LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Tercero/4
Por mucho que apelara a su instinto de servicio, el Dr. Ulloa Gumucio no podía
evitar un escalofrío cuando se aproximaba al grupo de construcciones que se
había convertido en el primer hogar de los ciudadanos del mañana que llenaban
el aire vespertino con sus quejidos y lloros. Como padrino o padre honorario de la
mayoría de esos niños, Ulloa se dejaba arrastrar por la simpatía natural que le
provocaba le memoria de un medio millar de sonrisas infantiles, pero debía apelar
a toda su fe para pasar entre el muro de chillidos muy naturales y hasta
necesarios o las tufaradas emergentes de los ataques de diarrea que atentaban
constantemente contra sus protegidos. Tampoco contribuían a su paz de espíritu
los rostros, preocupados, agotados o temerosos a su paso, de las mujeres que
hacían de curanderas o madres, enfermeras y agentes funerarios. Si Ulloa
hubiera sido el capitán de un barco, tal vez hubiera dado ya la orden de
abandonarlo para que se salvara quien pudiera, pero sólo la costumbre de contar
hasta diez antes de darla le había impedido rendirse. Era evidente, sin embargo,
que el cementerio que avanzaba cada día contra el bosque era el ambiente de
mayor crecimiento en la colonia. Todas las cabañas contribuían a su ampliación y
Ulloa se detenía cada noche en cualquier rincón para mirar al cielo sin nubes en
busca muda pero angustiada de nuevos medios para proseguir su guerra.
Buena parte de las vidas que intentaba cambiar no tendrían tiempo ya para
cambiar, pero atacaban sus recursos con creciente avidez. Los pacientes más
fáciles de tratar, a los que aplicaba sin remordimientos la ley seca hasta que
vencieran ese infierno y salieran de sus celdas más muertos que vivos, daban
apenas sus nuevos pinitos en el mundo al que retornaban aunque hubieran
pasado ya del medio siglo, y pocos entre ellos encontraban fuerzas ni razones
para contribuir al bienestar general interno. Los más elegían la libertad y las
amenazas del mundo exterior, pero buena parte entre ellos había retornado a los
pocos meses para reclamar el mismo tratamiento, seguros ya que de que dejarían
en este sitio sus huesos.
Muchos habían perdido la mente en esta guerra y se paseaban por un asilo de
locos cuyas características y cualidades se habían ido desarrollando con las
improvisaciones que emergían de sus necesidades. Los menos locos cocinaban y
alimentaban a los más locos y los menos cuerdos atormentaban y perseguían con
sus ruegos y lloros a los más cuerdos. Era con controlada violencia que se ponía
fin a la violencia descontrolada, y de nada mejor disponían estas gentes ante esa
amenaza constante. Para Ulloa, que destinaba a estos enfermos una o dos horas
al día, esta embajada masiva del absurdo entrañaba a veces un peligro adicional.
Entre los diálogos que sostenía con estos huéspedes había hallado la verdad
antigua de que la locura no entraña necesariamente una imbecilidad evidente, y
sus viejas inclinaciones por la filosofía y la metafísica lo habían metido en varios
callejones intelectuales o espirituales sin salida de los que aprendió a huir
mediante el simple agotamiento o una furiosa ducha fría.
Nada impedía la aparición diaria de cadáveres en los recovecos más difíciles de
imaginar de su singular institución. Ulloa Gumucio conocía bien la indiferencia
brutal con que la madre naturaleza ignora las hecatombes individuales o
colectivas pero, humano al fin, nunca le sería posible ajustarse a esa actitud. Un
detalle que muchas veces le había llevado al borde de una ira ciega era la idea
repetida de los muchos milagros grandes o pequeños que puede hacer un buen
puñado de billetes, así viniera del mismo infierno. Era increíble la diferencia que
hace el agua potable cuando alcanza al bípedo parlante que lucha a ciegas por su
salud. Más milagrosa aún resultaba la presencia de pastillas azules o blancas en
el lugar y la hora precisa en que eran más necesarias, o el odio hacia el universo
entero creado por su ausencia y el sufrimiento consecuente e inevitable en
circunstancias similares.
