LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Segundo/2
Para cuando levantaron la cabeza y dejaron de llorar, las dos muchachas se
encontraron con que el lugar estaba vacío, excepto los cuatro hombres de mirada
dura y físico amenazador que parecieron salir de la nada. Sin decir palabra,
abrieron una bolsa negra de plástico combinada con una camilla de aluminio y no
se tomaron más de cinco segundos para meter allí el cuerpo de Tosferino. Antes
de que Silvia Susana pudiera reaccionar, desaparecieron a paso de vencedores
detrás de una hilera de pinos. Era obvio que no usarían la puerta principal para
salir de allí. Isabela abrazó a la hija del muerto, pues no podía ser otra la relación,
y se la llevó caminando lentamente hasta un rincón apartado del edificio principal.
Allí usó su tiempo del mejor modo que pudo para encontrar un vaso de agua,
robarse una toalla de un baño próximo y, por fin, salir del club tomando un taxi en
la puerta principal. Para entonces, también la calle parecía desierta.
Isabela pidió al taxista que las llevara al Gran Hotel París e hicieron el viaje que le
pareció largo casi en silencio. Al llegar se encontró con el Apolo indio que la
miraba como si no la mirara y se metió con ellas en el ascensor. Subieron hasta el
segundo piso, salieron del ascensor, bajaron hasta el primero, caminaron para
atravesar la cocina y salieron a un callejón lateral sucio y oscuro. Osmar abrió una
puerta de metal y salieron a la Plaza Murillo. Caminaron tres pasos y se metieron
en un Toyota como cualquier otro.
Osmar condujo para salir de la plaza hacia Miraflores, pasó ante el estado Mayor
y se dirigió a Obrajes. No abrió la boca hasta que se encontraron dentro del #415
de la Calle 13.
—        Aquí estaremos seguros durante unas horas, Isabela.
—        Si usted lo dice, Osmar.
—        Pasemos.
La casa parecía abandonada y desierta. Isabela se preguntó si sería habitable.
Osmar abrió la puerta de entrada y las guió hasta un salón cuyos muebles
estaban cubiertos por telas sucias. Osmar quitó una del sillón más próximo,
tratando de evitar la nube de polvo.
—        Esto cambiará en un momento. Pasen ustedes. Tomen asiento.
—        Gracias, Osmar. Ven…
—        Silvia Susana.
—        Silvia Susana. Hagamos lo que mi amigo dice. ¿Te sientes mejor? Tendrás
que hacer un esfuerzo para facilitar las cosas. Tú eres…
—        La hija del coronel Juan Tancara.
—        El hombre que…
—        Si. Quien pudo imaginar que… Oh, es terrible, terrible… Mi papacito…
Isabela abrazó a Silvia Susana y le dio el tiempo necesario para que se calmara.
—        Isabela.
—        ¡Papá!
De pie, Isabela se abrazó a su padre y lo llevó de una mano hasta tenerlo junto a
Silvia Susana.
—        Es hija del coronel Juan Tancara, papá. El coronel murió cuando jugaba
tenis en Calacoto. Sucedió todo muy rápido. No tuve tiempo de buscarte. Entré al
club y vi morir a su papá. Tuvo un ataque al corazón. Fue algo increíble. Tuve que
ayudarle. Nadie quiso acercarse, ¿ves tú? Y además…
Con un rápido gesto, Isabel indicó la mano derecha de Silvia Susana. Un anular
blanco como la leche se destacaba entre sus hermanos de cobre.   
—         … he hallado el dedo que perdí, creo.
—        El dedo que perdiste…
—        Si, el que estaba aquí.
Isabela mostró a su padre el anular moreno de su mano derecha. Huascar la miró
sin creer lo que le decía.
—        El Monje me avisó que lo encontraría. Era cosa de tiempo, nomás.
—        ¿El Monje? ¿Eres tú la que habló de un Monje con Jim Morgan?
—        Si, cuando lo visité en la embajada. ¿No te lo dije?
—        No hemos tenido tiempo para nada, Isabela.
—        Es verdad. Bueno, el caso es que encontré el dedo como me lo dijo el
Monje, y ahora creo que habrá que ayudar a mi amiga Silvia Susana. ¿No crees?
—        Comencemos por preguntarle el mejor modo de ayudarle, ¿no te parece?
—        O tal vez puedo llevármela a algún rincón donde pudiera hablar a solas
con ella hasta que se sienta más tranquila y deje de llorar, ¿no?
—        Si lo prefieres…
—        Me parece mejor, papá.
—        Y luego, si tienes una oportunidad, me gustaría que me dieras algo de tu
tiempo, Isabela.
—        Pero sí, papá. Por supuesto.
—        Isabela… ¿No sería bueno que comieran algo?    
—        Gracias, Osmar. Lo que pueda encontrar usted por allí. No creo que
podamos elegir un buen menú en este lugar… Está un tanto abandonado, ¿no?
—        Se sorprendería usted, Isabela.
—        Lo que usted pueda ofrecernos, Osmar. Gracias. Ven, Silvia Susana. Ven
conmigo. Vamos a charlar un poco.
Osmar guió a la pareja hasta una habitación del fondo y retornó para dar la mano
a Huascar.
—        Gracias, Osmar. Mucho gusto de conocerlo.
—        Don Huascar. El gusto es mío. ¿Está Fresia aquí?
—        Preferí no interrumpirlos, Osmar.
—        ¿Todo bien, Fresia?
—        Si. ¿Te gustan las salteñas?
—        No recuerdo cómo eran.
—        Pues aquí tienes dos. A ver qué te parecen. Llévales éstas a nuestras
huéspedes, ¿quieres?
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