— También nosotras andamos condenadas a esta larga agonía.
— Andamos como brazas del Infierno. Ardiendo siempre.  Ardemos mañana, tarde y
noche.
— Pero andamos. Somos incansables.
— Nuestro lema y bandera: Lento pero seguro.
— Tal nuestro paso. Así hemos conocido mundos, ciudades, aldeas, selvas y, pues,
piernas.
— Nuestra memoria es un bosque de piernas.
— Oh, si. Todas aquellas entre las que nos metió.
— Algunas fueron bellas hasta el delirio. Negras, blancas, de cobre, de miel…Otras…
— Si, pero todas fueron promesas de placer cumplidas. Merecieron cada combate y
todo acezar. Qué duda cabe de ello, digo, ahora que todo es una nube de recuerdos
y nada más. Aunque nada fue fácil.
— Oh, no. Nunca fue fácil.
— Hubo veces en que luchamos con pasión y fiebre para darle gusto. Hubo otras en
que algunas piernas se cruzaron para cerrarnos el paso con desesperación y entre
chillidos de angustia.
— O de placer. Nunca se sabe. En buena cuenta, nunca se sabe.
— Yo, la diestra, soy la que avanza siempre. La que abre la senda hacia la posesión
y el desgarre. Si no con un deslizarse de serpiente, como golpe y patada. A veces,
después de que ese dedo de allí hiciera buena parte del trabajo. Dedo impío y
metete. Es y se ve feo, pero es travieso y ágil. Dónde no se habrá metido para
prepararme el camino. Si él trabaja, yo trabajo menos. A veces basta con apartarlas
con ternura. Otras, es necesario sentar precedente: donde voy yo, yo domino.     
—  Dominábamos donde íbamos, será mejor decir, porque ya no salimos en esas
incursiones.  Sólo nos queda el perfume de esos recuerdos. A veces se me da que
ni eso nos queda. He notado que veces te arrastras… Cojeas.
— Si, pero insisto. Sigo incansable. Hago pausas a veces, pero sólo a veces.
— Desde que salvamos al corazón cambiaron las cosas. No podemos decir ya que el
mundo es ancho y ajeno para ofrecerse a nuestros pasos.
— No, ya no. Ahora, con estas cicatrices tan feas… Tan feas y tan crueles, ¿no?
— Tan impredecibles, diría yo.
— ¿Como es eso?
— Pues, se tensan con el frío, se dilatan con el calor, pero ninguna es regla fija. A
veces es al revés, o así me parece. Son azules, además.
— La mía es la más cruel. La más larga. Me recorre de punta a cabo. Digo, es un
decir.
— La mía no va tan lejos. Pero es de fea… ¿Dices que nos arrancaron las venas?
— Vivo convencida de ello. ¿Qué otra explicación puedo darte? Me ahogo a veces.
Ardo. Me quemo por dentro.
— No lo repitas. Se lo que me dices. Haz lo que yo: ignora la llama.
— ¿Crees que nos han crecido venas nuevas en lugar de las que arrancaron?
— No. No estaríamos como estamos.
— Pero, ¿valió la pena por lo menos?
— Así debe de ser porque ya van diez años, si, diez años cumplidos de que las
arrancaran para salvar su corazón.   
— Y aquí estamos. Seguimos estando aquí.
— Cambia de tema, ¿quieres?
— ¿Recuerdas el fútbol?
— Yo, la siniestra, era la reina de la cancha. ¡Qué goles! Fui digna de nuestro tío
Mario. El rompía redes con su zurda. Yo, no tanto, pero… Recuerdas mi gol contra
los Danger? ¡Desde media cancha!
— No sería para tanto… Y además, era sobre mi trabajo. Nunca fuiste buena para
correr.
— Es cierto, pero soy imbatible para caminar.
— ¿Recuerdas Atacama?
— ¡Veintidós días caminando!
— Como digo yo: lento pero seguro.
— Lo cruzamos desde Arica hasta Lima… De día y de noche. Sin agua ni pan, ni…
Pero lo cruzamos. ¡Qué buenas fuimos para caminar!
— ¿Recuerdas Tupiza?
— Los salares. Fue un error. No debimos intentarlo.
— ¿Recuerdas Las Vegas?
— ¡Siete días de caminar entre hoteles y avenidas! Me siento tan vieja que ya me
cuesta creerlo…
— Anda tú a convencer a este cabeza de adobe…
— Y todo para acabar así, con estos calambres feroces… No es justo.
¿Para qué sirve el dolor? ¿El sufrimiento? ¡Las humillaciones! Caernos de la cama
ardiendo y gimiendo como gatos. ¡Cuán absurdo! ¿Cuántas veces nos ha sucedido
ya?
— ¿Serán cien?
— Hablemos de otra cosa. Será mejor.
— Bueno. ¿Por qué estamos hablando?
— No lo sé. Sucedió de pronto. Estaba tirada yo allí, latiendo, cuando percibí tu
presencia. Nunca antes se me ocurrió que somos dos. Eres mi contrapuesta. Mi
imagen en el espejo de la realidad. Mi hermana. Mi enemiga, también. ¿Por qué
compites conmigo? Se me da que acabaremos en el mismo ataúd. Bastaría con que
me sigas…
— Sígueme tú. Inténtalo, por lo menos.
— ¿Por qué? Yo soy la diestra. La diestra, ¿entiendes? La hábil, la más útil, la más
dura, la que se fija en la tierra lista para embestir…
— Pero este tipo es zurdo. La diestra es la siniestra entre los zurdos. ¿No lo sabes?
— No, hasta este instante. ¿Cómo lo sabes?   
— Bueno, porque jamás me rompieron nada. Jamás me herí ni me hirieron.
Descontando las venas perdidas, soy y me siento como a los veinte años. No como
tú…
— Calla. Todas me las hizo él. Tonto de capirote.
— ¿La bala?
— Jugando con un rifle de caza.
— Recuerdo otro recuerdo.
— No, que esa es la leyenda, el mito, un cuento para impresionar señoritas, nada
más.
— ¿Fue un accidente o un torturador?
—  Accidente. El mismo hizo el disparo. Por jugar con armas, el muy tetelemeque.
Por impresionar a sus amigos. Por idiota.
— ¿El lanzallamas? ¿El inquisidor?
— Una nada. Apenas un lengüetazo. Dolió apenas. Eso si: chilló.
— Pero mira su huella. ¡Qué fea!
— Cuarenta años después, apenas se ve.
— Eso dirás tú. Ahora que veo y hablo, milagro de milagros, veo una combatiente
veterana con heridas por todos lados. No eres como yo…
— ¡Nunca me rompieron un  hueso!  
— A mí tampoco.
— Herida, tal vez. Inferior yo, nunca.
— Y para colmo, el dedo ese que llevas allí, ese gordo color violeta, con ese hongo
feroz que le come la uña. ¡Qué vergüenza!
— Ni sé cómo sucedió. Soy inocente. Amanecí con eso.
— Descuidada. Irresponsable. Terca.
— Mira que te aflojo una patada.
— Callémonos, mejor. No vayan a privarnos de este don nuevo por hablar tanta
tontera.
— Mejor será. Buenas tardes.
— Buenas, y adiós.
SIGUE