Ulloa comenzaba el segmento más cruel de su trayectoria porque estaba
aprendiendo como si la tomara gota a gota la probabilidad de que la epopeya
humana bien puede no ser más que un disparate de milenios cuyo fin significaría
un alivio aunque se diera como un diluvio. Nada garantizaba el triunfo de la
especie en sus esfuerzos por transformar la naturaleza para hacerla de sus
dimensiones, y Ulloa aceptaba ya como muy probable un fracaso definitivo que
significara el aniquilamiento de esta especie como sucediera con tantas otras.
Considerada esta probabilidad apocalíptica, la insensatez, la amoralidad y la falta
de sentido del sufrimiento constante de todas las especies resultó como una nube
negra y pesada que amenazaba con asfixiarlo apenas bajara la guardia. Contra
este mal existencial halló Ulloa Gumucio un alivio inesperado pero breve en sus
periódicos encuentros con un campeón provincial de ajedrez que pasaría en este
refugio sus últimos meses sin verse obligado a cambiar el viejo terno gris que con
que había llegado. Ulloa hallaba en esas matemáticas un orden y una armonía
que, dedujo, tampoco eran humanos porque eran totalmente indiferentes al
absurdo.
Así es como, cuando se considera predestinado para presidir aquí una
destrucción ya próxima de sus hermanos hombres como si fueran hojarasca
deleznable porque tal vez lo eran, Ulloa Gumucio acude a su oficina improvisada
porque alguien le ha dicho que, para variar, hoy le han dejado en la puerta no un
muerto sin cara ni nombre, no un loco que aúlla a la luna amarrado con trapos ni
un bebé nacido horas antes, sino un cadáver de mucha prosapia metido en un
ataúd de acero negro que parece una fortaleza portátil.
Dos horas después de descubrir su contenido, el buen Dr. Ulloa Gumucio había
aprendido que los milagros y los portentos hacen parte de nuestra realidad
común, que bien pueden presentarse como billetes de cien dólares y que tal vez
sólo son posibles porque algunos hombres no pueden compartir la indiferencia
divina ante los vicisitudes humanas.



Hay medio millón de nuevos pobres
La crisis productiva, el desempleo y la extrema desigualdad han engendrado en los últimos
tres años por lo menos medio millón de nuevos pobres en el país.
Un análisis y evaluación de las estadísticas oficiales divulgadas por Econoticias, permite
establecer que la población en estado de pobreza ha crecido en términos absolutos en 513 mil
personas desde el 2000 y en términos relativos en 2,6 por ciento, registros que hablan a las
claras del rotundo fracaso de la estrategia nacional de lucha contra la pobreza, emprendida en
el país desde ese año a un costo millonario.
La información oficial da cuenta que hoy existen 5,67 millones de personas que no cuentan
con los ingresos suficientes como para sufragar sus principales necesidades. De este
conjunto, algo más de 3,2 millones de personas están en la extrema pobreza.
Medida desde el lado de los ingresos, la pobreza alcanza actualmente al 64,27 por ciento de la
población. En 1999 ese registro era de 62,64 por ciento, según las cifras oficiales que casi
siempre han tendido a minimizar este extendido y creciente flagelo social.
A nivel nacional, un tercio de la población está pasando hambre y no cuenta con los recursos
económicos necesarios como para alimentarse adecuadamente, mientras que otro tercio de
la población logra cubrir sus costos de alimentación pero no los de la vestimenta y de acceso
a servicios de salud, educación y otras necesidades básicas.
El aumento de la pobreza ha sido explosivo en las áreas urbanas, al influjo del creciente
desempleo, la informalidad, la migración proveniente del campo y la reducción del consumo.
En las ciudades y poblaciones con más de dos mil habitantes se calcula que ha caído en la
pobreza, en números redondos, un total de 300 mil personas en los últimos tres años.
Población total: 8,5 millones. Junio 2003 CIA est.
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