LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Segundo/3
Haciendo tiempo después de almorzar y en espera de que Isabela asomara para
concederle una media hora, Huascar Endara salió al patio posterior para sentarse
debajo de un eucalipto de un siglo que había protegido la casa desde que sus
abuelos la construyeran. La tarde prometía un sol sin nubes y la ciudad, allá
arriba, le enviaba el rumor de su constante actividad.
Mirando el desordenado crecimiento urbano que cubría las laderas de los cerros,
Huascar no pudo menos que lamentar otra vez la suerte de su ciudad natal. Nada
quedaba de lo que hiciera una niñez que recordaba feliz y casi tranquila. La
ciudad nueva que imaginaba tras la Ceja de El Alto, de más de un millón de almas,
había nacido como un pueblo abandonado de la mano de Dios a la pobreza y la
desesperanza y se había multiplicado muchas veces sin cambiar el destino de sus
habitantes, todos llegados desde el campo que habían abandonado huyendo de
una existencia de troglodita. Huascar permitió por un momento que esa
desesperanza le invadiera. Se sentía cansado y triste.
Una paloma negra vino a posarse en el eucalipto que le protegía y pareció mirarlo
para asegurarse de que no era otra persona. Giró sobre sí misma en la rama que
había elegido y, en vez de poner un huevo, puso una araña negra casi del mismo
tamaño que descendió por su propio hilo con la habilidad de un andinista hasta
fijarse en la nuca de Huascar.
Los ojos de Huascar cambiaron hasta parecer dos bolas de cristal y sus manos se
crisparon. Poniéndose de pie, intentó salir de la casa sin pasar por las
habitaciones pero Osmar, que salía a buscarlo, se lo impidió.
—        Don Huascar…. ¿Don Huascar? ¿Qué le sucede?
—        Debo. salir. ahora. mismo. Debo. llevar. mi. máquina. Traiga. mi. máquina.
Osmar. Ahora. mismo. Ahora. mismo.
—        ¡Don Huascar! ¿Qué le sucede? ¡Don Huascar!
—        No lo toques, Osmar. Haz lo que dice. Tráele su computadora. Apresúrate,
por favor.
—        Si, por supuesto, Fresia. Aquí voy.
—        Huascar. ¿Huascar? ¿Puede escucharme?
—        Debo. salir. Fresia. Debo. salir. ya. mismo.
—         Por supuesto. Se hará como usted diga, Huascar. ¿Saldrá en el Toyota?
—        Tomaré. el. Toyota. Si.
—        Aquí la tiene, Fresia.
—        Ve tras él, Osmar, pero no intervengas. Síguelo, pero no te metas en líos,
¿entiendes?
—        Aquí tiene la computadora, Huascar. No olvide el anillo.
—         El. anillo. El. anillo.
Huascar subió al Toyota que trajera Osmar y salió por el portón que encontró
abierto.  Manejando con una mano, entró en la Avenida Hernando Siles y
descendió hacia Calacoto. Osmar lo seguía en una Harley Davidson sin estrenar.  
—        El. anillo. Este. anillo. Mi. anillo.
Osmar, protegido por un casco de cuero, un par de lentes ahumados y una
bufanda roja que flotaba al viento, se puso junto al coche para mirar al conductor
y, en el instante que se permitió antes de ponerse frente al Toyota, vio una
paloma negra que volaba sobre el motor del vehículo.
—        Si fuera blanca, diría que viene en paz, pero es tan negra que debe venir
del infierno.  
—        Mira y no hagas nada Osmar, como te lo pedí.
Acelerando con un rugido que molestó a los vecinos, Osmar no pudo seguir las
instrucciones de Fresia que le llegaban a la oreja izquierda.
—        Vamos para Calacoto, así que ya sé a donde vamos, ¿no?
—        Haz lo que te digo y dime lo que ves.
—        Como ordene.
Al salir de Obrajes encontró Osmar que alguien estaba disparando un granizo de
plomo que le arruinó el faro con un crujido de cristales que duró un segundo.
—        Alguien me envía plomo.
—        Evítalo, si puedes.
Osmar levantó la cabeza y vio a un hombre tendido en el puente para peatones
que lanzaba bocanadas de humo como si estuviera fumando una pipa enorme.
—        Lo veo en el puente, pero no creo que pueda colocarle una pastilla.
—        Si no de ida, de vuelta.
—        Bien dicho. Aquí voy.
