobar que aún hoy existen copias de ese
“Morder el Silencio” en el Ministerio de Cultura y puede admirar el asqueroso modo en
que trabajaba Suazo Nattes. Ramón Rocha Monroy autorizó la impresión de ese libro
nada barato, yo corrí entre quince despachos oficiales para conseguir ese cheque y se
lo di a Suazo Nattes para recibir a cambio 20 copias de esa edición hecha al modo
criminal. Presenté el libro 15 días antes del golpe de García Mesa y 45 días antes de
que los militares quemaran  buena parte de esa edición, según amigos y parientes
interesados en mis desventuras. Pero sé que Cultura tiene varias copias y no puede
venderlas todavía. Yo ya voy por la copia #8.000 de “Biting Silence” y “Morder el
Silencio”, las cuatro ediciones hechas en USA, y vendo una o dos por mes.   
Las cosas han cambiado sin duda desde que Suazo Nattes se puso corbata y es posible
decir hoy que hay dos editores, por lo menos, que trabajan con su propio dinero y han
editado prácticamente a cada escritor que deseaba publicar desde hace cinco años. En
otras palabras, lo que fue para mí un infierno y me forzó a emigrar tras destetarme es
hoy un aparente paraíso para los afortunados autores jóvenes que andan con un
manuscrito bajo el brazo.
O tal vez no.
Una de las experiencias más tristes que sufre cada autor es la de comprobar que el
cielo no se cae el día en que su primer libro sale a la venta. Qué digo. Ni siquiera se da
un hipo de reconocimiento para tan magno evento. Es algo incomprensible y feroz ante
lo que es imposible acostumbrarse, pero resulta necesario aceptar esa indiferencia del
cielo… título justamente de la obra de un autor amigo que, al reconocer el fenómeno
(esa indiferencia) decidió dejar el cultivo de las letras bellas y dedicarse a distribuir
gaseosas. Entiendo que murió con una buena cuenta bancaria a su nombre y sin
haberse arrepentido de esa valiente decisión… Es necesario aceptar esa indiferencia,
decía, sobre todo cuando se aprende que Dios es derechista y jamás ayudará a un libre
pensador.
Con la llegada de los españoles y el descubrimiento por los españoles del mercado
escolar y el de la educación en Bolivia se lanzó una operación de relaciones públicas
para ayudar a la conquista de esos mercados y apareció el Premio de Novela
ALFAGUARA, que es como debería llamarse el Premio Nacional de Novela si es que
todos fuéramos honrados.  
Con diez afortunados autores premiados ya, las letras bolivianas debieron haber
llegado por lo menos a las Canarias, impulsadas por las millonarias campañas
publicitarias que hace esa empresa en servicio de sus autores.
La realidad es diferente: ni Chile ni la Argentina ni el Perú conocen a esos autores
premiados ni esos autores premiados se atreven a protestar en masa porque han sido
abandonados por su editor español. Una vez publicado cada libro premiado fue
abandonado a su suerte con la mayor desvergüenza y hoy no sabemos ni en Bolivia
quiénes son ni cómo les pica el alma a esos “afortunados” premiados.
Es decir, porque no existen publicaciones dedicadas a servir a los lectores
presentándoles a los escritores y porque los diarios nacionales hacen una triste labor
en ese sentido, ser premiado nacional en novela y publicar en Tunguska es lo mismo:
nadie sabe nada sobre nuestros autores y libros y el mundo ignora totalmente que
existen esos premiados nacionales. “Me han publicado en italiano”, dice alguno,
sacando pecho porque quiere ignorar que con ello será ignorado también en italiano.
Como casi nadie sabe, mis notas sobre la novela boliviana aparecen también en mi blog
que, por pura egolatría, lleva mi nombre. Algo nuevo debo haber dicho en ellas pues
tengo visitantes de todo el mundo, sin exagerar ni pizca. Uno de ellos es un “Anónimo”
que poco me dice pero me pide que publique algo de mi obra para poder despedazarla
a gusto. Tengo que decir aquí mismo que mi “Anular”, mi “Evo” y buena parte de mis
notas de prensa aparecen GRATIS en mi sitio, www.avonvac.com porque no hay cosa
que me guste más que recibir un comentario sobre mi humilde obra (nunca he visto uno
malo, en 30 años).   
¿Por qué no se organizan los autores bolivianos, dan una patada en los fondillos a su
editor español y crean un premio nacional sin mucha plata pero con gran prestigio? Evo
está despidiendo empresas españolas como si fueran un verdadero cáncer, y tal vez lo
son.
No. Allí están, escribiendo libros sobre fantasía, falsa ciencia-ficción, romances aguados
y cualquier cosa que no sea la Bolivia de Evo, el momento de Evo, que es el más
interesante de nuestra Historia. ¿Por qué? Porque los españoles no aceptan autores de
‘izquierda’. Siguen buscando el favor de la editora española y sus colegas rosqueros
nacionales en la idea de que tales editores les ayudarán a hacerse de un nombre no ya
y sólo en Bolivia sino en el mundo ancho y ajeno.
La realidad: Bolivia es el único país de nuestro lacerado Continente que no tiene un
autor de prestigio universal… Acaba de elegir a Franz Tamayo como su campeón del
Tercer Milenio y ya vamos por la segunda década.
Por ello, y porque los editores bolivianos siguen sin sacar las narices del limitadísimo
mercado nacional del libro, puede decirse que Bolivia no tiene hoy por hoy editores
literarios. Siguen vendiendo sus cuatro ejemplares por semana y no ven más allá de sus
narices.
Su Opinión
Arturo
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2-12-13