EL CUARTO
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Dice:
Con este, y en contraste con el anterior, fui actor principal de un grave delito que creímos un juego
inocente antes de enterarnos de que era pecado imperdonable; éramos muy niños el día en que lo
cometimos. Lo cometimos entre risas, lo repetimos hasta aburrirnos y lo abandonamos sin pensarlo mucho;
después, al enterarnos de la gravedad de nuestra culpa, fue nuestro secreto exclusivo, el pecado del que
no hablamos nunca durante los días que vivimos juntos, los que vivimos separados para dialogar sólo de
mes en mes o año en año (pero jamás sobre este tema) o los momentos que se iban haciendo más y más
inanes contra nuestros deseos: interpretaba él el mundo de un modo que no permitía contradicción alguna;
argumentaba hasta el cansancio del mismo modo y manera y aunque viera que nadie podía estar de
acuerdo con sus opiniones, generalmente callejones lógicos sin salida. Ágil de mente y dueño de un humor
singular, era capaz de inventar chascos y cuchufletas durante horas: “Esa señora es más vieja que la
injusticia”, y lo que le cayó en su momento como anillo al dedo: “Hernán murió, dice su esposa: ambos
pasaron a mejor vida.” Sostenía debates hasta matar de agotamiento al más pintado. Parece que sus ideas
eran originales pero absurdas… Digo ‘parece’ porque también a mí me aplastó con su inagotable energía
verbal.
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Dice:
Hoy sufre de otra distinción malvada: ha sido el primero en morir. Debo al odio de los otros dos mi
ignorancia sobre cómo, cuándo, de qué ni dónde murió… La barbarie de mis hermanos les impidió
hacerme el mensaje de diez palabras que es un deber ineludible entre gentes civilizadas.  Debo a la
amabilidad de un pariente lejano la noticia de su muerte: vio un anuncio de una misa de siete días.
Después lo vi en malas fotos insertas en el Internet. Para entonces era él ya un fugitivo del mundo; más
viejo de lo que era, agachado sobre una joroba incipiente, un rictus amargo en la boca y el brillo de los
endiablados en los ojos. Esa foto duró poco allí: sus descendientes convencieron a su hija de que su
desaparición sería mejor…
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Dice:
Nadie creería que fue el más simpático de los cuatro, el más guapo (aunque no fuimos adonices, no), el
que conquistó a las mujeres más lindas de nuestro orbe común. Heredó el cabello azabache de su madre.
Era alto, no muy fuerte pero valiente hasta que dejó de serlo, y ese es otro misterio que discutiremos en el
infierno; él, cuyas cualidades personales parecían haberle designado para el futuro más brillante entre los
cuatro, fue como un cometa que se apaga apenas comienza a arder, como un fuego fatuo. Los días que
vivió desde su niñez hasta hacerse hombre fueron los de mis vagabundeos y aventuras, mi ausencia; me
había ido porque decidí que ese era el único modo de combatir la miseria familiar: quitar una boca de
nuestra magra mesa. También, porque mi estrella inalcanzable me forzó a perseguirla a poco de dejar las
aulas. Si creyó que contribuí a su ocaso prematuro porque le abandoné cuando más necesitaba de un
consejo prudente, creo que descubrió a poco que yo sería el menos indicado para ofrecer consejos de ese
calibre. De todos modos, nunca me echó en cara ese abandono del que no me creo culpable en su caso.
Nunca lo vi como un hermano menor y por ello de algún modo inferior; por el contrario, su actitud ante el
mundo y sus reacciones ante lo malo y lo bueno harían decir que era un tipo decidido, muy macho, de
pocas palabras, nunca vacilante. Tuvo muchos amigos que le fueron fieles, pienso, hasta que los vientos
de la vida se los llevaron.  Estudioso, esforzado, trabajador, hizo pequeña historia en la universidad: “No
sólo cumplió usted las reglas”, le dijo su mentor. “Hizo otras nuevas y mejores.” Se hizo de una profesión
con lauros y comenzó a desempeñarla con brillo y para orgullo de todos…
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Dice:
…y en esas estaba cuando volvimos a juntarnos y yo pataleaba en poder del Señor de las Moscas.
