Su Opinión
Los Decretazos del Presidente
Arturo

Como sin duda recordará el respetable, no hace dos meses que el Senador John
McCain creyó haber logrado una gran victoria para la civilización occidental cuando el
Congreso del que hace parte lanzó al mundo una Ley McCain que prohibe en términos
claros y precisos a los militares gringos el uso de la tortura como medio de extraer
medias verdades a sus prisioneros.
A quienes no peinamos ni canas ya y venimos del Continente de la Desesperanza, ese
“triunfo” de McCain no hizo más que arrancarnos una amarga sonrisa; hace más de
medio siglo que los gringos y sus compinches sudamericanos, asesorados por
especialistas israelíes, vienen torturando gentes a niveles excepcionales en público o
en secreto.
Pero eso no tiene ninguna importancia, como decía Kissinger, porque “la historia no se
hace en el Sur, sino en el Norte”, así que mejor volvemos a McCain y su  Ley Anti-
Tortura # Uno.
McCain es conocido porque cuando los norvietnamitas bajaron su avión (los
bombardeaba él para enseñarles democracia) lo alojaron en el ya olvidado Hanoi
Hilton, una prisión de terrible fama, y lo torturaron durante meses y meses y meses
hasta que salió de allí sabe Dios cómo. Hoy, algunos gringos lo respetan porque
conoce la tortura por el otro extremo, digamos.
El caso es que le costó un ojo de la cara el hacer aprobar esa su Ley. La bola que
lleva a ese lado de la cara es de antes: es un cáncer que se está haciendo curar a
rajatabla porque quiere  ser el próximo Presidente de su país. Su Ley es muy buena:
no permite resquicio para eludirla.
A menos que usted sea Jorgito W. Bush.
Cuando se aprobó su Ley, McCain fue invitado a la Casa Blanca para que toda la
prensa viera cuan agasajado era por Bush y con cuanta satisfacción firmaría Bush esa
ley. Hubo fotos, abrazos, promesas de “johnicito, yo te amo”, y etc., etc. y McCain salió
feliz de la cueva de la fiera, creyendo haber servido a la humanidad ese día.
No pasaba McCain de la puerta de calle cuando Bush firmaba su primer decretazo
autorizando la tortura de presos y presas, niños y niñas, donde fuera necesario para el
triunfo de la libertad y la democracia.
Aquí es donde debo citar el Editorial del 15 de Enero pasado del New York Times, del
que me robo descaradamente los detalles de esta historia. Si fuera a contarla sin ese
apoyo, la mentalidad de mis lectores del Tercer Mundo les impediría creerme, ¿no?
Este descarado modo de burlarse de la ley “porque yo soy el Presidente, y el que no
está conmigo está contra mí”, es el modo en que viene gobernando Bush desde el
9/11.
Pero en cuanto al tema de la tortura, hay un detalle que espeluzna: los torturadores
gringos no pueden comenzar su labor si no han recibido un “decretazo” especial
firmado por el mismo Presidente Bush que les autoriza a torturar a ese prisionero
especifico. Es decir, Bush es personalmente responsable de cada caso de tortura que
se comete.
Su argumento es que Bush está por encima de toda ley porque está en guerra contra
bin Laden. Ese argumento hará llorar a Washington en su tumba y mojarse los
calzones a Jefferson en la suya. Destruye todos los valores civilizados en que decía
fundarse USA, hoy una dictadura igual al Congo, detalle va, detalle viene, con perdón
de los negros.
Bush ha estado usando sus decretazos para violar todos los artículos de la
Constitución. Su compinche “Speedy” González, hoy Secretario de Justicia (ya esto
suena a novela del Boom) y un coreano nacionalizado con cara de sartén quemado y
apellidado Yoo (¡qué símbolo!) son los principales “genios” que argumentan su
posición: “¡Yo soy el estado!”, como decía el patrón de Rubirosa.   
Es bajo ese poder que vive el mundo desde el 9/11. La muerte de más de cien mil
iraquíes (“alguien tiene que pagar el 9/11”) y los horrores que nos falta ver todavía
son, como con Hitler, responsabilidad personal del actual ocupante de la Casa Blanca.
Arturo von Vacano