LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Tercero/2
Huascar Endara Watson yacía con los ojos cerrados en un cómodo aunque
envejecido sillón que perteneciera a su abuelita Filomena Endara Huacata y
sentía el triunfo del antídoto contra el veneno inyectado por la araña mecánica
que descendiera como un andinista desde una paloma negra hasta su nuca en
necesidad de un peluquero. Era como una corriente de frescura que su corazón
bombeara sin prisa ni pausa. El sol declinaba ya sobre la montaña y un viento frío
recorrió el valle hasta alcanzarle la nariz. Endara husmeó y reconoció el aire
andino. Se sintió más cómodo, atribuyendo la sensación al numen de la vivienda.
Era como estar dos veces en su hogar porque estaba en su valle y en su casa
ancestral, en el regazo idealizado de una abuela que recordaba apenas. Por
primera vez en mucho tiempo, Huascar Endara Watson se sintió un poco
satisfecho consigo mismo. Suspiró y rogó porque esta pausa durara un poco más.
Mirando al futuro más próximo, no pudo imaginar ninguna tarea urgente.
—        Una siesta de tres horas es más larga de lo necesario, papá.
Endara abrió los ojos y se encontró con Isabela sentada en un banquillo a un
paso de distancia. Su hija lucía tranquila y sonriente, dispuesta al parecer a
dedicarle algo de su tiempo.
—        ¿Por dónde comenzamos, Isabela?
—        Por tu salud, diría yo. ¿Cómo te sientes, papito?
—        Para variar, me siento requetebién. Acabo de sentir el espíritu de la
abuelita Filomena y siento aún que este sillón y yo podemos iniciar una larga
amistad. Contigo aquí, este instante me parece perfecto.
—         Bueno, pues. Sé quien es… quien fue el padre de Silvia Susana. Fresia
me ha contado lo que necesito saber sobre tus amigos de otros tiempos. Me
parecen sensacionales. Magníficos y sensacionales. Tengo más o menos ubicada
cada ficha de este enredo en su lugar y sé que nos vamos todos hoy, tal vez
antes de que acabe el día. Con excepción de algunos trapos y unos cuadernos
que dejé en la pieza en que vivía, nada dejo atrás… Estoy lista para nuevas
aventuras.
—         Si las cosas van como yo deseo, no habrá nuevas aventuras.
—        Bueno, entonces: estoy lista para volver a estudiar. Este Carnaval en
Oruro ha resultado inolvidable, pero un poco de tranquilidad no me haría daño.
Ahora que lo pienso… ¿Dónde está tu amigo Jim Morgan?
—        Morgan murió, Isabela. Se metió en  un atolladero con Tosferino y perdió
un ojo en esa pelea.
—        ¿Cuándo sucedió eso?
—        Ayer… Tal vez hoy, hace unas horas. No lo sé con exactitud.
—        Pues es una pena, porque a mí me pareció una persona muy amable. Sólo
que…
—        ¿Si?
—        ¿Te fijaste que no parpadeaba nunca?
—        ¿Tú también?
—         ¿Quieres decir que lo notaste?
—        Fuimos varios.
—        Qué raro, ¿no?
—        Si… ¿Cómo cometer semejante descuido?
—        ¿Qué quieres decir?
—        Te lo explicaré en otro momento. Dime, ¿estás totalmente segura de tu
aventura con el Monje?
—        Pues, si. Yo lo veo como la cosa más natural del mundo.
—        Eso es lo menos natural. ¿Cómo es que no te sorprende? Nadie creería
una cosa así, ¿no te parece?
—        ¿Por qué?
—        ¿En esta era de clones y robots?
—        Pues cuando pienso en él, el Monje me parece tan real como tú, y con eso
me basta. No sólo eso. También siento que está presente, junto a mí, muy a
menudo. Es algo tan natural para mí, que no me he preguntado nunca si es
imposible. Esto que siento debe ser lo que otros llaman fe.
—        Después de recibir un mensaje del Gordo Suárez sobre tu paradero, yo
también me sentí tranquilo durante un buen lapso.  No supe a qué atribuirlo hasta
que escuché a Morgan y tu relato sobre el Monje de tres kilómetros de altura.
—        ¿Lo ves? Es él, seguramente. Yo creo que no es necesario hablar más del
asunto. O crees o no crees en él… Eso es todo.  Lo que sí te digo es que nunca
me siento sola. No me desespero ni sufro angustias como cuando…. Tú sabes,
cuando era gorda.
—        Si. También iba a preguntártelo en un momento oportuno. ¿Cómo vas con
ese problema?
—        He decidido que no es un problema. Lo atacaré con medidas lógicas y
razonables, no pondré mi salud en riesgo y, si resulta que soy…. Gorda, pues
seré gorda. Creo que ahora puedo enfrentar esa posibilidad. Después de Oruro,
nada de eso me parece tan importante.
—        Yo, punto en boca.  No añadiré una sílaba.
—        ¿Tienes otras preguntas?
—        No. Ya es bastante el verte tan tranquila y madura. Tal vez este último año
aquí haya sido una buena idea. Tal vez…
—         Ha sido un gran año para mí, papá. De eso puedes estar seguro.
—         No sabes cuanto me alegro, Isabela. ¿Vendrás a casa conmigo?
—        No. Iré a Roma, con Fresia. Pero iré a casa dentro de unos seis meses. Te
lo prometo.
—        Tu dormitorio está tal como lo dejaste. Tus libros, tus discos, todo, todo. No
olvides que te estaremos esperando.
—        Sé que estarás esperándome. Pero esto es muy importante.
—        ¿Cuando lo decidiste?
—        Ahora mismo, pero Fresia dijo que fue apenas me lo propuso. Qué, ¿es
que también es bruja?
—        Bueno, tiene muchos trucos bajo la manga. Eso lo sé, pero nada más.
—        ¿Rechazarías esta oportunidad si estuvieras en mi lugar?
—        Pues… no.
—        Bueno. Ahora si podemos charlar un poco de otras cosas.
—         ¿Como cuáles?
—        ¿Crees tú que yo sería un buen abogado?
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