LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Segundo/4
— Como zombi, el Sr. Endara se ve más simpático. No le cae bien eso de andar
agachado. Pase, zombi. Decidí invitarlo a averiguar cuánto se sufre cuando se
muere de hambre. Adivine cuál será su papel.
Lady Láyqa abrió una reja que le llegaba a la rodilla y dejó pasar a su cautivo,
cuyas piernas imitaban las de metal de un robot japonés.
— Nadie puede imaginar el trabajo que cuesta ser una bruja a principios del
Milenio y mantenerse al día. Vaya subiendo, muñeco.
Endara siguió a la mujer negra y vestida de gitana galesa del Siglo XVIII que
llevaba en la mano una Walther PPK de 9 mm. como si se tratara de un abanico
español pintado por Goya.
Tras una escalera que imitaba las glorias de los palazzos italianos se abrió ante
ellos una puerta doble de cristal celeste que conducía a un gran espacio circular
de piso dorado en cuyo centro giraba una escalera caracol negra capaz de
aceptar a tres personas en cada escalón. De pie y hombro a hombro en uno de
ellos, la escalera comenzó a girar hacia la izquierda como un tirabuzón y la bruja y
su acompañante fueron subiendo con cierta lentitud para atravesar piso por piso
los siete que concluían en un observatorio de una sola ventana esférica. A medida
que subía, iba leyendo Endara: Caridad, Fe, Fortaleza, Esperanza, Justicia,
Prudencia, Temperancia, un tema por cada piso. Un negro inconmensurable
reemplazaba al cielo y sus estrellas tras el cristal de la media esfera.
— Una coincidencia desafortunada me hizo leer al Dante mientras hacía construir
mi refugio, y este es el resultado. Sé que me escucha, muñeco, aunque se vea
limitado en sus respuestas. Hoy me parece que el Dante como arquitecto y yo
como poeta somos dos ceros a la izquierda. Esto podrá impresionar a cualquier
aficionado a las letras, pero a mí me aburre. Por lo demás es poco práctico.
— Si. El. Cielo. Es. Negro. ¿Cómo. Es. El. Infierno?
El esfuerzo dejó exhausto a Huascar hasta el punto en que perdía el equilibrio.
Una mano de hierro le tomó del brazo y le forzó a mantenerse en su lugar.
— Ya lo dije una vez, Endara. Usted no tiene imaginación. En mi caso, eso que ve
usted allá arriba es el infierno. Para mí, el paraíso está bajo tierra, y  si fuera
posible, en el centro mismo de la tierra. Si su energía le alcanza podrá verlo por sí
mismo antes de morir.
— Vamosps.
La escalera de caracol giró hacia la izquierda y la pareja descendió los siete
pisos. Alcanzaron el nivel central, que se abrió para tragarlos, y continuó su
trabajo de tirabuzón para atravesar otros siete niveles, cada cual más lleno de
alegría y colorido que el anterior. A medida que bajaba, iba leyendo Endara:
Libertinaje, Gula, Pereza, Envidia, Orgullo, Avaricia, Ira, un tema por cada piso.
Tocaron fondo en una sala idéntica a la superior, una media esfera invertida de
cristal cuyo extremo inferior era una oubliette de lujo con una entrada que parecía
ser de oro sólido.
— Ese, Endara, es el paraíso. Mírelo bien, porque nadie llegó nunca tan abajo.
— Error. Fresia.
— No. Ella me visitó en otro lugar. En mi residencia de verano. Este es
completamente distinto. Estamos justamente debajo del otro y un poco a la
derecha, aunque se llega al mismo lugar… Un truco aprendido en un viejo castillo
de Bretaña.
— Hmpf.
— ¿No lo cree? ¿Qué me importa, si no lo cree?
— Psfé.
— Si, es mi laboratorio electrónico. Como digo, hay que mantenerse al día, cueste
lo que cueste. Una oye hablar de nuevos competidores todos los días.
— Jí.
—  Sea, pero no creo que entienda lo que verá. Usted y su laptop de dos por tres.
¡Bueno fuera!
Girando la cabeza, la bruja negra emitió un silbido de muchacho travieso y una
puerta de metal doble siseó para darles paso. Un inmenso salón helado zumbaba
como una sordera causada por un tinitus sufrido durante décadas. Poblado de
robots y ordenadores, el salón ejecutaba sus investigaciones por sí solo y
presentaba sus conclusiones en papel perfumado.
— Aquí es donde me dedicaré a mirar las entrañas de su máquina, Endara.
Quiero saber lo que es, exactamente, el arma que usó usted contra Loayza. Estoy
segura de que Mike le encontrará varios usos, si llego a necesitarlo. ¡Traiga aquí!
De un manotón, Ifigenia arrancó la máquina del cuello de Endara y la dejó sobre
la mesa más cercana, junto a la paloma negra que usara para capturarlo.
