LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Cuarto/2
El suspiro de alivio que recorrió el país todo con el anuncio de la muerte del
General alcanzó el enorme escritorio de Don Humberto Endara Corrales cuando el
cuarto de sus hijos leía la prensa nacional para disimular de algún modo una
inquietud inexplicable que le había atacado durante las últimas horas. Damas de
buenas piernas en radioemisoras y canales de televisión repetían la noticia como
si anunciaran un triunfo inesperado en el Mundial, víctimas de un falso entusiasmo
mal aplicado por la costumbre a un texto que leían como loros.
Como un viento caprichoso, el remolino de aire turbio le enredó las lecturas y
Huascar se quedó mirando por la ventana sin ver otra cosa que las dudas que le
atacaban después de haber concluido su misión: su hija descansaba muy
tranquila y leyendo a cinco pasos del escritorio, Fresia parecía ocupada con su
ordenador y el cuarto miembro del grupo había anunciado ya su retorno. Todo
estaba dispuesto en la casa secreta del coronel Mostacedo para que la tía Nilda
volviera a asomar en cualquier rincón. Sus actuales ocupantes desaparecerían
como fantasmas y el polvo y las sombras volverían a dominar el lugar.
—        ¿Todo está listo, entonces?
—        Todo listo, Huascar.
—        ¿Nada nuevo sobre el Gordo Suárez?
—         Ha desaparecido, pero esta no es la primera vez que desaparece. No
tenemos razón para creer que ha sufrido algún accidente. Alguien lo verá en
cualquier momento y ya sabremos de sus aventuras.
—        Tengo una mala intuición.
—        Pues mejor sería desear que esté sano y bueno, ¿no le parece?  
—        Si, mejor sería. ¿Y de Justina, nada tampoco?
—        Lo último que sé es que Paez la arrestó. Pero no está en el Ministerio. O
por lo menos, nadie la vio llegar ni salir de ese sótano. Es posible que Paez se la
haya llevado a otra casa secreta de detención, pero nada sabemos de Paez ni de
su cautiva.
—         ¿Qué le dice la voz de la experiencia, Fresia?
—        Su marido piensa que Justina ha muerto.
—        ¿Y usted?
—        No pienso nada. Espero. No creo que Paez la matara. ¿Por qué la
mataría? Si la detuvo, fue para saber qué relación existe entre ella y usted,
Huascar. Tal vez para que ella le tendiera una trampa y usted cayera en ella.
Fracasó en ese intento, claro. ¿De qué le sirve ahora? Pronto escucharemos algo
sobre Justina también, Huascar. Como digo, espero y apuesto a lo mejor.
—        ¿El Tano?
—        Bignati está en su casa y con su familia. Nadie ha vuelto a molestarlo
desde que Paez le diera el pasaje de salida.
—        Eso es muy bueno. Hubiera sido terrible que le hicieran daño sólo porque
habló conmigo.
—        Si, pero nos ha dejado saber que mejor sería que no vuelva usted a
visitarlo hasta que la polvareda se asiente un poco. Las extrañas muertes de esta
semana han asomado al circuito de los rumores. Mostacedo era la estrella de la
hora hasta que el General lo reemplazó… Esta no sido una semana como
cualquier otra.
—        Bueno, la verdad es que no lo fue. No. No lo fue.
—        Me extraña que no pregunte usted por James Morgan.
—        ¿Qué sabemos sobre Morgan, ya que lo menciona?
—         Fue capturado en una operación sensacional a dos cuadras del Ministerio.
—        Eso yo no lo sabía. ¿Quién lo capturó?
—         Si vamos a creer en lo que escuchamos por ahí,  fueron los cubanos,
Huascar.
—        ¿Los cubanos? ¿La Habana?
—        Si, Huascar.
—        ¿Qué interés puede tener La Habana en un hombre como Morgan?
—        Los rumores dicen que lo entregaron a la gente de Saddam Hussein…
Pero se me hace algo difícil de tragar.
—        Bueno, Fresia, Morgan no era un tipo cualquiera. Era un tío muy especial.
—         Nunca parpadeaba, Fresia. Tenía una sonrisa de estrella de cine y tenía
un físico perfecto.
—        ¿Tanto así, Isabela?
—        Pero, si. Sólo Osmar me parece más guapo que Jim.
—        ¿Jim?
—        El mismo me pidió que lo llamara así, Jim. Me hizo dormir con una Coca
Cola especial hasta que papá apareció. En cierto sentido, creo que quiso
protegernos.
—        Si, Fresia. Mientras estuvo conmigo, me dio la impresión de que se dejaba
llevar por su simpatía hacia nosotros y nuestra gente. Lo cual me parece muy raro.
—        ¿Por qué, Huascar?
—        Pues porque Jim no era humano. Era un robot, una máquina con miembros
de carne y hierro. Un organismo cibernético, o ciborg, no sé si ha oído usted
sobre esas criaturas.
—        Si, claro. Pero no creí que esa tecnología hubiera avanzado tanto.
—        ¿El Hombre de los Seis Millones, papá?
—         No es broma, Isabela. Morgan es el nuevo soldado del Imperio.
—        ¿Tú lo crees, papá?
—        Lo sé, Isabela. Lo sé.
—        Esa es, entonces, la peor noticia de la semana, Huascar.
—        Si, creo que si.
—        Pero entonces, ¿cuál sería la moraleja de esta aventura?
—        Si es posible alguna…
—        ¿Si, papá?
—        Pues, tal vez que lo único que necesitan los hombres malos para dominar
el mundo es que los hombres buenos no hagan nada.
—        Sería genial si los hombres buenos tuvieran una sola dirección e-mail…
¿No, papá?
—        Siempre podemos soñar, Isabela.
—        Pero esta vez los hombres buenos no perdieron la partida, Huascar.
—        No. Parece que no, Fresia. Gracias a usted.  
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