LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Primero/2
Estaba Fresia copiando la receta de un majao criollo perfecto del programa
televisado de Doña Erlinda Suárez Suárez “Cocinando en Santa Cruz” después de
liquidar dos tazas de café negro acompañadas de media docena de cuñapés
cuando la pantalla se diluyó en una danza de grises en zig zag antes de delinear
el inconfundible rostro del Tata Miranda, quien parecía un pergamino egipcio
metido en un terno oscuro de Etro mientras jugaba con los mandos de una nave
espacial.  Rodeado de pantallas, botones y hombres de impecables camisas
blancas Hugo Boss ocupado cada cual con su pantalla, el viejo achachila abrió
ambos ojos ínfimos como mejor pudo al ver a Fresia y le sonrió con una raya gris
que le atravesaba el rostro de oreja a oreja sin delatar ningún diente.
—        Fresia, mi amor.
—        Te adelantaste, Tata. No te esperaba hasta dentro de una hora.
—        Estoy muy ocupado estos días, vida mía. Estoy por hacerme de otra
fortuna. Sólo necesito sacar de uno de sus palacios al bueno de Saddam y sus
críos. Lo que no sé es dónde depositarlos. Estaba pensando que el Pacífico, entre
Samoa y…no me acuerdo qué otra isla, es un lugar bastante profundo, pero aún
no me decido. Es cuestión de cobrar y evaporarse….  Para colmo, el Rata se fue
de luna de miel y estoy solo aquí, a cargo de treinta operaciones.
—        Pues voy a necesitar de tus valiosos servicios dentro de unas horas.
Seremos seis u ocho… Aún no lo sé. ¿Puedo contar contigo?
—        ¿De dónde salen?
—        De La Paz. Es lo más probable, pero puedes decidir el lugar.
—        ¿Sólo ocho?
—        Cuando somos pocos, te quejas. Cuando somos muchos, te quejas
¿Quien te entiende, Tata?
—        No te enojes reina de mi cansado corazón. ¿Dentro de unas horas, dices?
—        Si. Diez horas. Doce. No más de quince, Tata.
—        Podría desviar uno de mis aparatos desde Santiago. Tengo otro en Salta,
pero allí las cosas se hacen lentas, muy lentas. Debe ser el clima. ¿Por qué no
nos das una media hora y te preparo el plan de vuelo?
—        No te veo tan ágil como antes.
—        Bueno, es que ahora estoy manejando la Operación Cuello Limpio.
—        ¿Cómo es eso?
—         En pocas palabras, recogemos a nuestros pasajeros en vuelos clones de
los vuelos comerciales legítimos y los llevamos hasta cualquier aeropuerto de gran
tráfico, como Nueva York o Chicago. Allí metemos a nuestro aparato entre los
quince o veinte que esperan turno para aterrizar y nuestro avión desaparece
entre el momento en que toca tierra y  la puerta del terminal. Esa era la parte más
difícil, pero el Rata inventó una salida genial. Operamos desde hace dos meses y
ya estamos por fundar nuestro propio banco suizo. Pero yo duermo cuatro horas
al día, Fresia, mi adorada Fresia, y eso a mi edad es un verdadero sacrificio.
—        Los viejos no duermen mucho, Tata.
—        No, pero es que a esa hora yo veía mi James Bond en DVD.
—        Ah, bueno, Eso sí es un sacrificio.
—        Si lo sabré yo. ¿Fresia?
—        ¿Qué me dices, Tata?
—        ¿Ya encontraste al hombre de tu vida?
—        ¿A ti qué te importa?
—        Tú sabes cuanto me importa. Es sólo por esa esperanza que estoy a punto
de dejar a Billy Gates pobre como un ratón, si comparamos nuestras fortunas.
Sólo por ti, Fresia, amada mía.
—        Eres un viejo verde, Tata.
—        Feo como el pecado, lo sé. Pero rico como Creso, o pocos menos.
—        Bueno, si quieres saberlo, no. No encontré al hombre de mi vida aquí.
—        ¡Ah, que bien! Mi vida puede continuar…
—        Bueno, Tata. Si no tienes otra cosa…
—        Aquí está. Puedes contar esta hora redonda, dentro de catorce minutos,
como la Hora 0-16. Es mi mejor oferta, y es gratis. ¿Sincronizamos? 5, 4, 3, 2… 1,
0. ¿Ya?
—        Ya. Gracias, Tata. Allí estaremos.
—        Esta vez llegaremos como cualquier empresa internacional. TATA Airlines.
¿Qué te parece?
—        Increíble.
—        Y que lo digas. ¿Quién iba a decirme que alguna día yo sería más grande
que TWA?
—         Y todo gracias a la desesperación de los emigrantes… Sobre todo en la
Argentina.
—        Si. He aprendido a ver esta operación como una labor humanitaria. Al
principio se me llenaban los ojos de lágrimas al ver a algunas de esas familias
comenzando su nueva vida de ilegales, pero parece que la costumbre endurece el
alma. Ahora no me hacen mella. La cosa es peor, si piensas que movemos miles
cada día.
—        Si. Ya son la primera minoría en el Imperio.
—        Obra mía, en parte. Menuda, pero está allí. Moriré más tranquilo, créemelo,
corazón de caramelo.
—        Te lo creo, Tata. Te lo creo. Eres un Padre Tereso.
—         Te burlas de mi enamorado corazón.
—        ¡Pero, no! Mira porque no se atrasen, Tata.
—        ¿Quienes crees que somos? ¿American?
Cansada, Fresia se dedicó a copiar la receta de unos buñuelos que Doña Erlinda
repetía a grito pelado para no perderse ninguna televidente. Agradeció sin
palabras el fin, ya próximo e inevitable, de su corta visita a su lugar natal.
SIGUE
INDICE