DIOS
+
Dice:
El problema de Dios es Dios para el Hombre.
El problema de Dios es el Hombre para Dios.
El problema de Dios comienza dentro del Hombre apenas el Hombre nace y toma consciencia de sí
mismo: en esa diástole toma consciencia de Dios como ese Otro que está vigilándolo desde detrás del
hombro. Sólo al morir aprenderá que con la muerte del Hombre llega el fin del problema de Dios: al
desaparecer el Hombre también Dios desaparece, con lo que se soluciona el problema; no del mejor
modo, pero se soluciona.

El problema de Dios comienza para Dios apenas el Hombre nace y Dios toma consciencia del Hombre:
con esa sístole comienza Dios a vigilar a ese otro desde dentro de Su consciencia. Sólo al morir el
Hombre aprenderá Dios que con esa muerte llega el fin del problema del Hombre: al desaparecer el
Hombre también el problema desaparece, con lo que se soluciona; no del mejor modo, pero se
soluciona.

El problema de Dios es para el Hombre la causa demente y caprichosa de la violencia, el crimen, la
maldad y el terror que conocerá durante todos sus días. Aprenderá que todos los sufrimientos animales
y humanos están atados al Ojo que le persigue desde que nació pero jamás entenderá por qué tienen
que ser así las cosas, sobre todo cuando entiende tan bien y con tanta facilidad que no hay razón
valedera ni justificativo para que así sean. Bien pudo no haber nacido nadie al nacer él y, porque nada
hubiera cambiado, bien pudo aprender a temer y odiar las causas del sufrimiento sin ponerles un
nombre caprichoso, el de Dios. Entiende por qué este nombre le llena de pavor, pero nada le impide
detestar este accidente.        

Y sin embargo aprenderá a amar esta sombra clara con la que monologa todos sus días; le asignará el
rol de la esperanza última en un orbe donde la esperanza inane fue inventada por el Hombre en su
desesperación por sobrevivir; le atribuirá cualidades y virtudes que sólo encontró en sí mismo a pesar
de la inmensidad del Universo material; hallará que jamás se verá libre de ese Otro que le persigue.
Pero afirmará que, de poder elegir, elegiría un Universo en el que ese Ojo no lo acosara.

Así pues, el problema de Dios para el Hombre es Dios. Si Dios desaparece, el problema desaparece.
¿Por qué, cuando nace el Hombre, le nace ese Otro?
Porque el Hombre ha solucionado todos los problemas menos este. Porque, después de haber
destruido a todos los dioses, no puede destruir a este Dios porque no ha develado Su misterio.
¿Cuál es el misterio de este, el último Dios?
La Muerte.

Desde la creación de este Universo material, el Hombre no ha solucionado el misterio de la Muerte.
Habla y escribe sobre Dios cada día y desde que el Hombre existe, pero el Hombre nada sabe sobre
Dios. Nada puede decir sobre Dios.
¿Por qué habla, grita, exige, escribe y compone sobre Dios?
Sus aullidos son la medida de su necesidad y de su angustia.
Su necesidad de Dios es tanta que le ha dado vida.
Su soledad sin el Ojo es tal que enloquece y se destruye cuando la reconoce.
Por eso lo ha inventado. Para eludir el misterio de la muerte. O, por lo menos, para enfrentarlo cuando
siente cerca a la muerte.

Mudo, indiferente, cruel, Dios es la bandera de la crueldad humana, la excusa de los crímenes
humanos, la justificación de los pecados humanos contra los humanos y las especies. No hay pecados
diferentes: pecar contra Dios involucra Su complicidad, un absurdo imposible.
El Hombre tiene que pedir la licencia divina para matar. Ora, implora y la logra. Luego mata.
Donde Dios está, la raza tiembla. Donde se insinúa el Ojo, la violencia ruge.
Donde adoran Su Nombre, Su Nombre destruye, quema y mata.
Dios la invoca y la impone, pero no destruye el misterio de la muerte.

Jamás habla. Jamás ha hablado. La violencia es su idioma. Y con la violencia se expresa.
Su silencio es ese silencio que los humanos poderosos – sacerdotes, generales, prostitutas - le copian.
Este Dios último, el Dios de la Muerte.  

Entre Sus virtudes halla el Hombre dos: la ironía y la belleza. O la Ironía y la Belleza, porque así
deberíamos respetarlas, dada su importancia.

Dada su tradición de tratar a Dios con un exagerado infantilismo y un pretendido respeto hecho de
genuflexiones, el Hombre ha negado a Dios el derecho de reír, sonreír, burlarse de los demás y bromear
con propios y extraños. Goethe parece haber sido el primero en descubrir que Dios nunca ríe cuando
aparece en las historias inventadas por el Hombre. Quien sospecha Su presencia en todos los
universos sabe de Su caprichoso sentido del humor: como nosotros, tampoco El podría conservar Su
cordura sin esta virtud amable. Se ríe de nosotros, pero nos ha enseñado a reír al reírse; reímos desde
entonces. Los más sabios ríen con El.

