LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Tercero/3
Tras cerciorarse de que el hombre que manejaba el Toyota era el que debía ser,
Osmar comprobó que el tiempo se le hacía corto para la última parte de su misión.
Después de esquivar al gentío que transitaba aún por la Avenida del Libertador y
la Avenida Ballivián, atravesó Obrajes en quince minutos y se metió en el camino
hacia Miraflores.
Doce minutos más tarde estaba en la tranca*de salida del camino hacia los
Yungas, admirando en silencio el galope de las nubes que habían llegado desde
el Amazonas para saltar sobre la Cordillera Negra y asomarse sobre La Paz. Se
gastó ocho minutos para llegar ante un muro de adobe que parecía rodear una
quinta como las muchas que viera durante este viaje. Sólo la puerta de metal,
diminuta y hecha para cerrar distribuidores de electricidad hechos de cemento,
era diferente a las demás. Osmar dejó la Harley Davidson junto a la puerta, sacó
su llavero y, tras estudiarlo por un momento, abrió la puerta y se metió a la quinta.
La quinta era una sucesión de seis canchas de fútbol planas como el Salar de
Coipasa y cubiertas de césped como las montañas suizas donde vive la familia
Trapp.  Osmar avanzó con la seguridad de quien se siente en casa y dio sin
dificultad alguna con la boca del infierno o algo parecido, un hoyo circular de
metro y medio de diámetro por el que la tierra parecía respirar con la fuerza de un
huracán. Indiferente al torbellino, Osmar se dejó caer por el hoyo como quien se
lanza a una piscina municipal. Beneficiado por el equilibrio que su peso pareció
hallar contra ese viento portentoso, Osmar descendió doce pisos como si se
hubiera olvidado del ascensor y estiró la mano para coger una anilla de hierro
más propia de un velero corsario del Caribe y del Siglo XVI que de ese muro de
piedra.   
La anilla hizo clic y el muro le ofreció una plataforma para apoyar los pies. Un
instante después el muro le presentó unas cortinas celestes con encantadores
motivos otoñales. Osmar se introdujo tras las cortinas y dio con una escalera
extendida de amplios escalones blancos. Descendiendo con pasos que los
escalones hacían largos, Osmar se confío a su intuición y abrió la puerta que
encontró después de una docena de pasos. Habiendo acertado, dio con la
inconfundible figura de Grover Wergeld Calaumana, quien se rascaba satisfecho
una barriga desnuda que parecía un mapamundi portátil de la luna.
—        Buenas tardes, Grover. ¿Todo bien?
—        Sr. Jancko. Y yo, que lo creí en Europa.
—        Por lo que veo, ya no me tiene miedo, Grover.
—        No, ya no. Pero me ha costado un platal, Osmar.
—        Y ahora me trata de Osmar?
—        No sólo eso, sino que te tuteo también, indio apestoso, concha e’tu tía.
¿Qué tal?
—        Pues eso le va a costar varias fracturas. Ya siento que se me sube la
mostaza, muchacho.
—        Pues verás, indio e’porra. Desde tu última visita a mi cueva de amor, he
mandado hacer un par de reformas a éste, mi domicilio particular, y estoy en
posición de apostarte doble contra sencillo que nunca más pondrás tus sucias
garras sobre mi agraciada humanidad, cerdo que hablas.
—          Ah, ¿no? ¿Y qué podría impedirlo?
—        Notarás, indígena grosero, que hay unos tres metros entre mi humanidad
desnuda y tu presencia repulsiva.
—        Puedo saltar sobre ellos como gato en celo, Grover, y alcanzar su yugular
con mi infalible mano derecha.
—        Pero no lo harás, engendro cobrizo, porque puedo plantearte una primera
duda con estas rejas de titanio que corren de cabo a rabo en esta celda, mi
favorita para ejecutar entrometidos. ¿Ves? Dos segundos, veinte centésimas, y
resultas a unos quince kilómetros de distancia o, lo que es lo mismo, el medio
metro más largo que tus brazos y que viene a garantizar el buen funcionamiento
de mi tráquea, indígena brutango.  
—        ¿A ver? Si, es verdad. Medio metro exacto. Parece que hoy no romperé
huesos, Grover.
—        Lo dicho, caníbal sin plumas, pero déjame lucirme sólo por molestarte otro
poco, ¿quieres? Dejo caer otras rejas de titanio, así. Estas vienen de arriba para
abajo, y no como las otras, que fueron de izquierda a derecha. ¿Lo ves, nativo
hediondo?
—        Lo veo y lo creo, que negocio tan feo.
—        Pero no me he quedado ahí, brutal bípedo. Observa y admira mi esfera de
plástico más poderoso que el acero, pero transparente como el alma de una
Carmelita Descalza. Hago así, y… Ya está. ¿No es una belleza?    
—         Pero, si está usted dentro de esa esfera, ¿cómo es que le escucho con
tanta nitidez?
—        El sonido y el aire pasan, pero tus brutales zarpas no pasarán, bestia
malvada.
—        Bueno, está bien. Parece que no me queda otra que marcharme por
donde vine. Será cosa de agarrarlo dormido, Grover.
—        ¿Pero, cómo? ¿Te marchas ya, mala entraña?
