LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Cuarto/3
Como la de Henry Ford II, la vida de Torokchi estuvo íntimamente relacionada con
la de los camiones Ford desde el momento mismo de su nacimiento, según la
leyenda local, que relata con todo detalle el último incidente en la accidentada foja
de servicios de un enorme camión rojo Ford sobre el que viajaban unas cincuenta
personas de todo sexo y edad como si fueran montadas en un elefante aunque
iban trepadas en una tonelada de carga compuesta de los más diversos
productos agrícolas del Altiplano hasta el momento mismo en que el camión se
puso a correr como si fuera un Mustang Coupe de dos puertas, metió las ruedas
delanteras en una zanja ancha como el río Orkojauira y dio una voltereta con el
entusiasmo de un niño de cinco años antes de caer de espaldas y matar en medio
de un griterío espeluznante a buena parte de ese grupo de ciudadanos, pero no a
todos, por fortuna.
Fue afortunado también que entre los sobrevivientes se contaran representantes
de ambos sexos en plena edad de merecer, accidente que en un primer momento
pareció un capricho absurdo del destino pero que luego fue demostrando su vital
importancia. Tan pronto se disiparon los quejidos, los aullidos, los gemidos y las
demandas de un auxilio que tardaría décadas en presentarse, los pasajeros que
pudieron repasar sus nerviosas manos por encima de sus aún temblorosas
humanidades y las hallaron completas aunque húmedas en partes y sucias por
otras partes aliviaron* sus primeras necesidades de un modo harto improvisado
pero, tan pronto se convencieron de que la vida continuaría al amanecer
siguiente, se empeñaron animosos en poner un poco de orden en la escena,
dedicaron las horas siguientes a enterrar a sus muertos en un lugar un tanto
alejado y  cerraron esa primera tarde con una comida improvisada pero
abundante, producto de los muchos bultos que habían aplastado a las víctimas del
incidente aquel.
Mientras comían, dice la leyenda, tomaron la decisión de enviar apenas
despuntara el nuevo sol a uno de los suyos, hombre de unos cincuenta años y de
aspecto campesino, es decir, sólido y aguantador, de retorno a la ciudad y la
civilización para anunciar el nefasto incidente que les privara de la oportunidad de
continuar la rutina aburrida y pobre de sus vidas y para solicitar que las
autoridades, cuyo deber era ocuparse de casos como el citado, enviaran los
auxilios y las provisiones que ciertamente necesita un grupo que ha sobrevivido
tras una voltereta de un camión Ford y espera con ansia una generosa expresión
del interés de sus hermanos hombres en su suerte y su futuro.
La leyenda cuenta también que, al amanecer siguiente, el campesino de marras
convenció a sus amigos sobrevivientes, apelando sobre todo a la suma de sus
experiencias personales, de que la expedición que le encomendaran sería una
pérdida vergonzosa e idiota del esfuerzo de ese campesino y de las esperanzas
de sus nuevos amigos. Se decidió entonces, puesto que el camión de marras no
era un chiste de vehículo sino un camión adulto y poderoso, que alguien en la
ciudad y la civilización que habían dejado atrás se daría cuenta tarde o temprano
de que el camión trágico había desaparecido y enviaría con suma urgencia las
vituallas en la que pensaban aún algunos entre nuestros supervivientes. Los
demás se dedicaron a analizar con gran cuidado cada bulto de la carga que yacía
esparcida por el suelo, cada pedazo del camión desperdigado por la fatal
voltereta y cada ser humano que aún respiraba en ese lugar.
Para hacerlo corto, esos pioneros fundaron allí mismo, sobre el motor del Ford ya
citado como fuente primera de energía y después de un opíparo desayuno, la
nueva comunidad de Torokchi, la misma que cuenta hoy con un medio centenar
de casas pintadas de colores muy monos, varias quintas cuidadas con sumo
esmero por las familias que las habitan, alguna que otra tienda dedicada a la
distribución local de gaseosas, bebidas espirituosas y comidas grasosas además
del pisco y la cerveza que son de rigor, siete canchas de fútbol y una escuela que
funciona cuando asoma un maestro, esto es, cada año bisiesto, con lo que los
niños de Torokchi son los más felices del mundo porque los maleducan sus
abuelos.
Final feliz que en poco o nada contribuye para eliminar la impresión que Torokchi
deja en los viajeros que pasan por allí como una exhalación, especialmente
gracias a la carretera que los gringos han construido por en medio mismo de este
poblado para unir La Paz y Lima y facilitar las cosas cuando sus Marines vengan a
liberar el área.
