1 - Contra el Viento y en la Plaza Vacía

Un milagro portentoso puso fin a la República, esos doscientos años de crímenes, imposturas y
canalladas increíbles: el triunfo inverosímil de un indio excepcional que se demuestra ya (2009) como
un excepcional Presidente en ruta perceptible hacia el martirio: signados por una fatalidad muy propia
de su cuna, sus pasos le llevaron a una asociación suicida con los uniformados, el partido político más
poderoso del país, como si nunca hubiera escuchado sobre aquel otro Presidente, excepcional también
medio siglo antes (aunque su Revolución no incluyera a los indios) porque deshizo con la derecha lo
que hiciera con la izquierda antes de entregar los restos de la nación destruida a un fascista que
convirtió al país todo en una celda y se mató o se hizo matar en un  helicóptero militar. Como su pueblo,
este indio Presidente que abre el milenio ignora u olvida el pasado y por ello lo repite. Recorrerá así su
Gólgota (cada hombre tiene el suyo) fácil de imaginar: con un nuevo “barrientazo”, Evo cuelga real o
simbólicamente del poste del Presidente Villarroel, asesinado porque no fuera “enemigo de los ricos
pero si más amigo de los pobres”.
La revolución de papel y tinta de Evo Morales puso fin a la República porque las acémilas descubiertas
por la Iglesia medio milenio antes se tomaron esa pausa para saberse humanos y se hallaron por fin
listas para seguir a su primer campeón indiscutido hasta las urnas y darle un poder sólido como un
fantasma que aun así de débil le permitió abolir la abominación republicana. La abolió en el papel pues,
trazando la histórica frontera que separa la torturada existencia de su país en dos: antes y después.
Con este plumazo, que tomará otro siglo para ser aceptado como paso esencial contra la discriminación
y la barbarie, cometió el error de VPE, pero al revés: si la Revolución Nacional se negó a incluir en 1950
al indio como ser humano, el eclipse de la República en 2006 no logró excluir a los explotadores, los
apátridas ni los sátrapas; no quiso derrocar a quienes la heredaron como instrumento de explotación,
expoliación, tortura y hambre aunque se dice que está muerta:  a la falsa elite de Olañetas que inspiró
el pistoletazo que hiriera al Gran Mariscal, a la chusma universitaria que colgó al Presidente Mártir, a la
bestia militar que despedazó a Marcelo Quiroga Santa Cruz, la que perdió la guerra del Mar y la del
Chaco, organizó cien genocidios, estableció el primer y único régimen de la cocaína que viera el
pasmado mundo y escribió doscientos años de historia militar tan vergonzosa y repugnante que sus
propios intérpretes se niegan a leerla, estudiarla y entenderla, condenando a víctimas y victimadores a
cruzar el  tiempo como un perro que gira mordiéndose eternamente la cola… Nada es más absurdo que
la vida en esa nación legendaria y  todavía mítica que agoniza sobre los Andes y entre las selvas y ya
casi agotadas, nada más triste que el sino de aquel que ni vive ni muere, condenado a medrar
disminuyendo las miserias propias al robar a sus hermanos, aquel que ha construido su hogar sobre
abusos, injusticias y latrocinios, esa elite que no tiene más sol que el de eternizar el estado abominable
de las cosas, que se encierra entre sus cuatro paredes  y cree que porque cierra los ojos el mundo
exterior no mira ni se pasma ante las salvajadas, los absurdos, las sandeces y las idioteces vulgares
que se cometen de día en día.
Zorro como es, el Presidente indio esperó apenas un par de días después de su juramento emocionado
para restablecer la red de explotación en la que crucificaría a su pueblo en su nuevo estilo: aprendió
veloz lo que aprendiera con sangre y tortura el otro, aquel VPE cuyo vicio fuera la política como un
póker despiadado, y se evitó los años de lucha y las colinas de cadáveres (La Revolución Frustrada del
pueblo boliviano, la más importante del  Continente de la Desesperanza después de la mejicana) para
entrar en lucha silenciosa pero cotidiana contra sus hermanos indios y privarles de sus tierras sin caer
en los brutos errores de su vecino el peruano Alan García y sus compinches que masacran y queman y
destruyen con el mismo fin: el de preparar el terreno para el progreso de las multinacionales cuando
haya sido por fin despejado de testigos inconvenientes.