Durante tres años bebí como un corsario, peleé y me vi en trifulcas, me perdí en las noches de farra de mi
ciudad natal, recorrí los interminables callejones oscuros que describe tan bien Jaime Sáenz y comencé a
ahogarme en mis frustraciones de autor provinciano: no había modo de fugar de semejante destino y
pareció que no hallaría hasta matarme otro escape que el trago. El me prestó una pequeña fortuna para
pagar mis botellas durante esos meses negros y, al juzgarme ya perdido casi, me lanzó una advertencia: no
volvería a beber un solo trago en mi compañía. Creyó que con ello me detendría. No logró nada, por
supuesto, y mi fin hubiera sido el de esos desgraciados que nacen con un sino imposible entre nosotros, el
lento descenso desde el vicio hacia la nada. Me salvó el exilio: fugué a un país donde no es posible trabajar
cada día y beber cada noche. Avizorando una esperanza, abandoné el alcohol. Hoy es una etapa vencida
que trae malos recuerdos y varias penas pero treinta años sin cometer un solo exceso ni perderme en lo
que llamamos en el Altiplano un ‘trancazo’ me ayudan a sentirme casi redimido.
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Dice:
…y supe luego que había continuado su carrera de gerente y como tal  había visitado la capital del mundo
para alojarse en la madre de los hoteles, el Waldorf Astoria,  del que no se alejó más que un par cuadras a
la redonda mientras duró su visita. Era un ukuruna legítimo. Como la mayoría de las fotografías que
guardamos nosotros, casi todas aparecen sin gente: buscamos las horas en que las masas duermen o se
alejan para recopilar nuestros recuerdos. Odiamos las muchedumbres. Las suyas sobre ese viaje
capturaban las esquinas desiertas de las calles que rodean al gran hotel. Nada más, ni siquiera el gran
parque que todos visitan cuando pasan por allí.
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Dice:
…y me conto luego sus aventuras amorosas en selvas y llanos y no me sorprendí nada porque, como digo,
fue el más guapo. Se arrepintió un día de tales incidentes, sufriendo porque una mujer le amó hasta el
extremo de que una madre, suegra ilegal, le rogara que abandonara por favor a esa víctima, cuyos
sufrimientos estaba dispuesta la victima a soportar hasta agotar el resuello… Otras historias similares le
sirvieron luego para ilustrar su tema perenne y preferido, la idea de que el mundo estaba mal hecho, la
fatalidad le había tratado de mala manera y no hallaba modo de reordenar sus fichas. Le escuché en el
entendido de que mi papel era el de confesor mudo: nunca precisó ni pidió consejo alguno; sabía cómo
debía ser el mundo y luchaba para cambiarlo tratando de convencer a quien se pusiera a tiro de que
estaba acertado mientras los demás, todos los demás, erraban en este aspecto.
÷
Dice:
No conozco los detalles porque andaba ocupado por el mundo y solo recibía referencias e algunos amigos
de los viejos tiempos. Así, nada se sobre como perdió o desecho su privilegiada posición y decidió lanzarse
a conocer su patria para ganarse la vida;  trabajo en su oficio, me dijeron, y en otros varios. Fuera como
habrá sido, fue en las selvas del Beni donde encontró su Waterloo. Su misterio es hoy: ¿en qué consistió
su Waterloo?
÷
Dice:
Durante otras de mis esporádicas visitas lo encontré donde lo encontraría durante las siguientes hasta que
dejé de verlo: desgranaba sus días en un escritorio enano donde desarrollaba tareas inanes por un sueldo
de risa. Cumplía una rutina de oficinista, viajaba lento y cuidadoso en su peta anciano y fumaba, como yo,
uno tras otro. Nada decía ya, a no ser algún destello de su ingenio, sombra de lo que antes fuera. Atraía
todavía la mirada de algunas chicas en la calle, pero las ignoraba como a las moscas.
