LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Tercero/1
Isabela salió del dormitorio en el que dormía Silvia Susana y dedicó una media
sonrisa a Fresia, dedicada a poner un orden mejor en su laptop.
—        Yo creo que lo peor ya pasó. Cuando despierte podrá decidir lo que hará
en el futuro. Silvia Susana es una buena chica. Lo que no sé es lo que podremos
hacer nosotros por ella… Si es que deseamos hacer algo, claro.
—        ¿Qué idea tienes tú sobre las personas que rodean a tu padre estos días?
—        Bueno, yo creo que Osmar es magnífico. No hizo más que ayudarme desde
que lo conocí. Me parece más bueno que un pan.
Fresia sonrió sin malicia. Buscó entre sus papeles y encontró una tarjeta de visita
que deslizó ante Isabela. Isabela leyó: “Osmar  Jancko Delgado. Asesino.”  Una
dirección @ completaba en elegante caligrafía la lujosa cartulina.
—        No puedo creerlo. Simplemente, no puedo creerlo.
—        Bueno, es su oficio, y se lo enseñé yo.
—        ¿Usted es… Fresia?
—        Fresia Ramallo de Holmes, para servirte. Media docena de países
mantienen un prontuario policial sobre mi humilde persona. Osmar trabaja para
mí, aunque no es muy preciso el decirlo: yo diría que está conmigo porque de otro
modo se aburriría mortalmente. Pero ante la ley es un asesino.  
—        No me diga que mi papá también es una figura gris del hampa
internacional.
—        No, no tiene un prontuario. Es un periodista retirado que ha resultado un
buen programador y vende sus productos a empresas de medio nivel. Ha estado
viviendo de eso durante más de diez años.
—        Supongo que usted es una de sus amistades de sus tiempos de reportero.
—        No. Hizo de testigo falso la primera vez que intentaron deportarme en el
Imperio. Me salvó de la cárcel también y continuamos nuestra amistad a través de
estas máquinas. No hemos estado en el mismo lugar en más de cinco
oportunidades, pero nos conocemos muy bien. Creo que lo primero que hizo
cuando recibió tu anular fue enviarme un e-mail. Algo hicimos Osmar y yo para
ayudarlo.
—        Como venir hasta aquí, ¿no?
—        Bueno, yo soy beniana. Osmar nació cerca de Oruro. No somos turistas,
aunque hemos vivido buena parte de nuestros días lejos de aquí.
—        O sea que ustedes forman un equipo de… de agentes justicieros, como en
las historietas.
—        Así parece ahora, después de esta corta visita, pero en realidad nuestro
interés principal es vivir tranquilos y lejos de la policía y la prensa, sea donde sea.
Además de matar gente, Osmar es un estudiante muy bueno cuando se lo
propone. Lo saqué de un curso acelerado de robótica para que me ayudara.
Tengo, claro, otros asistentes. Nada organizado. Todo se basa en una amistad de
años.     
—        ¿Y por qué no tiene secretos para mí?
—        Pues, porque se me ha ocurrido que un lugar en mi… grupo sería más
interesante para ti que una carrera en leyes o administración de negocios. Claro
que tendrías que estudiar tal vez más si te decides a acompañarnos. La verdad es
que nosotros vivimos de nuestros cerebros y lo que pusimos en ellos a través de
los años. No somos empleados públicos, quiero decir.
—          Es fácil de imaginar. Creo que tendré que consultar con Don Huascar
antes de decidir nada.
—        La verdad es que ya leí en tus ojos tu decisión. Pero, claro, tómate el
tiempo que quieras.
—         ¿Y qué hacemos con mi nueva amiga?
—        ¿Sabes tú quien fue su padre?
—        Creo que sí. El que me hizo cortar este dedo. Pero no creo que su hija se
haya enterado de nada. Me dice que un viejo con cara de yatiri enfermo la
trasladó en un dos por tres desde Suiza, donde estudia, hasta Oruro, donde yo
alquilé una pieza para pasar el Carnaval. Eso se parece un poco a mi experiencia
con el Monje, sólo que la mía es rigurosamente cierta.
—        La de Silvia Susana también. Yo ordené que la trajeran y le cortaran el
anular. Las cosas lucían negras en ese momento. Pero nada tengo que ver con el
reemplazo de dedos que te ha dado uno nuevo.
—        No. Yo sé quien es. Es el Monje. El lo puede todo. Qué cosa, ¿no?
—         ¿No te sorprende todo eso?
—        No. ¿Por qué? Enderezó un entuerto, o dos maldades, con un toque de
humor. Este dedo me hace sentir especial, ¿sabe usted? Nunca podré pretender
que olvidé el lugar donde nací ni quien soy, porque lo llevo todo aquí, en la mano
derecha.
—        Pues me alegra que lo tomes así.
—        O sea que… ¿Silvia Susana vuelve a Suiza?
—        Si, y vamos a asegurarnos de que dispone de los medios para continuar
su educación.
—        Usted y Osmar vuelven a…
—        Por el momento, vivimos en Roma.
—        Papá volverá a Washington, me imagino.
—        Es lo más probable, ¿no te parece?
—        Si, pero… ¿Qué va a hacer allí, solo?
—        Se  lo preguntaremos cuando venga, por supuesto. Ahora, debemos
prepararnos para salir de este país. Osmar debería estar aquí dentro de poco.
Huascar llegará más tarde, pero vendrá agotado. Debemos darle un par de horas
para que descanse. Cuando desaparezcan nuestras huellas aquí, será como si
nunca hubiéramos venido.
—        ¿Cuál es mi misión?
—        Ten un ojo sobre tu amiga y dedícate a tu padre. Nada le sentará mejor
que tenerte a su lado mientras pueda.
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