Hoy como en el día en que llegó Almagro, las gentes con taparrabo plantan zancadillas infantiles a los
creadores del  Siglo XXI y son, como siempre han sido, un mosquito en el ojo del  civilizado civilizador
que quiere civilizarlos a como dé lugar: con acémilas tan tercas, tan decididas a negarse al suicidio
colectivo, no queda otra que el genocidio silente, diario y constante, mínimo cada hora pero siempre
capaz de producir cadáveres en serie, la miseria y el hambre cuando no la guerra local. Así se repite
aquí también la humana ironía que hace de países y naciones creados para felicidad y progreso de los
pueblos pretextos útiles para sacrificar masas inútiles e ignorantes en los altares de Pachacuti, Patria y
Libertad. La especie humana abunda hoy y sobra, abruma y se come el planeta; no es posible, pues, el
permiso que buscan los salvajes, los desnudos, los inocentes, para vivir en su tierra y a su manera:
fuego y plomo han sido siempre y mañana serán también los grandes niveladores que decidan las
características del Hombre Galáctico, conquistador de la estrellas, tras la solución del gran problema de
la especie, su asfixiante abundancia y su aparente incapacidad de convertirse en consumidores.
Pero hasta en las cumbres de los Andes y en sus selvas vírgenes (lo poco que queda de ellas) debe
decidirse también cada destino, el de cada hombre y el de cada pueblo. ¿Qué podría cambiar la trágica
suerte de ese pueblo habitante de la más agresiva de las geografías e intérprete de la más triste
cuando no la más absurda de las historias? Prudente es cuando no siempre mira hacia atrás porque no
vería otra cosa que vergüenzas, humillaciones, traiciones y crímenes. Pero es suicida cuando opta por
repetir la conducta de sus anteriores y se empeña en negar la existencia del mundo exterior sólo
porque se ve tan atrasado que se juzga ya imposible como competidor.
La fatalidad, siempre tan burlona ella, le da el ejemplo claro y transparente cada fin de semana, cuando
sufre porque asiste a ese juego decaído que llama balompié mientras el resto del mundo lo practica
como fútbol. Su fútbol es caricatura del otro, del que juegan allá afuera. Recuperarás el mar cuando
domines en la cancha, parece decirle, y él elige la sordera y la ceguera: de vergonzosas derrotas está
hecho mi fanatismo carente de goles, confiesa.  ¿Es que tiene derecho a otros dos siglos del mismo
disparate? Su tradicional enemigo, el  ladrón de ese mar que reclama, infantil, afirmando su derecho
hecho de palabras huecas, se arma hasta los dientes en un orbe en el que “mis derecho son mis
cañones”, como decía Napoleón, un mundo en que se mata hoy miles cuando antes se mataba cientos,
y él apela a su condición de subdesarrollado y bárbaro para pedir  a las demás naciones paciencia
porque todavía no sale de sus pueblitos sin luz ni agua ni esperanza y porque no quiere salir. ¿Cuánto
más puede durar esta obstinación de mula cuando ya el agua potable se acaba, la tierra estéril se hace
desierto y los mares se comen islas y trepan para ahogar ciudades?
Esto es: ¿Por qué somos como somos? Y, ¿no nos cansaremos nunca de ser como somos? ¿Cuándo
acabaremos con la prostitución infantil? ¿Y cuándo, con el maltrato de las mujeres? ¿Cuándo, cuándo
con el robo, el abuso, el saqueo cometido contra los humildes?  ¿Es que nunca nos preguntaremos
cuándo acabaremos con todo y todo? ¿Ni nunca, nunca nos preguntaremos si merecemos que  nos
acaben (propios o extraños) de una buena vez?
Si, una vez por lo menos, ésta.
