Su Opinión
Arturo
En el 81o. Aniversario del Colegio Alemán de La Paz
Sus Libros
Nuestros Profesores

(Texto escrito para La Revista de Bachilleres de 1957, publicado luego por El Diario de La Paz.)

Para todo debe existir una causa y un fin. No sería posible concebir un Universo sin pensar que, hasta la más
pequeña partícula de éste, tiene un por qué y para qué. El paso de las nubes, la más ínfima gota de agua que
baña nuestro rostro, esa semilla que desaparece en nuestros dedos, el más leve soplo del viento, tienen un por
qué. Tal vez sea tan ínfimo, que el hombre nunca se pregunta cuál es la causa y el fin de esas existencias.
Pero lo cierto es que también esas causas y finalidades existen, forman parte de la gran verdad.
Y no nos detengamos en analizar la vida material, pues sea cual sea su origen, ella es real, es verdadera. Y en
ella viven, sufren y mueren todos los seres que es dable imaginar. La noción del tiempo es pues para ellos
relativa; mientras unos van formándose otros ya han pasado por la vida.
Y así es todo. Dicen que el hombre puede concebir la eternidad. No es cierto. Lo que para él es una ínfima
parte del tiempo puede para otros significar una eternidad. Y en esa eternidad tan relativa, en ese tiempo tan
inconsistente, el ser sabiéndose finito, pasajero, temiendo la nada, de la que está tan cerca, lucha por quedar,
para tomar atributos que no tiene; y no porque el hombre sea el ser perfecto, su lucha va a ser diferente,
también él lucha para eternizarse.
Y si es grande el artista en su mundo, grande el sabio en su sed de saber, por una grandeza que les da la
magnitud de los objetos de su hacer, los más grandes son los que modelan a la criatura más perfecta de la
creación, el hombre; y como una bendición, existen esos hombres que han hecho de su vida un largo sacrificio
y enseñan. Enseñan a creer, a levantar y a hacer, enseñan a proyectarse hacia lo Eterno, enseñan la sed de
quedar, de poder decir: "No muero, quedan mis obras.”
Pues no debe haber un medio mejor para quedar, para ser eterno. Porque las obras del alumno son reflejos de
las del maestro. Porque para abrir una nueva senda es necesario haber pasado por las antiguas, y pasarlas es
una tarea que nos llevaría la vida. Por eso el que enseña es para el que quiere saber tan necesario como lo es
la luz para ver. Él nos presta sus ojos, saca del tiempo sus experiencias y su vida, y, sencillamente, nos lo
entrega todo. Y de ese hombre nacen los ideales, nace el saber verdadero, y él nos muestra nuestro destino. En
la obra de cada discípulo está cincelado el eterno brazo de su maestro. Eso es cierto. Pues el hombre no es más
que la sombra de aquél que le enseñó y es muy hermoso y consolador el saber que, en esta lucha común por
ser, por no pasar sin dejar huella, por coger la eternidad, hubo una luz y la guía de un gran maestro. El
impulso que ha recibido la humanidad se ha debido exclusivamente a los grandes maestros que han sabido dar
la fe, el saber, la confianza para llegar a la meta tan deseada por todos.
Con la conciencia de haber sido así afortunados, hoy dejamos este nuestro segundo hogar, hogar que no
desearíamos dejar jamás, pero que es preciso abandonar para no ser eternamente hechos, para cumplir con el
destino de hacer que sabemos está en cada hombre. Ese destino que puede ser grande o pequeño, posible o
inalcanzable, que puede o no llevarnos a la felicidad, pero que sentimos que nos llama, para ser, para no
pasar, para saberse hombre en todo lo que ello significa. Y es gracias a vosotros todos y cada uno, maestros que
nos habéis modelado, que nos habéis formado con todo vuestro corazón, que hoy vemos nuestro camino bien
marcado, y sabemos que, con vuestro ejemplo, llegaremos. Y tal es la causa de que las gracias que nacen ahora
en nuestro corazón al sabernos vuestra obra y seguir el camino que nos enseñasteis, sean imposibles de
expresar con palabras. Ya las veréis, tratando de llegar a las nubes, obras hechas con nuestras manos, que son
nada más que la prolongación de las vuestras.



