LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Primero/3
Mike Tosferino era feliz debajo de la ducha y, aunque su voz le había creado
varios enemigos ya difuntos, cantaba a todo pulmón “Velia”, esa melodía inmortal
que nadie recuerda como parte de “La Viuda Alegre”, esa maravillosa opereta
vienesa que ya nadie escucha, a la que había infligido algunas variaciones que la
hacían casi contemporánea 130 años después de que fuera compuesta.
—        Fresia, oh, Fresia…
Después de pasar algunas horas en el limbo al que le había enviado el golpe
preciso  quirúrgicamente aplicado por el indio más bello de la Amazonía, el coronel
había dejado la Clínica Americana gozando ya de envidiable buen humor, un
cambio de disposición inexplicable para todos menos para su corazón enamorado.
¿Qué importaba otro tortazo tras la oreja si sabía ahora de cierto que la mujer que
amaba estaba en este país, esta ciudad y, a menos que Tancara no fuera
Tancara, al alcance de su poderoso puño? No bien concluyera de jabonarse la
humanidad rejuvenecida por el Dr. Timmy Beck y por un amor sin barreras como
el suyo, Tosferino lanzaría sus huestes sobre la ciudad como una nube de moscas
sobre un cadáver y no pararía hasta tener a Fresia y sus compinches entre sus
redes, es decir, a Fresia entre sus brazos y a los demás cautivos en espera de un
certificado falso de defunción.
Jabonándose con cierta delicadeza las viejas heridas de guerra que habían
dejado su físico comparable sólo con el de un torero veterano, Mike imaginaba las
escenas que habrían de producirse durante las próximas horas, cuando tuviera
delante al asesino de Loayza, García Massa y Mostacedo, para no mencionar al
Jovero Benavides, humilde y sacrificado servidor de la ley y el orden.
Mirándose la dentadura incompleta desde hacía dos décadas como consecuencia
de los diversos lances que componían su carrera, Mike se empeñó en devolverle
su blancura original y se dispuso a lustrar sus dientes con un cepillo eléctrico que
zumbaba como un mosquito de la Louisiana.
—        Lo bueno, mi querido huasquiri, es que aquí soy juez y parte.
Imaginó el rostro de Endara, siempre capaz de fingir una inocencia repulsiva.
—        ¿Qué me quieres decir, Mike?
—        Que, como policía, he deducido que eres el asesino de nuestros estimados
colegas. He estudiado, y no tengo por qué negar que me ayudó bastante mi
colaborador James Morgan, los modos y las circunstancias en que esos
caballeros pasaron a peor vida. La coincidencia que une todas esas muertes es tu
presencia, Huascar o, para decirlo mejor, la de esa máquina que te acompañará
hasta el Infierno.   
—        ¿Cómo puedes decir algo así? (Fingiría sin duda el vil criminal). Yo soy
incapaz de matar una mosca. Por los demás, y si dices que cometí esos crímenes,
¿cómo los cometí?
—        Morgan lo sabe. Una vez me lo explicó, pero no lo entendí. Yo soy
investigador, no científico. Me cuesta hablar con palabras de más de tres o cuatro
sílabas a la vez. Pero eres culpable.
—         Pruébalo. (El desafío sería el último intento desesperado de salvar el
pellejo de este hipócrita sin igual. ¡Oh, cuan bien lo conocía Tancara!) Pruébalo,
por que ni siquiera tú puedes asesinarme sin un buen justificativo, Juancito, amigo
de mi infancia.
—        No será necesario. Como policía, digo que eres culpable. Como juez, te
condeno…
El cepillo eléctrico alcanzó los nervios desnudos del lado izquierdo inferior de su  
mandíbula, forzándole a lanzar un grito que ni el mismo Juan pudo reconocer.
Deslizando el cepillo en el tacho de basura después de enjugarse las lágrimas,
Mike encontró que el dolor de encías no era nada contra la lógica de su enemigo.