÷
Dice:
Nunca parecimos notarlo desde que fuera como mi hijo en su niñez hasta el momento en que se refirió por
descuido al incidente en que dejaran a mi esposa sin explicación ni un centavo tras malvender la herencia
maternal: era machista, él. Esa conversación nos separó por el resto de sus días. Me enseñó cuanta
influencia tienen las amistades y cuan poco queda de los recuerdos familiares.
Con sencillez y confianza, creyéndome de su lado también durante ese diálogo, hizo un relato sencillo un
poco largo del modo y manera en que decidieran hacer cuentas aquel día. Nada personal hubo en el
maltrato que sufrió ella de parte de sus parientes accidentales, recordó. Las otras féminas presentes
tampoco pudieron abrir el pico ni comentar el caso, siendo accidentales testigos, no más. Estuvieron allí
para escuchar y callar. ¿A quién se le pudo ocurrir que pudieran reclamar lo suyo o protestar? Absurda
idea. ‘Eran mujeres, ves tú’, dijo. ‘Son mujeres’. De modo que no, que todo se condujo de buena fe y tal vez
con algo de prisa pero, ¿recordar algo malo? Nada. ¿Torpeza? Ninguna. Todos actúan del mismo modo y
manera, tú sabes, afirmó. Le miré los ojos y, si, nada parecían ocultar. Hablaba de algo que le pareció
siempre lo más natural del mundo mientras la bilis empezaba a hervirme la sangre.
Estallé y repetí tres veces que, no estando presente yo, ella me remplazaba, allí o en cualquier otra parte.
El trato que le diste, dije, fue un maltrato contra mí. Mi ausencia no justifica tus canalladas. Yo… Callé
porque vi evidente que tales novedades no sólo le sorprendían sino que le agitaban. Conquistó sus nuevas
percepciones a base de parpadeos. Parpadeando lo dejé, decidido a no volver a verlo.
÷
Dice:
Ya solo y caminando bajo una llovizna leve, me preguntaba yo si había cometido el mismo pecado y tuve
que confesar que si: también yo traté a las mujeres como juguetes o animalitos gratos a la vista pero
incapaces de razonar, menos de debatir nada serio. Mi madre fue la primera: ¿No le critiqué siempre su
infantil modo de mirar el universo? ¿No le grité palabras fuertes cuando descubrí que heredó ya viuda unos
papeles verdes que pueden convertirse en dinero en el banco de la esquina?  ¿No le negué su lugar y sus
derechos porque no supo defenderlos? Agradecí a mis desventuras en el Continente de la Desesperanza
el haber cambiado en ese sentido. Para entonces ni mujeres ni negros ni humildes eran inferiores porque
había compartido muchas de sus amarguras, me había visto en su piel, invisible y menospreciado. Mi
soledad y la prepotencia ajena me marcaron, pero bajo esa lluvia leve me sentí un tanto redimido. Por lo
menos esa falta pertenece hoy al pasado.
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Dice:
Después, y aunque mis visitas se hicieron más esporádicas, se sorprendió porque no le incluyera entre
ellas. ‘¿Qué le hecho?, preguntaba, herido. “¿Por qué no quiere hablar conmigo?”
Para entonces había perdido su último empleo y sufrido un cambio en su mirada, que se hizo oscura.
Sentado en bares y comederos de mi ciudad natal, reconociendo las caras envejecidas de conocidos,
compinches, compadres y enemigos, fui formando un retrato suyo con los comentarios de esos extraños.
Todos sabían de nosotros pero nadie nos conocía. Éramos una familia tradicional, de esas acostumbradas
a usar sus apellidos para conseguir granjerías mínimas, taxistas amables,  mandarinas al fiado de las
cholas que vendían su fruta en la esquina de la casona, tenderos de ojos entrecerrados que nos habían
visto crecer. Vejetes que me llamaban con mis alias de escolar. ‘¡Hola, Bebe!’ decían, ‘¿Cuándo llegaste?’.
‘Es el Kiki’, me presentaban, dejándome saber así que conocían también al clan grande y antiguo, el de mi
madre. Nadie usaba mi nombre de pila.