Tal vez es posible descubrir las pasiones asesinas y suicidas de un pueblo (tribu grande, en realidad;
nación aún no) mirando con cierta curiosidad esas pasiones en los individuos. Tal vez los futbolistas se
convierten en toneles de cerveza lentos y abrutados reflejando una debilidad común, no un accidente
fortuito. Tal vez la brutalidad infinita de los uniformados es natural porque es hija de la brutalidad
cotidiana de sus padres, hermanos, primos y queridas. ¿No se dice acaso que el militar es el pueblo en
uniforme? Tal vez amamos nuestra barbarie y desdeñamos el sufrimiento que ella causa entre los
débiles, entre los mansos, entre los que pagan el pato, como decimos entre jolgorio y jolgorio.
Y, pues, habrá que ser justo: pues que recordamos líneas arriba las glorias de quienes se ganan la vida
a patadas cada fin de semana, miremos una anécdota por lo menos sobre los que matan a patadas y,
con Evo, se apoderaron de las aduanas, se enriquecen “como cerdos para que otros vivan como
perros” y andan por allí a patada de ganso cada vez que truena un cohetillo. Esta es de 2010. Es un
video.
(Entre paréntesis: ¿percibe el lector, si es que está allí, el obsceno humor de estas escenas? No es de
quien las menciona; es de quienes las viven; mire en su recuerdo al futbolista borracho que trota
apenas tras una pelota que no ve; imagine al “teñente” que patea la cabeza del indito que se supone
está a su cuidado y lo mata. Son figuras muy propias de nuestro folklore, esto es, nuestra cultura.)
Pero vayamos a la anécdota.   
Un primer síntoma de que los uniformados hacen lo que les viene en gana con el gobierno de Evo fue el
insulto que las FF.AA. infligieron a la familia del mártir Marcelo Quiroga Santa Cruz cuando la medalla
del mismo nombre le fuera conferida a las FF.AA., responsables y culpables a todas luces del martirio y
asesinato de Quiroga Santa Cruz. Un otro insulto es el nivel en que viven el dictador y General García
Mesa y su compinche en Chonchocoro, prisión que para ellos es un hotel amplio y cómodo. No
deseando incomodar a la Bestia, los bolivianos han preferido olvidar sus reclamos sobre la
responsabilidad de los crímenes de García Mesa después de que Evo y su gobierno confesaran en
público su impotencia ante la negativa de los militares de aclarar esos hechos.
Pero el video en cuestión traiciona un fenómeno que, además de provocar unas primeras risas en el
observador desprevenido, debería  causar pavor en toda persona consciente porque retrata no sólo
una ignorancia abismal entre los militares sino también la conciencia de derrotados que les domina.
Como sabe cualquier escolar, el mar perdido por Bolivia baña las playas de un desierto cuya riqueza
parecía ser hace siglo y medio el guano. Ese fue el escenario de la guerra que enclaustró al país.
Dejando de lado ese “detalle”, el video en cuestión, destinado a exhibir el potencial bélico del ejército
actual, presenta 30 minutos de maniobras torpes en las lujuriosas selvas del Oriente boliviano, donde
lucharía, se supone, una guerra de guerrillas de la que saldría victorioso… Los generales dan por
hecho que tal guerra sería una invasión extranjera de Oeste a Este hasta tocar la frontera boliviana con
el Brasil, esto es, hasta borrar a Bolivia del mapa. Tal es su convencimiento que concluyen el tal video
gritando “¡Los Estamos Esperando!” sin mencionar siquiera que su misión es la misma desde hace más
de un siglo: reconquistar el territorio boliviano que fuera la salida al mar y descender desde los Andes
hasta Antofagasta.        
Este absurdo, como tantos otros, cuesta hambre, miseria, sufrimiento y muerte a los bolivianos. Es
posible porque el mundo respeta (cuando le conviene) un viejo concepto abstracto, el de soberanía. No
se exagera si se afirma que ha debido costarnos un millón de vidas durante 200 años. Los eventos
mundiales de la segunda década del Milenio parecen decir que la hora final de la soberanía como idea
universal pero trasnochada asoma en el horizonte, pero ello no es más que una esperanza optimista.
