Nunca, a pesar del buen diente que le caracteriza, supimos lo que era volumen,
redondez, obesidad, gordura. Nunca. Nunca, hasta esa mañana de hace cuánto sería
cuando, en dos minutos, inflamos nuestra esbeltez de poeta hambreado hasta sufrir
esta abundancia grosera del glotón irredento que es bandera del cristianismo poblano.
Lo llaman ventriculitis. Es la rápida aparición a lo largo de los intestinos de todo calibre
de bolsillos de piel gelatinosa que se llenan de materia a medio digerir y parecen bolas
de agua densa pegadas a un eje de grasa… Ni quiero recordar la agonía espantosa
que significó el sentir ese crecimiento acelerado y sorpresivo del propio vientre,
fenómeno inexplicable en un primer momento, e inaceptable, vibrador, que me
transformó ante sus ojos, clavados en mí y en un espejo de cuerpo entero, en una
esfera de carne casi perfecta que colgaba como una pelota con barba negra de un
cuerpo blanco y delgado, flacos brazos y piernas flacas, y nos hizo una caricatura
perenne desde ese instante.
Si bien hubo días en que aumenté mi volumen y me hice notar, la verdad verdadera fue
que todo el Sistema fue y era delgado durante décadas y el mundo me aceptó como tal
hasta aquel trágico momento.
La vida se hizo difícil para mí después de esa mutación cruel, y angustiosa para él.
Difícil porque hay días en que parezco una tinaja de goma llena de agua o qué cosas
más habrá allí dentro, y angustiosa para él porque operaciones simples como la de
orinar son hoy motivo de enervante inquietud: no se sabe nunca si el meado tomará
forma de ducha, adoptará la languidez del agua que brota de una fuente francesa
antigua o saldrá tosiendo y escupiendo andanadas como un tísico cualquiera. Así
hemos aprendido uno de los grandes secretos de la civilización: poquísimos son y han
sido los varones que supieron controlar como artistas o prodigios el flujo de sus
meados: lo atestiguan las inundaciones en miniatura que rodean a cualquier mingitorio
público, testigo y prueba de ese arte tan exigente, el de orinar con buena puntería y
mejor fortuna.
Habrá quienes afirmen que tales problemas no son míos sino que debe solucionarlos el
pene, mi amigo de allí abajo.  Los tomo por míos porque el principal obstáculo para un
meado decente es el volumen del vientre que, exagerado,  impide ver con exactitud la
trayectoria del pis y, en consecuencia, impide el buen manejo de los dedos necesarios
para dirigir el aparato ese, largo, resbaloso y caprichoso a veces y otras pequeño
como un fideo apenas visible.
No puedo dejar de lado mis penas sin referirme a otro problema creado por este mal
tan cruel e indiferente: desde que lo sufro no sabemos qué diablos hacer para llevar
un par de pantalones con soltura y comodidad.
Los cueros que fijamos en la cintura al comenzar el día no tardan sino minutos en
deslizarse hasta forzarnos a sujetar los pantalones si no con una mano con ambas, y si
ambas andan ocupadas bien puede suceder que el mundo se entere del color que
preferimos para nuestros calzoncillos, el verde. Hoy hay gentes a las que un andar
voluntario en exhibiciones de ese tipo (el cinturón encima del pene) les parece la mar
de elegante y atractivo, lo que demuestra lo brutas que pueden ser. Ancianos como
somos, llevamos todavía con nosotros un tantico de pudor y no nos es difícil enviar a la
mierda a esos exhibicionistas salvajes… Si usamos tirantes para colgar los pantalones
de los hombros, ello significa otra molestia, una que lastima los hombros; así, hemos
venido a valorar el atuendo que más conviene a gente como nosotros, portadores de
vientres amplios y redondos y de paciencia corta y violenta: el de Adán.
La primera vez que se nos ocurrió salir al jardín así desvestidos nadie inventó una
excusa mejor que un violento e inesperado ataque de senectud, cosa que ni el Sistema
ni yo estuvimos dispuestos a aceptar: uno sale desnudo al jardín por dos razones muy
valederas: una, el jardín es nuestro; dos, nada hay más agradable que andar desnudo
cuando se mueve uno por este planeta portando una panza notable. Es casi imposible
creer que una situación tan sencilla haya podido dar pie a un escándalo como el que
todavía hoy recordamos con cierta indignación.
Para dar fin momentáneo a esta primera improvisación dedicada a demostrar mi
dominio de la palabra (don sorprendente e inesperado, si los hay) diré tan sólo que
volveré a experimentar con él aunque más no sea que para sorprenderme con los
resultados como le sucederá a quien quiera que estuviera escuchándome, cosa por lo
demás muy improbable, se me ocurre ya ya.
Gracias por su atención.  

Nada dijiste de las veces en que anduvieron por aquí, bisturí y sabe Dios qué cosas
más en mano, bajo el pretexto de que era menester salvarte el cuero y la grasa de un
final triste y doloroso cuando no violento y agitado… Recuerda la vez primera… Fue un
milagro de nuestro padre terrenal… ¿Por qué habría de interesar ello a nadie?  El
silencio es hermano mayor de la prudencia. Dirán que era mago, que era brujo dirán,
que sus manos mágicas adormecieron a mi apéndice inflamado, infectado y
envenenado y le hicieron dormir durante tres cuartos de siglo… A ver: tócame allí…
Allí, allí, allí digo… ¿Sigue allí?  ¿Duele? ¿No? ¿Nada duele? No, y no ha dolido
nunca…Mágica mano de mi padre terrenal…
Ese apéndice adormecido durante siete décadas es testigo y beneficiario de la única
operación exitosa que este cuerpo ha conocido… Yerras. Equivocas. Olvidas. Esta
operación no fue la mejor, no lo fue. No…. Duerme ahora. Duerme.

¿Qué del gas? No mencionaste siquiera el gas, aunque sabes que se está haciendo
cada vez más amenazador y peligroso… Más abundante y letal, hediondo a morir…  No
quise ser más craso de lo necesario durante mi debut como panza parlante,
¿entiendes? No. Es terrible esto de estar en desacuerdo con uno mismo… El vientre
que no se entiende con la panza… Es tan novedoso, por otro lado... Es el precio del
nuevo don, el del habla… Creo. Si, haz el tonto ahora: ¿Qué del gas?  ¿Qué? ¿Qué
del gas? Por supuesto que me referiré a este problema apenas se presente una buena
oportunidad… ¿Crees que trato de evitarlo? Sí. ¡Pues no! Digo que sí. ¡No, no, no! Ah,
feroz maldición parece ésta, la del habla… Digo que tal vez antes todo era mejor…
Cuando no contábamos más que con ese hedor insoportable pero muy fluido, como un
suspiro rebelde, para expresarnos, para llamar la atención… ¡Estás loco! ¡Estoy loco!
Nunca, nunca he estado en semejante desacuerdo conmigo mismo… Bien dicen que la
palabra es sendero de la demencia… Antes, el silencio infinito apenas cortado por…
Mejor es ahora. ¡No! ¡Sí! ¡No! ¡Sí! No sé qué decir… Nada digamos. Nada. Callemos
y… La palabra correcta sería ‘dormir’, ¿no? No. Sería ‘durmamos’.                 
SIGUE