—        Si. No tengo la menor gana de arriesgar las uñas en este caso. Después
de todo, tenerlas así de bonitas me cuesta una pequeña fortuna.
—        Pero, ven para acá, mula de cobre. Todavía me falta hacerte ver mi cubo
de energía pura. Está hecho de una red de zigzags dorados, como ves, pero
todavía permite que un observador interesado, en este caso tu estúpida persona,
pueda verme así de tranquilo y contento, sentado en esta silleta de dorada
energía dentro de mi mágico cubo… ¿Me ves y me admiras, verdad, cholo
aborrecido?
—          Oy, pero si, Grover. Qué cosa más impresionante. Bueno, adiós. Lo
dejamos todo pendiente hasta otro día.
Salía Osmar de la cámara de los milagros tecnológicos cuando, en el marco
mismo de la puerta de cortinas con bonitos motivos veraniegos, se dio vuelta con
un gesto a medias interrogador.
— Decía yo… Usted sabe ya que Lady Láyqa murió hoy, ¿verdad?   
La pregunta paralizó a Wergeld en el proceso de sentarse sobre su silleta de
energía pura. Sin apoyar los glúteos desnudos en el dorado asiento, miró a
Osmar con ojos cansados, parpadeó y agitó la cabeza.
—        Cómo dijiste, Osmar?
—        Dije que Lady Láyqa descansa en paz desde hoy.
—        ¿Qué?
—        Que la Sra. Ifigenia murió. Falleció. Es difunta. Muerta. Cadáver.
Tomándose la cabeza con ambas manos, Wergeld Calaumana se dejó caer sobre
su silleta de energía dorada, pero la silla desapareció y permitió que su ahora
desinflada humanidad cayera al piso de metal como un saco de azúcar molida.
—          Esta vez si que me jodiste, indio maldecido.    
Así tendido, hizo de algún modo para disipar la esfera de plástico más poderoso
que el acero y para desarmar la pared doble de rejas de titanio que interpusiera
entre sus dedos y las notables habilidades del Apolo indígena.
—        Ya no vale la pena que te esmeres, brutote. Antes de que acabes con las
fracturas de mi mano derecha, yo seré cadáver también. Dime, ¿a qué hora
quedé viudo?
—        Pues, no hará más de una hora.
—        En 1953, cuando me preguntó por primera vez si la amaba, y yo siempre
amé a Ifigenia, Osmar, siempre… Le dije lo que sentía, y era que nunca mi
corazón fue más feliz que esa noche. ¿No podrías vivir sin mí?, me preguntó, y yo
le juré que no, que nunca podría vivir sin ella. Pues tendrás una hora para
arreglar tus cosas cuando yo muera, y sólo esa hora vivirás sin mí, Grover, me
dijo. Cuan infeliz soy, Osmar. Cuan desafortunado. Pensar que me he gastado
esa hora última en mostrarte las idioteces que inventé contra tus garras cuando
debí haber pensado en ella, en nosotros… Y ahora, cuando se me enfría el
corazón… No sufriría mucho, ¿verdad?
—        La verdad, Grover, no lo sé. Sé que murió porque vi salir de allí a Don
Huascar, y Endara no hubiera salido si Lady Láyqa no hubiera muerto, me digo yo.
—         Tienes razón, indio hermoso. Era una de dos, ella o él. Así también lo
siento yo. Mira que ya me enfrío… ¿No vas a perder tu tiempo en joderme los
índices, verdad, indio bello?
—        Como usted dice, Grover, ya no vale la pena. ¿Pero no cree que exagera
un poco con esto de morirse ya mismo? A lo más, no puede ser otra cosa que un
caso de sugestión… Luche, Grover. Luche y sobreviva. Por una vez en su vida,
trate de vencer a Lady Láyqa.
—        Cómo se ve que no la conociste, indio inocentón, nativo más bruto que
malo. Nada en este mundo, y me temo que tampoco en el otro, es más poderoso
que la voluntad de Lady Láyqa. Nada. ¿Entiendes, karateca de tercera?
—        Bueno, si usted lo cree, usted se muere. Eso es claro. Este es un
cronómetro Breitling suizo para pilotos de aviones jet y me dice que le quedan
siete minutos.
—        Me bastan. La verdad es, Osmar, que ya estaba cansado. Sin Ifigenia, no
tengo ganas ni de disputarte este meñique. ¿Has pensando alguna vez cuán
absurda es la vida?
—         ¿No sería mejor que haga un acto de contrición? Si es católico usted,
seguro que se salva. ¿O se metió usted con los niños del vecindario?
—        Estoy helado, Osmar. Es el corazón, que cede.
—        Déjeme ese pulso. Si, está más débil que un sietemesino abortado. Si
usted fuera otra persona me pondría solemne, pero entre personas maduras…
Adiós, Grover. Que no le suceda como a Voltaire, que empezó a ver las llamas
apenas cerró el ojo izquierdo.
—         Nunca tuve suerte en esta vida. Encima de todo, venir a acabar junto a
este idiota…
—        ¿Grover?
—        ….
—        Adiós, Grover. Fue divertido conocerlo.
* Tranca = Tronco que
atraviesa el camino y permite
la cobranza de unos pesos
antes de ceder el paso a
cada vehículo. Popular pero
poco original instrumento
contra el desempleo.
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