LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Primero/4
El Club de Tenis La Paz atrae a la crema de la sociedad como la Chantilly atrae a
las moscas. Todo el que es alguien, o cree que lo es, tiene que ser socio tarde o
temprano de esta entidad que no es barata ni mucho menos, no es lujosa ni
siquiera a niveles locales, no es amplia ni grande pero es, y ello le confiere una
legitimidad que huele de un modo raro a un abolengo nada falsificado, un viejo
lugar bien conservado aunque improvisado en todas sus comodidades.
Construido alrededor de la primera cancha de tenis que diseñara para su placer
personal un inglés dedicado a construir vías férreas, la cancha imitó a una célula
cancerada y se hizo dos cuando el inglés tuvo un hijo con una chola y éste
alcanzó la edad de merecer, se hizo cuatro cuando un minero entrometido forzó
sus visitas hasta imponerse y finalmente se hizo seis cuando el inglés lo vendió
todo y fue a morirse a Liverpool.
Con seis canchas era ya el lugar más abundante en canchas de toda la urbe, con
lo que su nuevo propietario, dueño de una cadena nacional de cocales, decidió
convertirlo en un club privado, lo que le permitió cobrar en oro puro cada acción
del club que emitía en una imprenta a sangre que conservaba en un galpón. De
este modo y porque en Londres perdía de ese modo su tiempo el Príncipe de
Gales, los mineros y hacendados locales hallaron una razón profunda de orgullo
en ver aquí a sus retoños, cobrizos y retacos cuando no declaradamente enanos,
disfrazados de Príncipes de Gales de Alacitas, la fiesta paceña de las miniaturas,
cada domingo y fiesta de guardar. Con el tiempo, sin embargo, el dinero perdió
sus privilegios y el club se vio invadido por políticos y generales de real y medio,
comerciantes con olor a tocino y, de cuando en cuando, interesantes y peligrosos
señores del hampa local, no siempre peligrosa pero sin duda interesante.
Hoy es un bonito jardín alrededor de varias canchas y sigue atrayendo a la gente
que se perfuma los sobacos y gusta de creerse parte de un comercial
norteamericano de tarjetas de crédito cada fin de semana. Mientras los maridos
exhiben su riqueza en grasa por el ecuador y su pobreza capilar por un polo, las
esposas comadrean hasta agotar el oxígeno presente y sus proyectos de
homúnculo perpetran todas las travesuras que pueden. Los poderosos locales,
por supuesto, dominan las canchas para envidia y furia de los demás.
Ello explica un Tosferino sudoroso pero feliz, dueño de la cancha #6 hasta que
alguien le gane un set, y dedicado con alma, vida y corazón a impedirlo, política
que su admirada hija adolescente aplaudió a rabiar hasta que la venció el tedio y
se metió al restaurante para comerse un helado de tumbo. Sobre el restaurante
se encuentran las oficinas de la entidad, algo nada llamativo ni interesante, y
sobre este piso, que no tuvo más que un débil techado durante casi un siglo, se
ha construido una pieza que la administración llama El VIP Room porque domina
todas las canchas y está dedicada a la parte de la crema local que se hizo rancia.
Es en esa desierta habitación, un bar, un salón de estar con dos refrigeradores y
varias sillas, donde encontramos a Huascar Endara Watson aporreando con su
particular entusiasmo la máquina de sus amores mientras vigila con el ojo
izquierdo al atleta de la mirada burlona que dejó de ser un jovenzuelo hace buen
rato.
Comienza la acción cuando James Morgan abre la puerta y se desliza con su
andar felino hasta situarse junto a la mesa. Tiene el ojo izquierdo cubierto por un
parche negro como pirata del Caribe y observa por un segundo a Endara
trabajando, pues da la impresión de que el hombre prepara su máquina para
hacer cosas nunca antes vistas.
—        Jim.
—        ¿Cómo van las cosas, Huascar?
—        Hasta ahora, al minuto. Como verá, ando ocupado.
—        Pues yo también, no lo va a creer usted.
—        ¿No podría estar ocupado en otra parte?
—        Debería decirle que me he jugado la vida para llegar hasta aquí, pero eso
sería exagerar un poco. En verdad, es imprescindible que me siente hoy en frente
suyo.
—        ¿Por qué?
—        Pues, porque creo que la fortuna posó un dedo sobre su cabeza y usted
dio con el Ensamblador.
—        ¿El qué?
—        Assembler.
—         No, si le entendí la primera vez. Es que no alcanzo a poner en contexto
eso que dijo.