Medio siglo después…


La Paz es mi Ciudad
Fragmento de Memoria del Vacío

Nosotros, y nuestros personajes y escenarios: La Paz es mi ciudad, aunque varios de sus habitantes me
detestaran y otros me invitaran mediante la prensa a abandonarla como lo hice; el fracaso de nuestra vertical
utopía al revés incluye mi malentendido de papel y es evidente e ineludible: los amigos que quise ver morir
bien han terminado mal: unos asesinados, otros suicidas y, no pocos, alcohólicos; los conocidos por los que no
di dos centavos entonces se las han arreglado para vivir y morir anónimos una vida rutinaria y aburrida pero
responsable y sacrificada antes de entregar al valle de mis experiencias esos adolescentes cuyos rostros me
devuelven recuerdos rasgados como espejos rotos porque me miran tal y como me miraban sus padres, sus tíos
y parientes, displicentes pero curiosos.
Rebusco con cierta angustia tras esas páginas y hallo que la tragedia nacional se refleja en los dramas
personales: mi mano izquierda me sobraría para contar los éxitos rotundos, indiscutibles, en que ha
terminado esa legión que cruza mi memoria: un médico cuya vocación le ha llevado a servir casi ignorado a
los adictos que pecan y sufren en la selva, un talento cuyo violín le hace dar vueltas al mundo, un huérfano
solo que se hizo profesional y autoridad respetada por su probidad... Algún otro cuya epopeya privada deberá
respetarse porque así entiendo sus deseos.
El tiempo que todo lo cura (dicen) ha curado el alma de mis torturadores, que hoy conozco por sus seudónimos
de guerra, sus nombres y apellidos, la celda en que duermen y el culto que les ha devuelto a Dios salvándoles
alma y cuerpo el día mismo en que yo soñaba despierto los modos crueles de hacerles pagar sus crímenes: han
torturado y matado a Espinal y tantos otros, yo lo sé y ellos lo saben, pero la justicia humana los alcanzó con
cierto atraso (duermen en Chonchocoro, prisión singular, vecinos del ex dictador militar que les diera más
trabajo que ningún otro) y la piedad divina también: hoy pertenecen a una de esas sectas cristianas que
hablan inglés y han invadido mi valle nativo, la misma a la que sirve como pastor otro amigo de mi infancia,
un muchacho que conocí denso y que se dio el gusto de informarme sobre esa conversión milagrosa en masa y
esa salvación instantánea notable apenas nos reconocimos en una calle angosta durante mi última visita...
En mi "El Malentendido" veo desmentidas las esperanzas y ambiciones que anotara yo en aquel editorial de
la publicación escolar que fue la primera para la que escribí; allí leo ya negada mi afirmación entusiasta de
que esos veinte bachilleres lograríamos alterar la historia local ejercitando nuestras virtudes; mis esperanzas
retornarían hoy, si les permitiera retornar, como burla cruel: el malentendido nacional se repite en la carrera
deshonrosa cuando no delincuente de varios entre esos condiscípulos y en los pecados de otros pocos que
andan por allí con la cabeza en alto porque prefieren creer que, por privadas o legales, sus transgresiones no
fueron tales. Dos han marcado para siempre nuestra generación como ladrones insaciables, uno es respetado
porque en nada cambió, ni siquiera de perfil, dos han construido profesiones que benefician a pueblos lejanos
tras educarse entre nosotros y habernos olvidado... El paso de los demás no creó en verdad eco alguno. Somos
objeto de acusaciones a menudo certeras que van desde las desviaciones sexuales que no dejan de serlo por
darse masivas hoy hasta los casos de dipsomanía galopante que lo ahogaron todo en visiones aterradoras.
Estos veinte niños de hace medio siglo que tengo entre las manos en un retrato de jardín de infantes se me
aparecen esta noche como una galería demoníaca. Conociendo sus actos y los míos, imagino las voces de sus
víctimas y hallo que pierdo el sueño. Cuando recuerdo que toda promoción... Sólo el convencimiento
aprendido en una vida de que tales males se repiten en toda latitud y esfera (pero más sofisticados) y de que
mi tribu es, en cuenta resumida, más inocente, paciente y generosa y menos violenta que otras muchas, me
consuela cuando abandono "El Malentendido" sin darle publicidad ni muerte aunque sufre de una distinción
dolorosa: es el primero que se quedó en manuscrito y no alcanzó a hacerse libro.