Tras pasar bajo el puente para peatones como una exhalación, Osmar forzó a la
motocicleta a girar sobre sí misma con un aullido de lobo estepario y, ya estable,
sacó su Makarov 9mm, apoyó la pistola sobre su antebrazo y colocó una bala en
la espalda de su atacante. El Toyota pasó a dos milímetros de su moto y Osmar
atinó apenas a patear para atrás y quitarle el bulto. Salió luego como cohete tras
el Toyota.
—        A ese ya le di lo suyo. Sigo a mi hombre.
—        Anda con cuidado. No exageres, ¿quieres?
—        Se hace lo que se puede, nada más.
Tres minutos más tarde entraban en la Avenida principal de Calacoto, repleta esta
tarde de gentes que venían a pasearse por la parte más amable de la ciudad,
vender todo lo que se puede vender en este mundo y aprovechar el corto asueto
del fin de semana. El Toyota pareció ignorar sus intereses y continuó su viaje sin
frenar ni tocar la bocina.
—        Va a matar a alguien. Está corriendo como loco y la avenida está llena de
gente, de coches... No puede avanzar así. Allí veo a un grupo de niños… ¿Qué
hago?
—        No intervengas. Que su suerte lo acompañe. Más no puedes hacer.
Cuando el Toyota pasaba frente a la entrada del Colegio Militar, un camión sin
personalidad alguna se metió como gordo borracho delante de la motocicleta,
forzándola a desviarse con un chirrido espantoso. Osmar trató de evitarlo, pero un
brazo con un garrote emergió desde detrás de una palmera y le dirigió un golpe
con la peor de sus intenciones. Osmar intentó evitarlo, pero el golpe le alcanzó en
el hombro izquierdo.
—        Un tipo me ha pegado con un palo. Creo que quieren que me enoje. Esta
no es manera de jugar.
El tipo emergió detrás del garrote e intentó colgarse de Osmar, quien le metió la
boca de su arma en un ojo como quien aplica un martillazo y le hizo chillar
mientras volaba hasta dar con la cintura contra un banco de cemento.
—        Sigo aquí, pero sólo por milagro.
Acelerando sobre la vereda y ahuyentando a los pocos transeúntes que no
habían escapado todavía, Osmar recorrió una cuadra y volvió a salir a la avenida
central. El Toyota alcanzaba ya la Avenida del Libertador.
—        Si va para la derecha, ya sabemos a donde va, ¿no?
—         ¿No ha matado a nadie?
—        Por milagro. Ahí va. Se metió por la derecha.
—        Haz lo mismo y trata de que nadie intente asesinarte, ¿entiendes?
—        Me voy para San Miguel y salgo frente a la casa de la mujer esa, ¿no?
—        Mejor no salgas. Quédate por allí y hazte invisible. Vigila y dime lo que
sucede.
—        Nada sucede. Estas calles están casi desiertas. Me meto tras un camión y
me tomo un helado en el parque… ¿No le parece?
—        Has lo que quieras, pero no dejes de decírmelo.
—        A la orden. El auto está parado frente a la casa. Hay un hormiguero de
gente que viene y va. Este es día de feria, como todo domingo.
—        Mejor para ti. Trata de no llamar la atención.
—        Medio difícil en mi caso, ¿no le parece?
—        No estoy para bromas, ahora.
—        Perdón. No tengo nada más que decir.
—        Está bien, pero dilo de rato en rato, ¿quieres?
—        Voy por mi helado.




Dos arañas peligrosas acechan a desprevenidos
De acuerdo a estudios internacionales, se estima que el 14 por ciento de las personas que
fallecen por mordeduras de animales venenosos corresponde a la gente que ha sido picada
por una araña.
Aunque existe una gran variedad de especies de estos artrópodos carnívoros, la dermatóloga
Juana Rosales ha identificado dos tipos de arácnidos que prevalecen en los ambientes
rurales y domésticos de nuestro medio. Tales son la loxosceles laeta, más conocida como
“araña de los rincones”, y la latrodectus mactans, más conocida como la temible “viuda negra”.
Rosales indicó que las picaduras de estos pequeños seres en ocasiones derivan en graves
problemas de la piel. Sin embargo, las complicaciones también pueden ser fatales si los
pacientes no reciben un tratamiento adecuado a su debido tiempo.
Teniendo su hábitat en los jardines y lugares sin limpieza de los hogares de todos los estratos
sociales, los dos tipos de arañas, generalmente de vida nocturna, inyectan su veneno a sus
víctimas mediante sus mandíbulas y sólo en caso de sentirse atacadas. Los afectados
pueden reaccionar de inmediato al veneno, pero a veces sus síntomas son confundidos con
otras enfermedades. Por esta razón, Rosales recomienda que quienes hayan sido picados
acudan a un médico.
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