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Dice:
… lo vi por última vez, enfermo y doblado en dos, en una mala foto que le publicaran por dos días o tres en
el Internet. Era evidente que detestaba la foto y extendía ese sentimiento hacia el resto de la humanidad.
Me dio envidia su cabellera, azabache como la de su madre y así de abundante. No me mereció ni siquiera
un suspiro. Sé que tendremos diálogos en el infierno como siempre ando prometiendo, y que saldremos
entonces de toda duda. Deduzco que conozco el evento que cambió su ánimo decidor, juvenil y humorista
en una actitud de perro azotado por la vida. Fue el mordisco que sufrimos cuando se apagó el sol. La
conciencia jamás perdida de que nadie vence al infierno humano, los demás. La certidumbre de haber
aprendido con ejemplos que toda vida vista desde dentro es un fracaso. La idea bíblica de que sólo son
felices los nunca nacidos. La imposibilidad, en fin, de establecer un diálogo válido alguna vez. El no haber
visto hora alguna en que todo concatenara de acuerdo con sus esperanzas. La visión de sus días como
deleznable hojarasca… Y el deseo de partir para romper el último horizonte.
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Dice:
Murió, apuesto, en medio de un combate entre el miedo natural a la Parca y la noia contra una vida
demasiado larga, absurda, incongruente, que le pesaba como una culpa. ‘¿Por qué me han hecho esto?’,
imagino que preguntaba con la mirada, ‘¿Quién me hizo este daño?’ ‘Nunca me preguntaron si quise nacer
o no…’ ‘¿Cómo es posible que hayan hecho un ser tan indefenso?’  
El mundo tenía una deuda con él… ¿Cómo fue que nunca pudo cobrarla?
Así, sólo veo un misterio en su vida: ¿Cuándo fue que decidiera levantar las manos?
Dos o tres en las llanuras del Beni, tal vez cuatro, conocen esa tragedia y la conversión de este favorito de
la vida (guapo, inteligente, ocurrente, decidido, etc. etc.) en ese Extranjero que fue muriendo a largos
plazos en un escritorio escolar con un salario de centavos. Esos saben pero los suyos tal vez ignoran por
qué fue convirtiéndose en un fantasma doméstico de lento retorno voluntario a la niñez mental. Estaba solo
en su universo, enfermo de soledad.
Barbaros, los suyos prefieren mantenerme ignorante sobre su enfermedad y su último minuto… ¿Por
qué?               
Dice:
De este y del que le sigue retorna también el recuerdo agridulce del amor infantil que nos uniera mientras
compartimos una soledad salvaje en el paraíso improvisado que mi padre construyó para protegernos por
lo menos durante nuestros primeros años.
Los cuatro habitamos una isla bucólica protegida por muros de adobe contra la urbe. Hicimos un mundo
entre eucaliptos, frutas, flores y zarzas. Fui un capitán con explicaciones reales o verdaderas para destruir
todos los misterios que nos acosaban. ¿Fue posible que creara en ellos la imagen de un ente protector
hasta el extremo de que me veneraran? Tal vez sí.
Décadas después la mujer del último me pidió que no fuera muy estricto con los pinitos literarios de ese
joven cuya vocación real fue la pintura. Me dijo que unas palabras mías lo paralizaban durante meses, lo
que me costó y me cuesta creer, pero eso me dijo.
Hoy, después de haber visto el mismo efecto en varios bípedos parlantes y ajenos, lo recuerdo no sin
pasmo. Parece posible. Desde entonces cumplo la decisión de no comentar jamás la obra de autores
famosos o desconocidos. No soy imparcial...
Con todo y todo, nunca creeré que mi presencia puede crear temor (menos, temor descontrolado) en algún
bípedo parlante. Lo que veo cuando sucesos así se dan es la mirada del espectador que se ha dejado
capturar por los ojos de la cobra.      
Dice:
Sobre esto, y a pesar de todo, no hay un malentendido entre los cuatro: todos hemos cometido nuestros
pecados a sabiendas, plenamente conscientes y decididos a infligir males grandes o menores. No hay
inocentes entre nosotros.  
SIGUE