La Belleza es Su otro don. Si la Ironía nos permite caminar, la Belleza justifica el caminar y el camino. La
capacidad de percibirla es nuestro mayor consuelo. Porque ella existe y podemos sentir y saber que
existe hemos aceptado todas las pestes, los horrores y los crímenes que El ha lanzado con y contra
nosotros. Es porque vemos y percibimos la Belleza que hemos aprendido a amar. La amamos en todos
los objetos y sueños que toca y la confundimos con sueños y objetos. Nadie puede eludir su hechizo, ni
los elegidos ni los monstruos. Todos aprendemos a amarla. Si los universos no fueran una danza de
absurdos, sería de ella y de nuestro amor por ella que nacería lo que llaman el Perdón de Dios.
Pero nos basta con su presencia: la Belleza justifica cada instante.
÷
Dice:
Cuenta que la primera vez que Él le habló fue cuando fugaba de la patria perseguido por los militares y
logró meterse en un avión comercial alemán; el avión despegó después de dos sustos grandes y quiso
celebrar su salvación bebiéndose un wiski con hielo. Lo tenía en la mano cuando escuchó esa voz
masculina: ‘No es por ti, Arturo. No es por ti. Es por los inocentes’.
Jamás olvidó esa voz, dice.
÷
Dice:
Relata que la segunda vez que Él le habló fue cuando, después de esperar durante más de treinta años
el milagro que debió cambiarle la vida toda, devolverle la dignidad y darle su lugar en el mundo,
preguntó sin pensarlo mucho, ‘Padre, ¿por qué me has abandonado?’ y escuchó al instante: ‘No te he
abandonado. Jamás estuve contigo’.
÷
Dice:
Dice luego que hoy entiende ese largo malentendido: “De muy niño, apenas aprendí a leer hice un
pacto con Él: yo escribiría bien y El haría que el mundo me descubriera. Yo sería rico y famoso.
“Poco después aprendí que nacer aquí era un desventaja enorme, pero me dije: ‘si con Él, ¿quién
contra mí?’ Así que comencé a escribir y nunca he dejado de escribir….
Lo que sucede es que yo lo tomé como un pacto pero El jamás lo aceptó. Él siempre supo que yo soy
un maldito; yo no, claro. Él es el sembrador”.
÷
Dice:
Aprendí que el sembrador me había arrojado entre las piedras cuando recordé que mi primer acto
sexual fue acostarme dos años antes del kindergarten con un niño menor que yo. Jugábamos desnudos
y él era mi ‘mujer’. Ninguno tenía idea del sexo, así que nunca hubo en el mundo amor más púdico o
espiritual. Poco después descubrí que fue un crimen y un pecado. Algo se quebró para siempre y tal vez
allí nació el rebelde y el orgullo de ser un maldito: si nacemos ya condenados y antes de entender nada,
sólo nos queda aceptarla y usar esa condena.
Él, claro, no concibe la democracia.   
÷
Dice:
Que existe, existe: eso lo sé. ¿Para qué sirve? Nunca lo supe. Más fácil sería todo si no existiera, si no
tuviéramos idea alguna sobre un ente como El.
Para los abuelos de mis abuelos, era una cuestión de fe; para nosotros es parte de nuestra
programación: estamos programados para creer que existe.
Haga el experimento ahora: niéguelo. Haga un esfuerzo: remplácelo en su mente con una nube negra,
un monstruo inter-estelar, un ángel de alas blancas. No puede, ¿ve? Esta allí todavía y es el Cristo de la
tarjeta de su Primera Comunión. Es la cara inventada por un griego ortodoxo.
No podemos negarlo. No podemos matarlo. No podemos hacer nada con El, a no ser conversar en
monólogos tontos.
Yo lo trato como si fuera el genio de Aladino. Cuando descubrí que así era y es así, le pedí disculpas:
‘Cómo yo, a un Dios como Tú…. Etc. Etc’. Después entendí que lo entiende mejor.
Y después, que todo le importa un pepino.
Desde entonces hablo con El a cada instante. Es el amigo callado con el que intento vencer la soledad.
Muchas veces lo logro. Tal vez sirve sólo para eso. A otros, ni para eso.
Pero yo sé que es casi eterno. O lo será hasta el día en que matemos a la muerte. Digo, como misterio.
Ese día El morirá.
÷
Dice:
Es un Dios salvaje: basta mirar lo que creó y pensar en esos orgasmos: Mirad: la Vía Láctea, su semen.
Es un Dios cruel: consideremos, hermanos, el sufrimiento de la especie. Y el dolor de las especies. Y el
sufrimiento de cada uno de vosotros, cada uno como lo que es: un universo único y solitario y preso
dentro de sí mismo. ¿Qué Dios puede concebir siete mil millones de celdas solitarias por una eternidad y
dedicadas al sufrimiento?
Ha sido loco siempre: ningún universo tiene ni ha tenido sentido ni lógica.
÷
Dice:
Durante seis décadas oré cada noche: ‘…hágase Tu voluntad así en la tierra…’ hasta que en una
epifanía lo supe: Siempre se hizo y se hace Su voluntad. Siempre. Todo lo que sucede obedece Su
voluntad. Desde hace sesenta mil años, cada segundo. Imaginé Su voluntad durante los últimos dos mil
años: inmensos diluvios de sangre, horrendas masacres de horizonte a horizonte. Mi  imaginación es tan
limitada que salvó mi cordura.
÷
Dice:
El objetivo final, la estrella inalcanzable, es entender los universos; sólo las almas tibias ambicionan
salvarse.  
÷
Dice:
He aquí mi vida: Creí en Dios apenas nací; deseché el azar. Descubrí entonces el vacío que llamé
vocación. Inventé el pacto: “Escribiré todos los días de mi vida, Señor, y me harás rico y famoso”. Escribí
como mejor pude durante todos mis días. Vi pasar a Vargas Llosa desde su niñez hasta su Nobel, a
García Márquez desde Bogotá hasta su demencia final, a cien y uno entre los benditos de Dios. Por fin,
agotado, enfermo y solo, atiné a susurrar: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”  Le escuché tras
sesenta años: “No te abandoné. Nunca estuve contigo”.
  
SIGUE