Después de todo, ambos habían sido maleducados en las mismas aulas y Juan
reconocía ante el espejo, sangrante y desnudo, que podía matar a cualquier otro
bípedo parlante sin justificación alguna, pero no a Huascar Endara Watson,  su
condiscípulo.
—        La verdad es, huasquiri, que no sé cómo lo haces. ¿Quieres hacer una
demostración para mí?
Tancara usaría la mejor de sus sonrisas debajo de la más agresiva de sus
miradas para convencer al civil ese de que le convenía sin duda alguna la opción
de dar a Tancara lo que Tancara quería, imaginó Tancara.
—        Bueno, si pones las cosas así, ¿Quién podría negarse?
—        ¡A ver, traigan la máquina esa! (Se imaginó Tancara gritando).
—        La cosa es así, Juanito…
—        ¿Papá? ¿Papá? ¿Papacito?
En su inocencia extrema, Silvia Susana asomó la nariz recién empolvada entre los
vapores del cuarto de baño, ya lista, vestida y perfumada para acompañar a su
padre en su paseo obligado de este domingo de sol taurino, como corresponde a
todo padre de familia que se respeta.
—        ¿Cómo lo haces, maldito Huascar?
El grito furioso sorprendió a la joven que, después de todo, conocía apenas a su
progenitor. Con un hipo que hubiera provocado lástima entre los espectadores si
es que se hubiera dado alguno, la ilusionada muchacha hizo mutis con
relampagueante rapidez y dio un portazo madre tras retroceder esos dos pasos
fatales.
—        ¿Dónde coleccionaste los dedos que me enviabas con tanto empeño,
Tosferino?
Tancara luchó contra su enemigo imaginado pero, libre porque Tancara ya no
lograba controlar sus obsesiones, Endara repitió la acusación mientras tecleaba
furiosamente en el aparato que colgaba de su pescuezo como si fuera una
servilleta francesa.
—        La materia prima sobra en este medio… Conseguí los dedos con ayuda de
Tinino… Yo…
Haciendo un esfuerzo formidable, Tancara alcanzó la toalla verde destinada a
ayudarlo después de cada duchada y se metió un buen trozo en la boca. Pálido,
volvió mirarse en el espejo. Se concedió algunos segundos antes de despejarse
el gargüero.
—        Parece que los golpes de ese Osmar me están haciendo efecto.  
Con lentos movimientos, se cuadró ante el espejo y fue recuperando la imagen de
sí mismo que había compuesto desde su adolescencia. Cuando reconoció la
mirada burlona que forzara a su padre a abofetearlo durante el sepelio de su
madre, sonrió con un rictus amargo y se dedicó un saludo militar a sí mismo.
—        Pero yo soy Juan Tancara, el único, mejor conocido como Mike Tosferino.
Cuando salió del baño unos minutos después, era el mismo Tancara de siempre
casi multiplicado por dos, e iba imaginando el tratamiento que aplicaría al Osmar
ese cuando se lo trajeran.
—        En esta ciudad nadie se pasea por el Prado, Silvia Susana. Sólo se
pasean por allí los que no son nadie, mejor dicho.
Su hija lo miraba entre espantada y curiosa. Poniéndose de pie, Silvia Susana se
le acercó con timidez.
—        Tú y yo vamos a almorzar en el club de tenis. Primero jugaré unos cuanto
sets contra algún veterano que se atreva a desafiarme, después almorzaremos un
menú delicioso que ordené hace una semana y por fin volveremos aquí mismo
para ver dos películas, ¿Qué te parece?
—        Si, papá. Lo que tú digas. ¿Yo que sé de estas cosas?
—         Por lo demás, saldremos de aquí en un par de días para nunca más
volver. Todo se arreglará antes de esta noche. Te lo prometo, Silvia Susana.
Tosferino hizo una llamada telefónica breve y muy clara desde el salón de entrada
del hotel que había elegido para ese fin de semana y condujo un auto alquilado
en lugar del doble tracción que había preferido durante los últimos años.
SIGUE
INDICE