LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Primero/1
Después de ponderar el caso durante varias horas, Huascar Endara Watson
decidió coger el toro por las astas, tomó un taxi en la puerta del Gran Hotel París
y, tras un viaje de 45 minutos, se vio ante el portón enorme de la mansión que
hospedaba a Ifigenia Muraña Vasconcelos, por mal nombre Lady Láyqa. Pagó al
taxista, dio seis pasos para atravesar una vereda repleta de comerciantes
minoristas, como se hacían llamar los contrabandistas hormiga, extendió la mano
derecha y tocó el timbre sin permitirse vacilación alguna.
No bien retiró el índice del botón dorado, la reja se abrió sin un suspiro y dejó
espacio suficiente para que Huascar pasara de costado sin lastimar su amada
máquina, colgada de su cuello, ni sus extremidades. En un silencio súbito tras el
vocerío de los vendedores callejeros, Huascar hizo una gira involuntaria por un
jardín manicurado hasta imitar una cancha de golf y se vio en la parte trasera de
la mansión, una copia no muy exacta pero menuda de Versalles, aunque sin
huella de la Pompadour.  
En una amplia terraza y bajo un sol más tímido que caliente, Lady Láyqa consumía
sin prisa un jugo helado de guayaba, fresa y piña rodeada de sus perros
preferidos, los cuales se apresuraron a rodear a Endara y gruñir amenazadores
hasta que la bruja hizo un cloqueo de paloma. Obedientes, los canes retornaron
para tumbarse a sus pies. La mujer negra como el carbón resultaba atractiva bajo
su larga cabellera suelta sobre un bikini amarillo.
—        El Sr. Endara, ¿si no me equivoco?
—        Así es, señora. Gracias por recibirme.
—         No tiene nada de qué agradecerme. Lo confundí con mi comadre Eulalia,
que vendrá a platicar más tarde que temprano. Tome asiento.
La voz de Blanca Nieves tenía algo de hipnótico.
—        Gracias de todos modos.       
Endara tomó asiento para mirar el amplio jardín y se sorprendió frente a una
muralla que parecía tocar los cielos y era fondo de un mural que representaba la
campiña francesa antes del invento del ferrocarril. Aunque distante, el panorama
falsificado ofrecía detalles que permitían componer un episodio libidinoso a todo
buen observador.
—        Ella se llama Estrella y él, Merivel.
—        Es algo singular y notable.
—        ¿Qué quiere usted? Me aburrí de la horizontal de Altiplano tras quince
años de detestarla desde mi balcón.
—         ¿Pero no le aburre la escena? Mirada día a día, debe resultar monótona.
—        Es evidente que usted carece de imaginación, Sr. Endara.
—        Un defecto que puede cambiar dentro de poco, Lady Láyqa.
—        Sólo amigos íntimos o enemigos mortales me llaman así.
—        Pues yo venía a verla para saber si es posible que me haga desaparecer
de la segunda categoría.
—        No, ya es muy tarde.
—        También venía a hacerle un par de preguntas. ¿Me permite?  
—         Usted es mi huésped. Inesperado y tal vez indeseado, pero está bajo mi
techo. Hagamos una tregua. Por lo que sé, usted no funciona si no es con ese
artefacto.
—        Gracias, Sra. Muraña.  La verdad es que con ella me gano la vida. He
aprendido a explotar su memoria infalible de modo muy satisfactorio pero no diría
que la conozco del todo.
—        Nosotros la vemos como un arma. El arma del ilustre Sr. Endara, un
entrometido.
—        No vine porque lo deseara. Usted sabe por qué vine.  
—         Es un pretexto absurdo. Nadie oyó algo semejante. No tiene credibilidad.
—        Pero ha sucedido. ¿Me permite una pregunta? ¿Tuvo usted algo que ver
con mi intuición sobre el tesoro?
—        ¿Qué dice usted? No le entiendo.
—        Cuando su esposo me tuvo entre sus garras y yo deliraba después de
gozar de su hospedaje, me preguntó dónde estaba el tesoro de Khanzer y yo se
lo dije.
—        No veo en ello nada extraordinario.
—        Excepto que yo inventé el primer absurdo que me dictó la emergencia y le
dije que usted tiene el tesoro en una oubliette de su sótano que abre con su uña
izquierda.
—         Para el caso, pudo haberle dicho que lo tenía en la cara oculta de la luna.
Hubiera sido lo mismo.
—        Sólo que lo que dije ha resultado ser la verdad. Si existe una explicación
para semejante coincidencia, debe ser de su conocimiento, Lady Láyqa.
—        No me llame así, se lo advierto. No entiendo nada de lo que dice. Me he
extraviado entre sus disparates.
—        Alguien plantó esa idea en mi mente, y creo que es usted.
—        Sólo voy a negarlo una vez: no fui yo.
—        Gracias. ¿Mató usted a Ordoñez?
—        No, lo mató la policía.
—        ¿Sabe algo sobre el Gordo Suárez?
—        Si, que me cae pesado. Es tan listo, que un día de estos despertará
cadáver.
—        ¿Mató usted a Mostacedo?
—        Otra pregunta como esa y le tiro los perros encima.  
—        ¿Sabe algo sobre el anular que perdió mi hija?
—        Si, que se lo cortaron y hubo un momento en que todo el país andaba tras
ese dedo.
—        ¿Lo envió usted?
—         Estoy empezando a sospechar que usted está loco.
—        Si Fresia se lo propusiera otra vez, ¿aceptaría usted una división del
tesoro?
—        No.
Endara se puso de pie, metió la ordenadora dentro de su estuche de falso cuero
negro y, retornando a sus días escolares, hizo un saludo prusiano con la cabeza y
los tacos.
—        Adiós, Lady Láyqa.
—        Hasta nunca, Endara.
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