— Somos incansables.
— Negamos y desmentimos el falso temor caprichoso que nos protege desde la
primera infancia y nos dice la parte más vulnerable. No lo somos.
— Hemos cruzado continentes uno tras el otro y hemos disminuido el tamaño del
mundo.
— Hemos descubierto el inmenso placer de no llegar nunca y partir siempre.
— Sabemos marchar durante días y meses, lentos pero seguros.
— Hemos atravesado horizontes y aplastado rostros sin vacilación alguna.
— No tememos ni desiertos ni montañas ni junglas.
— Hemos bailado, danzado, golpeado y jugado mil días sin agotarnos.
— Sabemos de soles, lluvias, nieves y ventiscas, pero jamás sufrimos carencia que
nos dejara desnudos.
— Desnudos exploramos los relieves y los placeres y los dolores de los cuerpos.
Sabemos que todo glúteo es único, todo seno diferente, toda boca insaciable.
Aprendimos a provocar orgasmos con un baile de dedos.
— Supimos locuras que nos hizo fetiches.
— Hemos enloquecido atados y furiosos porque nos hacían cosquillas.
— Por andar viviendo, si fuimos idénticos ya no lo somos.
— Yo soy el más poderoso. El de los golpes temibles. El que avanza siempre. El que
rompió pelotas, cristales, botellas, rodillas y costillas. El que exploró placeres ajenos
en vaginas hirvientes meneando este extremo, este, el gordo, de cuya salud me
vanaglorio aún ahora, cuando desfallecemos asfixiados.
— Yo salvé la vida con un golpe que rajó una cara y compró así los dos minutos que
hicieron la diferencia entre un navajazo y una bala. Soy el que me metía en la rendija
para iniciar una noche de amor y el que partió primero cuando todo terminaba en
una sorpresa y un susto. Soy el que le dio sus tardes de gloria y fútbol con mi
potencia y el que le picaba antes de que se decidiera a marcharse y extraviarse
durante diez años.  
— Yo soy el que se le apareció como toda solución sin más que cerrar una puerta
para no abrirla jamás y el que le impidió cerrar del todo la que nunca quiso cerrar. El
que le indujo a dar la espalda al mundo y el que le ayudó a dar la cara cuando fue
imprescindible.  
— Yo soy el que resbaló y permitió que lo cogieran. Soy el quemado. El que le forzó
a chillar, aullar y gemir. El que retorna a veces, cuando bebe, con ese olor a
chamusquina. O, cuando duerme, con llamaradas azules que le hacen llorar. Soy el
siniestro, el marcado por la fatalidad.
— Yo soy el otro, el que se aguanta, se agazapa y busca un punto de apoyo para
salvar al mundo. Soy el que nunca tropieza, jamas aplasta, nada destruye. Soy el
herido. El que sintió deformarse al primero entre los cinco que comando. El que
cuida perfectos a los otros cuatro. El que se mete al agua para avisar que todo anda
bien, nada quema ni nada hiela.  Soy el que no vaciló en sacrificarse encajado entre
dos rocas para salvarnos. El que se afirma cuando el otro golpea o empuja. Nada sé
de aplausos ni glorias, goles o audacias. Para mí, sólo el trabajo duro. Cuando este
otro va y se introduce donde nadie le invita provocando gemidos y suspiros
ardientes, yo lo ignoro. Hago que descanso. Cuando es violento, yo me afianzo
imitando a las raíces. Me niego, me oculto, evito trifulcas. Es este otro el que nos
metió en más de un lío. Yo, nunca. Soy fuerte, fino, nada deforme, excepto claro, por
este, el gordo, que es azulado y enfermo, tóxico, comido por los hongos. Pero fui
siempre el sólido, el fuerte, el diestro.
— Jamas exigimos nada, nada nos fue dado. A lo más, un chorro de agua fresca
después del asfalto de las carreteras interminables o las lenguas de una lumbre
débil tras los senderos de nieve.
— Pocas pausas hemos conocido. Ha sido como si nos persiguiera el diablo.
— O si lo buscáramos.
— Iniciamos esta marcha apenas tuvo conciencia.  
— Tal vez antes; apenas pudimos caminar iniciamos esta persecución que no
concluye, nunca concluye.
— Conocemos los vericuetos de diez ciudades y casi todos los hemos explorado de
noche.
— De noche entrada o al amanecer. Caminando de prisa o apenas caminando.
Escuchando siempre, él. Olfateando. Huyéndole al sueño.
— Porque eran pesadillas. Son pesadillas.
— Escuchando, a ver si se daban los tacos de una mujer.
— Esa Mujer.
— La Mujer.
— Nunca se dieron. Pero la escuchó dos veces, al amanecer.
— Cuando la noche fue más oscura, más violenta. Más ajena.
— Entonces, como para devolvernos el aliento, si. Allí estuvieron, dos veces. En dos
ciudades distantes. Muy distantes.
— Los tacos de una mujer, que andaba de prisa.
— Mayor prisa que la nuestra, pero si. Allí estuvo.
— El eco de esos pasos.
— Ese eco inolvidable.
— Pero nunca La Mujer. Nunca. Y cómo corrimos tras ella. Cómo nos arriesgamos a
tanto, trotando tras ella. Cómo la perdimos, entre tantas angustias.
— Después, ya nunca.
— Nunca.
— Después, la asfixia. La vena que se cierra y tras cerrarse, se rompe. Por eso
estos trazos azules. Por eso este andar de criatura.
— Por eso estos dolores con cada día de nieve. Y este lento deformarse, perder la
agilidad, perder la elegancia del paso, perder la prisa para siempre.
— Y un día, la distancia.
— La distancia entre los dos. Entre el que sigue buscando y el otro…
— Es que me duele. Me asfixio. Me estallan las venas. Se inflan. Me escuecen. Ardo
en las noches, abandonado allí entre las sombras.
— Ardemos. Es un fuego interno que nos devora. No hallamos pausa ni posición.
— Nos hacemos de tiza. Nos hinchamos. Por fin, cojeamos. Uno avanza, el otro está
que se arrastra.
— Pero esto se acaba. Ya lo sabemos. Fue el primer día en que conocimos el terror.
— Hace años ya, pero el día llega. Eso es lo malo.
— Y lo bueno.
— Todo llega. Y ya llega el día en que cortarán. Me matarán. Me arrojarán a los
perros.
— Para salvarnos, dicen. Para prolongar esta situación, dicen. Para vivir, dicen, más
días.
— Yo, el diestro, estoy ya muerto. Ya no corre la sangre por mis venas. Ya se pudre
la carne, dicen. Hay que cortar, dicen.
— ¿Qué voy a hacer yo, entonces, solo? ¿Por qué no me matan también? ¿Para
qué me sirve esta voz, obsequio de un capricho, si ni eso puedo exigir?
— Yo, en cambio, la agradezco. Es magnífico poder agregar mi voz, este artefacto
que ni sé manejar, a las protestas de todo el universo porque fue mal hecho.   

SIGUE