Siguiendo la mirada de Endara, suspiró.
— No es la misma, pero es igual. Su procesador es más potente que la cabeza
que lleva usted sobre los hombros, muñeco. ¿Qué le parece mi centro de
electrónica?
— Frío.  
— Lo dicho: la imaginación de una pulga. Camine. Venga por acá. Esta es la
cueva donde practico mis brujerías. Es copia exacta de la cueva de Merlín, con
algunos aditamentos de Nostradamus y otros de Cagliostro. Tengo casi todo lo
que tiene el Pentágono, pero ellos inventan nuevos disparates cada día. No hay
modo de robarlos todos. Ni siquiera yo puedo competir con ellos. Por suerte,
muchos de sus conceptos son absurdos y sólo sirven para perder millones. ¡Ah, si
supiera usted el dinero que me han ahorrado esos buenos muchachos!
— Oro.
— Por supuesto. Es lo único importante, ¿verdad? Aunque el tesoro no es de oro.
Son dólares, como ya debe de saberlo usted, y se devalúan en forma constante.
Ello me hizo entrar en el mercado del oro, que es un círculo cerrado, como no
sabe usted, para comprar varias toneladas. En eso estoy, y no es nada fácil.
Girando sobre sí misma y con un toque de insano orgullo en la mirada, Lady
Láyqa  lanzó la pregunta al desgaire.
—        ¿Es eso lo quiere ver usted, Endara? ¿El tesoro de Marito?
La voz de Blanca Nieves tenía algo de hipnótico.
—         Si.
La mujer descendió con paso vivo por la increíble escalera negra que se
introducía en la tierra como un tirabuzón gigante creado como especial para las
botellas de vino francés y terminó el viaje en una cámara casi oscura e inmensa
en la que había ido depositando los frutos de su agotadora labor. No todo era oro,
sin embargo. Había piezas bellas de material deleznable y era posible encontrar
cosas sin más valor que el amor que en ellas pusieran sus artífices. Algo tenía de
oriental esta cueva sembrada de alfombras persas y auténticos gobelinos. Sus
luces, indirectas siempre cuando traicionaban su presencia, eludían el blanco y
perseguían el color. Los ambientes, que ella creara en labor de años, eran
completos e independientes, los 32 que hacían este escondite. En sí mismas
improvisadas, las celdas se distinguían porque mataban los sonidos entre muros
acolchados y parlantes ocultos para neutralizarlos. Las momias, en fin, yacían en
posiciones diversas y eran desnudos muy diferentes pero naturales hasta el
extremo de que cualquier visitante diría que sólo les faltaba hablar, defecto que
jamás le pareció tal a la bruja negra.
Tras penetrar en la más estrecha, Lady Láyqa se puso de rodillas, clavó un metal
largo como sus uñas en el piso de piedra y un resorte oculto abrió la entrada de
submarino que respiraba con asma y que se la tragó con el mismo sonido de
fuelle herido. Allí, en la panza de la tierra, en el fondo mismo de la Pachamama,
donde el calor y la humedad parecían hacer próximos los fuegos dantescos, allí
ocultaba el fruto último de su ingenio.
Negro porque era su color preferido, el ataúd falso bostezó sin un pip y le
presentó generoso su vientre vacío.
— ¡Ah!
Un alarido que era rugido le quebró la voz de Blanca Nieves. Corriendo
despavorida entre sus muchos tesoros, Lady Láyqa repetía sus gritos jalándose
los cabellos. Recorrió así buena parte de su refugio hasta toparse con Endara
que la miraba rígido desde la primera entrada.
— Osmar.
Haciendo un esfuerzo inaudito, Endara cogió el anillo de Fresia que le rodeaba el
anular derecho y lo hizo girar. Sintió la aguja del antídoto y esperó, inmóvil.
La mujer negra cayó de rodillas, sin saber bien por donde se movía. Se dirigió por
fin al ataúd negro y vacío para meter las manos en él, meterse de cuerpo entero
en él y buscar  con gritos afiebrados los ladrillos de papel verde que sólo ella
había visto.
Como obedeciendo un gesto, los muros de la cueva se abrieron y vertieron un
diluvio de monedas de oro. El estruendo del metal obligó a la mujer a mirar hacia
la salida. Endara, inmóvil, agitaba los dedos. Lady Láyqa atinó apenas a levantar
un brazo para protegerse del muro de doblones que se le venía encima y vio toser
oro a sus momias, a sus fieras embalsamadas, a los muertos que fueran sus
enemigos y ella había convertido en estatuas de carne pétrea, a las paredes de la
cueva que hiciera construir por sus robots.
— ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Endara, piedad!
No alcanzó a gritar más. Sólo un brazo, negro y  delgado, con uñas largas hasta la
exageración, se estiró por un instante antes de ser cubierto por la ola de oro.
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