Tal carretera hace que muchos pasajeros de los buses interprovinciales jamás
hayan visto Torokchi porque se les ocurrió bostezar antes de entrar al pueblo y
acabaron de bostezar después de salir del mismo, incidente más común de lo que
creería cualquier despierto observador. Este fenómeno, que en habitantes de
otros centros urbanos provocaría ira e irritación de su sentido de amor y lealtad
por el lugar que les viera nacer, es por el contrario fuente de íntima y hasta
secreta satisfacción entre los torokchinos, casi todos herederos de un desprecio
ancestral, íntimo y secreto por todo lo que signifique carretera, civilización, ciudad,
Marines, auxilios, ayudas y otras expresiones del mundo exterior.
Esta medianoche, sin embargo, Torokchi vive otro de esos episodios tan difíciles
de creer para quienes lo visitan por accidente y que aparecen tan naturales,
lógicos y apropiados entre los naturales.
Es justamente cuando el sacristán Secundino Cuis se aplica con alma, vida y
corazón a la brutal tarea de hacer repicar las campanas de San Igidio Mayor en
doce oportunidades continuas cuando el destello de veinte faros antiaéreos
vendidos en 1953 como residuos británicos de la Batalla de Inglaterra lanzan sus
dedos fantasmales contra la noche oscura sembrada de estrellas de Torokchi
para subrayar el trazado de la carretera internacional y facilitar las cosas a un 747
pintado de negro por la panza, de oro por la nariz y de verde por la cola, y
permitirle un aterrizaje perfecto que lo deja parado sobre Torokchi como una
gallina batarasa sobre sus pollitos.
“Tata Airlines”, en gigantescas letras amarillas que lastiman el iris del ojo,
identifica a la aeronave, en cuyo interior late una multitud de emigrantes
bonaerenses un tanto sorprendidos de haber llegado tan pronto a Chicago. Para
evitarles nuevas inquietudes, la puerta posterior del aparato se abre con un
suspiro de fuelle, se traga a un grupo nada notable de personas de toda edad y
se cierra cuatro minutos y medio después.
Cuando el bueno de Cuis salta para provocar la undécima campanada, el 747
hace rugir sus motores con indiferencia de máquina. Cuando Cuis entrega casi el
aliento para cumplir con su misión musical, la nave se lanza a un correteo largo,
largo, largo como suspiro de enamorado y salta, ya muy lejos, para zambullirse en
la mar negra de la noche sin límites. Cuando el último eco de la campanada final
se pierde entre las gradas del Parque 16 de Octubre, fecha natal de Torokchi,
sólo un ojillo rojiazul parpadea casi sobre el horizonte antes de perderse en el
espacio sideral.
Si se hubiera filmado esta escena, la hubieran cerrado con un giro elegante y un
primer plano de una cruz de metal improvisada y clavada a la vera misma de la
carretera,  cruz sobre la que alguien ha hecho lo posible por escribir “Mario Paez
Suárez. 1954-20…”,  con las dos cifras últimas arrebatadas por el feroz, eterno y
helado viento del Altiplano.


Pobladores de Torokchi liberan a sospechosos a cambio de un camión
Tres presuntos "auteros" cayeron en manos de pobladores de Torokchi, una comunidad que
se encuentra a unos siete kilómetros de El Alto. Fueron acusados de ser ladrones de ganado y
tenían en su poder un vehículo robado.
Los campesinos aceptaron liberar a los sospechosos a cambio de que la Policía les deje el
camión.
Cerca de las 10 de la mañana de ayer, la Policía recibió el reporte de que existían
aprehendidos en peligro de ser linchados en Torokchi, por lo que se envió un contingente de
Orden y Seguridad al mando del coronel José Núñez, que llegó al lugar cerca de las 11.
Tras una larga negociación lograron que los pobladores liberen a Tomás Canaviri Solano de
33 años, a Milton C. de 17 y Javier Guarachi Nito de 34, que llegaron a la División de
Prevención del Robo de Vehículos a las 14 horas, precisó el director de la repartición, coronel
Luis Sologuren Herbas.
Los detenidos, que estaban a bordo de un Ford rojo con placas que no le correspondían, no
fueron muy golpeados y los comunarios los dejaron ir quedándose con el camión como
prenda. El vehículo figura como robado en La Paz, por lo que el caso se investiga y se
aguardan antecedentes de los tres detenidos.
Esta no es la primera vez que los pobladores de Torokchi retienen vehículos o personas
sospechosas. En un anterior caso, la Policía y el fiscal Randolf Montaño se trasladaron hasta
allí y verificaron que un auto arrebatado a un grupo de sospechosos fue ocultado entre ramas y
arbustos para posteriormente pedir rescate por él.
* Caca  = del griego,  
kakos "malo" - "Kakos"
viene de la palabra proto-
indo-europea para
"defecar”,  kaka, usada hoy
en todo Europa con ese
sentido.
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