—        Voy a ayudarlo un poco. Tengo aquí un par de párrafos recogidos al azar
en el Internet. ¿Se los leo?
—        ¿Tiene que ser ahora mismo?
—        Por supuesto. Es de vital… digo, mortal importancia.
—        Está bien, Jim. Pero que no sea muy largo, ¿quiere?
—         Aquí está: “Se dan quienes temen la posible aparición de máquinas
moleculares, diminutas y capaces de hacer copias de si mismas, que podrían
alterar la materia y crear nuevos entes materiales a niveles atómicos.”
—        No lo entendí Jim. Perdone usted.
—        En una palabra, nanotecnología. Usted conoce la nanotecnología,
¿verdad?
—        Si, como una rama de la ciencia-ficción.
—        Ya no hay tiempo para jugar. Este revolver sobre la mesa subraya mis
palabras.
—        Bueno, entonces. Si así son las cosas, entiendo de qué habla usted. Pero
la nanotecnología es todavía parte de la ciencia ficción, Jim. Todo el mundo está
de acuerdo en ello, créamelo usted.
—        Lea usted estos párrafos, por favor.
—        “La nanotecnología intenta la creación de ensambladores, máquinas
moleculares capaces de crear, átomo a átomo, todo lo que hoy nos rodea o lo que
deseemos tener en el futuro”. Es una vieja definición, Jim. No dice nada nuevo.
—        Si cambiamos ese “intenta” por “ha logrado”, hallamos la solución de los
crímenes cometidos durante su visita, Huascar.
—        ¿Y cual sería esa solución?
—        El ensamblador, que es una computadora y una molécula capaz de auto-
réplica y puede provocar y dirigir la creación, “átomo por átomo”, de una espada
usada para cuartear al coronel Rafael Loayza, o de un haz de fuego interno capaz
de quemar a García Massa. También puede crear un fantasma material que lucía
como el Mosca e hizo perder el control a Mostacedo. En una palabra, el
ensamblador puede hacerlo o deshacerlo todo, y está emboscado dentro de su
ordenador, Huascar.
—        ¿Es eso lo que usted cree, Jim?
—        No lo creo, Huascar. Lo sé. He leído lo suficiente como para saberlo.
—        Pues así es, Jim. Así es. Ha acertado usted.
Sin vacilar un segundo, Huascar extrajo su mano izquierda del bolsillo del saco,
metió la boca de la Derringer que Jim le obsequiara en el oído derecho de Morgan
y apretó el gatillo.
La explosión rodeó de humo y de un olor acre la cabeza del militar, que estalló en
alambres y  partes de metal entre las que los ojos, colgados de sus nervios
metálicos a dos centímetros de la frente, miraban cada uno por su lado. El parche
negro, irónico, continuó protegiendo el hoyo del ojo que protegió.
—        Jim Morgan, mi amigo el ciborg*.
Volviendo a fijar su atención en las canchas de tenis, Endara persiguió el juego de
su amigo de infancia Juan Tancara. Hablando con su amigo neutralizado Jim, el
ciborg, explicó.
—        El ensamblador también puede introducir un enemigo molecular en el
corazón humano, puede cultivarlo allí como si fuera una rosa, y puede destruir esa
rosa y ese corazón en un  mismo instante.
Huascar aplicó el dedo medio a la tecla X de su ordenador y observó casi sin
curiosidad cómo un salto de pantera de Juan Tancara, conocido también como
Mike Tosferino, concluía en una sorda explosión dentro del pecho del tenista que
envió una oleada de sangre a la nariz y la boca e hizo una mancha fea apenas
cayó el cadáver sobre la cancha.  
—         La venganza es mía.
Endara metió su amada máquina en su estuche de cuero falso y  miró a Jim
Morgan sin curiosidad.
—        Los nuevos soldados del Imperio. ¿Qué otras maravillas nos depara el
milenio?
Espiando sobre las canchas de juego, Endara se sorprendió al ver dos figuras de
blanco inclinadas sobre el muerto. Una cabellera era negra como la noche y la
otra era dorada. Juntas ambas cabezas, parecían estar orando. Endara se echó la
máquina al cuello y salió sin pausa ni prisa. Sólo en la entrada del club notó el
cansancio que le dominaba.
* Ciborg = Un organismo
cibernético es un híbrido de
máquina y organismo vivo.
Un ciborg es todo ente
viviente conformado por
partes orgánicas y
mecánicas (y/o electrónicas)
.
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