Que le tuve fe en su momento lo demuestra el error de haberlo enviado también y en su mala hora en pos del
premio que despreciara a "Sombra" pero que haría más fácil mi vida de autor incipiente, según prejuicié por
aquel entonces; si "Sombra" perdió porque nadie entre sus jueces lo leyera, "El Malentendido" perdió
porque todos sus jueces lo leyeron, recularon ante su particular audacia y coincidieron en hacerme llegar la
excusa con la que lo rechazaron, poco literaria en verdad: "Es tan íntima esa historia", arguyó el mensajero,
"que nadie se atrevería a publicarla". Esto es, los pequeños burgueses revolucionarios que lo juzgaron
prefirieron marchar por lo hollado... dando el premio al autor de un sol oscuro en una maniobra artera apenas
disfrazada que causó una protesta pública y mi desaforada protesta personal, que consistió en arrojar a los
embarrados pies del premiador una cartulina pintada, un segundo premio que juzgué peor insulto que la
maniobra aquella; dado que mis opiniones sobre la persona del tal fueron expresadas a grito pelado y mi puño
izquierdo amenazó por un instante su calva brillante, debo decir que no me siento muy orgulloso de aquella
noche. El que me robaran también ese premio no resulta excusa suficiente, bien lo sé, pero ese episodio fue
una satisfacción que me debía a mí mismo y no puedo mentirme: el hombre se mereció cada instante de aquel
incidente. Tengo uno entre los artículos que criticaron la maniobra aquella con clara contundencia; podría
copiarlo si quiero darme el gusto de recordar esos días cuando mire esta página otra vez, pero lo principal es
que las personas de honrado entender coincidieron: "El Malentendido" fue víctima de otra mezquindad. No
percibí claramente el efecto de ese acto hasta mucho después: herido, no busqué otros modos de publicar ese
manuscrito. Casi sin notarlo, permití que durmiera un largo sueño porque su publicación era, por cara,
imposible. También, porque mi cita con la Bestia no pudo postergarse más.
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De izq. a derecha:
Antonio Cueto, NN, Flavio Machicado, Luis Alberto Salinas, Prof. Botcher, Arturo
von Vacano, Walter Kyllman, Javier Salinas, Herman Meschwitz, Peter
Hieronimy, Fernando Carrasco, Alcides Torres, Carlos Ernst.
2a fila.- Alejo Céspedes, Edgar Torres, Alberto Guzmán, Rafael Muñoz, Jorge
Zumarán, Jorge Aparicio, Nils Noya, Hernán Peinado, Álvaro Pacheco, Javier
Montero, Uwe Decker, Oswald Muller, Johnny Alborta, Roberto Valda, Fernando
Guzmán, Rubén Fernández, Jorge Urquidi, Eduardo Montes, Mario Vergara,
Adolfo Saucedo.
Agachados: Federico Galindo, Walter Monje, Rudiger Trepp, Adolfo Arana, Jaime
Carazas, Rainer Wintruff, Daniel Riveros, Luis Limarino, Gonzalo Blacutt,
Enrique Costas y Augusto Gamarra.

(Cortesía del Dr. Nils Noya Tapia)
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