Hoy  nuestra realidad es la Bestia, otra vez.
Tales son los parámetros de la barbarie militar; dando un paso adelante (o hacia atrás, más bien), ¿es
dable hallarlos similares o iguales entre los bárbaros civiles? ¿Se da una predilección y no una
debilidad en un gusto retorcido y común que empuja hacia el asesinato de seres humanos indefensos,
hacia la tortura, hacia ritos brutales que demandan el descuartizamiento y la muerte por el fuego, un
fuego atizado por turriles de gasolina que puede durar demasiadas horas?
Si, y la escena de uno reciente pero no el último se llama Achacachi. Allí atraparon durante una fiesta
religiosa (la Iglesia y su obra civilizadora) a seis hombres y cinco mujeres que dizque eran ladrones, los
arrastraron hasta el estadio local, los desnudaron, apalearon y fracturaron sus huesos antes de
bañarlos en gasolina no para matarlos – la idea fue, más bien, la de prolongar esa agonía cubriéndolos
con frazadas y abandonándolos tras ese castigo.
Apenas se menciona este incidente los ciudadanos recuerdan aquel otro, perpetrado en Sucre el 24 de
mayo de 2008, cuando el sector local más educado sometió a un grupo abundante y representativo del
sector menos educado – léase clase media contra la indiada – y obligó a esos compatriotas suyos a
desnudarse en público, a someterse a una azotaina de padre y señor mío, a  cantar y jurar himnos y
canciones que jamás hubieran cantado ni jurado de propia voluntad, a arrastrarse como sierpes sin
más fin que el de salvar el lastimado pellejo.     
Un rasgo común entre todos estos incidentes es la ausencia de culpables: hace 200 años que se
practica la impunidad a mansalva y la razón es sencilla: ¿quién se anima a ponerle el cascabel al gato?
¿Quién se atreve, quién tiene el coraje o sufre de la locura de atreverse a buscar, atrapar, juzgar y
castigar a cualquier culpable? Nadie, pues, a menos que fuera suicida decidido. La impunidad general
es consecuencia directa e ineludible de la culpabilidad general: Nadie es ya inocente. Si todos pecan
por acción o inacción, ¿a quién puede convenirle la Justicia?
Cuando tales episodios se repiten hasta forzar a olvidarlos en la necesidad de hallar un punto de luz
para poder seguir viviendo, no es extraño que la conciencia común vaya adaptándose a este estado de
cosas hasta endurecerse; cuando se trata de la realidad desnuda o se intenta gritar contra la barbarie
común y cotidiana, las gentes se hacen ciegas y sordas. Odian a los que así gritan. Lejos de hallar
soluciones que condujeran al  bien general, los esfuerzos se reducen a la preservación del individuo y
de su placeres a cualquier precio y alientan una atmósfera delincuencial que es, como historia, nueva:
quienes vivieron una o dos generaciones, sesenta años, recuerdan los días no tan lejanos en que los
ataques cotidianos contra la niñez, las violaciones de hijas de la propia sangre, el rapto y comercio de
seres humanos, los descuartizamientos y otros actos bárbaros no eran distintivos de un pueblo al que
pudo criticarse por ignorante pero no por despiadado como hoy sucede. Las luchas políticas a balazos
respetaban a los inocentes y a los familiares de los combatientes; podía hablarse de generosidad y
hasta de nobleza entre esos luchadores; todavía viven testigos de episodios en que la lucha fratricida
no impedía gestos civilizados. Los conflictos armados incluían actos de decencia elemental. La crónica
roja era un accidente, no un detalle masivo de las tantas maldades que pueden sufrir y sufren
inocentes y pecadores…
¿Hasta dónde ha destruido esa bárbara historia las esperanzas de las generaciones? ¿Cuál, la imagen
íntima y secreta que portan o soportan los individuos del lugar en que nacieron? ¿Cómo ven su cuna
cuando la miran desde la sima profunda y honesta que a nadie confían ni nunca expresan?
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