LA AVENTURA
DEL ANULAR
EXTRAVIADO
Domingo - Cuarto/1
Marito terminó de morirse una tarde de sol cruento, y apenas cumplió con su
palabra, aunque tarde, infinitas caravanas de dolientes comenzaron a moverse
como columnas de hormigas marabunta cruzando sin prisa ni pausa la sabana y
las selvas y las junglas del continente. Las  multitudes de adláteres que,
convertidos en gitanos de barba y jaleo, se valieran de su muerte ineludible para
celebrar parrilladas masivas en que se despacharan vaca y media y agotaran las
existencias de cerveza de cien poblados a la redonda, se alejaban a toda prisa
ahora, no para cantar las virtudes de quien los tuviera bajo un pulgar de hierro ni
mostrar una gratitud que nunca podrían sentir después de 40 años de constante
extorsión, explotación y sometimiento, sino para ofrecerse a algún nuevo caudillo
ambicioso y criminal que también valorara sus más bajos instintos, los
compensara con una impunidad absurda a cambio de sus servicios y conformara
a la brevedad posible una nueva banda de saqueadores bajo otra sigla política
tan caprichosa como la que inventara el difunto.
Como es costumbre en estos casos, nadie supo quien lo descubrió ni cómo se dio
mañas para comunicarlo a las muchedumbres, pero apenas emitió el moribundo
un aliento de chiste no compensado por una aspiración leve como de mosquito,
un murmullo aterrador que pareció nacer de la Pachamama se extendió hacia los
cuatro puntos cardinales y el famoso médico venido para firmar una partida de
defunción en que no faltaran los acentos, las comas y los punto seguido que
demandaban las circunstancias sufrió un susto de padre y señor mío porque el
suspiro que registró no provino de su protector y cómplice, sino de esa masa
amorfa y feroz con la que se amasa la historia, y fue de modo indistinto un suspiro
de alivio y no de agonía.
La bestia que tan bien conocen los toreros y no tiene piedad  ni cuernos dejó ver
a los ahora ya escasos ocupantes de la hacienda una infinita variedad de
espaldas y muchos traseros desnudos segundos antes de iniciar una retirada
violenta que lo dejó todo convertido en un patio de estadio deportivo tras un
encuentro internacional de fútbol.
Entre los residuos abandonados por el grupo político en instantánea disolución
era posible ver ahora los carteles de contenido alterado por el ingenio popular de
modo que hiciera un insulto de lo que minutos antes había sido un elogio,
incontables banderas con los colores partidarios casi disueltos porque tales
trapos habían sido usados en inodoros improvisados e incapaces de hacer honor
a su nombre y muchas, demasiadas fotografías impresas del conductor nefasto de
pueblos que ya gozaba de la gloria divina transformadas en burdas caricaturas
por anteojos dibujados, bigotes pintados con carbón, barbas de todo estilo y
época trazadas con los más extraños y hediondos materiales y aditamentos
similares que contribuían, cada cual a su manera, a crear una impresión
totalmente distinta de la que buscara durante muchas horas de palabrotas y
sufrimientos para el fotógrafo oficial un hombre más o menos menudo alentado
por la seguridad de haber entrado en la historia local a lomo de sus muchos
delitos.
Si bien el nuevo basural inmenso resultó marco apropiado para lo que alguno
entre tantos miles debió considerar en su densa inocencia una desgracia nacional
y la actitud de los presentes no asociados con el muerto mediante lazos de sangre
anunciaba otra partida apresurada aunque menor y más capaz de guardar las
formas, la verdad pura y simple es que nadie se dio el trabajo de mirar al cadáver
debutante después de que el galeno de  prestigio se retirara a un baño privado
para aliviar su dolor, ni nadie vio con la sorpresa que lo merecía la formidable
sonrisa de satisfacción que se había constituido en la característica más
extraordinaria de lo que por otra parte no parecía más que un macaco ínfimo
totalmente afeitado y blanco metido en un lujoso ataúd que resultara para él más
grande que el desierto de Atacama.
Era esta una risa helada que desafiaba a vivos y muertos y se las arreglaba para
expresar de un modo que era tan sincero como obsceno la conciencia de triunfo
indiscutible con que el dictador difunto había iniciado su último viaje. Vista de
perfil, era la imagen de una carcajada bestial que parecía tener alientos para
cruzar el universo sólo para cantar el absoluto orgullo de quien cerraba el violento
capítulo que su nombre simbolizaría para siempre con una victoria que las
generaciones que llevaban su misma sangre en las venas bendecirían durante
siglos, porque siglos había de durar la dinastía anónima que dejaba más rica que
muchas familias europeas de rancia nobleza, esa familia extendida que vivía y
gozaba de mansiones en las capitales del mundo, se educaba desde hacía años
en las mejores universidades, tenía metidos los dedos en las empresas más
poderosas, urdía entre perfumes y sombras matrimonios y otras sociedades de
diverso disfraz que habían de empotrarla entre los poderosos de este mundo y
gozaba de cuentas corrientes codificadas o simples en los cinco continentes.  
Ese rictus definitivo era el gesto eterno del ángel burlón con el cual firmara el
pacto escrupulosamente respetado que hizo posibles edificios enormes en
ciudades próximas o lejanas a nombre de quienes le dedicaran un crimen o le
facilitaran las cosas con un asesinato, recordaran el diezmo para su persona al
vender a agentes extranjeros aquello mismo que ante la televisión pública jurara
él defender con su sangre y con su honor, los que habían vendido literalmente la
sangre de los humildes en limpios botellones de plástico para exportarla a lejanos
puertos, los que habían vaciados los pozos petroleros en sus propios bolsillos sin
olvidar su tajada, los que con él se reirían por siempre y para siempre de los
tísicos, los hambrientos, los ignorantes, los robados y estafados, los torturados,
amputados, violados, asesinados y desaparecidos, todos aquellos, en fin, contra
los cuales sacaba una lengua cruel y  pícara en un gesto impúdico que el ángel
negro eterno haría durar mientras la especie durara.
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