Odio a primera vista. Eso ha sido. Eso es. Desde que nació este Sistema, un gusano
diminuto sobre una sábana blanca y grande como el desierto de Atacama, desde ese
primer instante sentí el primer gesto del odio a primera vista que me tortura y acosa: el
Dr. Beck, que nos trajo al mundo, me dio tal apretón entre pulgar e índice doblado que
aun me duele. Me refiero al dolor psicológico, claro. Si fuera el otro ya estaríamos
muertos, digo, con todo lo que sufrí. Tiene grande importancia porque es el primer
recuerdo que me traigo conmigo, mi primera sensación: todo lo demás parece una
proyección de ese odio inconsciente expresado en ese mini-segundo fatal: me apretó
con rabia, con desprecio, con deseos inconfesables. Por eso detesto a los gringos.
Es un odio, no vacilo en confesarlo, que comparto: me odio yo misma.
No podría ser de otro modo si todos mis recuerdos se componen de instantes en que
se me hizo daño, se intentó hacerme daño y se me enterró bajo una nube fétida de
desprecio, mudo o expresado. Sólo la semana pasada aprendimos que puedo percibir
más de un billón, mil millones de olores, hedores, brisas y alientos. Buena cosa; con
que fueran mil sobraban ya. Pero no; contra mí, todo. Y aquí me tienen siete décadas
después, sufriendo dos millones y medio de olores varios, una alergia galopante que
me pone roja de asfixia y el continuo moqueo que este fumador empedernido causa
con su tabaco negro y barato.
Esta consciencia de que todo el que me mira siente deseos inconfesables de
sacudirme un buen mamporro sin haberle dado yo causa ni razón alguna, esta idea de
que hasta cuando se afeita siente el Sistema ganas de tirarme al basurero después de
un navajazo bestial pero se abstiene sólo porque imagina el pozo negro que yo le
dejaría, esta certidumbre de que todos, todos tienen derecho a la vida menos yo
porque soy y siempre seré fea, esta visión negra del universo ajeno me ha dado este
aire de luto que me hace triste para proyectar mi tristeza en cada fotografía que nos
hacen. El resultado es que hasta en Tombuctú me odian: “Pero… che. ¡Hacé algo con
esa batata!”, le escribieron una postal comparándome con la humilde patata. ¡A mí,
que ni siquiera conozco a esa gente!
Después de Beck, las cosas fueron de mal en peor… ¿Sabían que el único
componente del Sistema que crece durante cada minuto de su vida soy yo? Crezco,
crezco y crezco y, claro, como voy dominando ese jardín de maldades que es su
rostro, el odio a primera vista me viene de cada quien que se cruza con nosotros en la
calle…
Después de Beck, decía yo, nos tocó la Balbina. Por supuesto, hubo variados
episodios de desprecio, risas, gritos de sorpresa, mal disimulado asco y otros instantes
desagradables entre ambas experiencias, pero la que se perfila en forma excepcional
es la Balbina, sobre todo porque tenía cada pecho enorme como un queso de
Dinamarca y olía casi del mismo modo, sólo que peor: la Balbina, como los habitantes
del Altiplano helado, sólo se bañaba en Cuaresma (sobándose el resto de la
humanidad con trapos húmedos de agua tibia de semana en semana) olía a queso, a
mugre, a caca de vaca (firma de todo campesino legitimo) y a otros tufos que ponían la
carne de gallina al Sistema, por ese entonces poco más que un bebecito. Agitada y
trémula, la Balbina metía al Sistema entre los trapos de su camastro (sabanas, no
eran), lo acariciaba, le besaba los rincones más insospechados, le jalaba y besaba el
aparato que usa él para mear y a mí me metía sin vacilación alguna entre Teta Norte y
Teta Sur, que era como sumergirme en el Titicaca. Allí fue donde aprendimos a vivir
sin respirar durante diez a doce minutos… Décadas después, y mientras el Sistema
lee, su esposa le ordena de cuando en cuando: “¡Respira, hombre! ¡Respira, no seas
idiota!”, sin poder imaginar, la pobre, la causa y el origen de este mal tan singular, el
de olvidarse de respirar.
Sobreviví a la Balbina. Estuvo con nosotros dos años y el Sistema se acostumbró casi
a sus masajes y caricias, lo que vino a significar toda una vida de sufrimiento y tortura
para mí: no quiero ni debo recordar los labios verticales donde este tipo me metió en
todo tipo de circunstancias. Si a alguien se aplica bien eso de meter la trompa en todo,
es a este Sistema: Cruz Diablo, si hasta en una avioneta en pleno vuelo me perdió
entre las faldas negras de sólo Satán sabe quién sería y me obligó a buscar y
rebuscar hasta que dio con lo que quería y se dedicó a… Jamás olvidaré a esa
Balbina. Jamás. Ha sembrado de miasmas  y musgos misteriosos las vías de mi vida.
A esas incursiones temibles debe agregarse la eterna enemistad entre el Sistema y las
piscinas, fueran municipales o privadas, los ríos, las playas, los océanos o cualquier
agua estancada: nunca pudo aprender a nadar. Como consecuencia, caminó por el
piso de media docena de piscinas y se hundió como plomo en las playas de Mollendo,
famosa por sus nadadores, varias del Atlántico y algunas más del Pacifico, la peor
recordada de las cuales viene a ser Acapulco, por lo que huelo, porque allí estuvo a
un tris de desaparecer para siempre jamás. Muérase usted de risa: a pesar de
semejante hoja de servicios, este Sistema fue hombre rana en el Callao.
Durante aquellos fabulosos años de sus aventuras como tripulante de esos botes
pesqueros que persiguen anchovetas, ayudante del hombre a cargo de los alcoholes
en el bar del famoso Luna Azul, contador y hombre de letras en el ya desaparecido
Siete Muertos de Maracaibo y otros cargos interesantes por la calidad de sus
asociados, este Sistema no vaciló en aceptar la apuesta de un compatriota suyo que
fuera mercenario para los yanquis y cazador de negros en el Continente Ídem y, con
ella, el puesto de segundo hombre en un servicio sin duda singular: entre los barcos
que traían o llevaban petróleo al Callao, su puerto favorito, y los depósitos del mismo
líquido se utilizaban mangueras harto gordas para transportarlo de uno al otro, vale
decir del barco al puerto o viceversa, que sé yo de esas cosas. El empleo ofrecido
consistía en vestirse de hombre rana, meterse en esa agua sucia y, prendido de un
cable paralelo a la manguera, ir y venir una docena de veces vigilando que nada malo
sucediera, esto es, que el petróleo no huyera por alguna perforación natural o
perpetrada. La paga era, para él, magnifica. La labor no parecía dura: apenas unas
horas. El frío era cruel pero la grasa lo reducía. ¿Por qué no? Lo último que
necesitaría, imaginó este tipo, fue nadar. ¿Para qué nadar? El cable y la argolla lo
harían todo. Así, de un salto se metió en este lío.
Salió de allí dos semanas después rico como Creso, en su opinión. Salió y fue directo
al entierro de su amigo, muerto por un ramalazo de crudo disparado por una
manguera perforada con tal furia que le arrancó la máscara y lo asfixió. Ironías de esta
vida: un nadador profesional muerto en dos segundos y un incapaz fenomenal
sobreviviente y con mucho dinero.
Tal vez estos recuerdos que me caen encima por puro azar alcancen a crear una
imagen difusa de mis sufrimientos durante tantos años. No deseo retornar a los
episodios de persecución política, a los de vagabundeo sin ton ni son, a los catorce
meses en que se paseó por el Imperio como hippie y con todo el dinero del mundo (así
me pareció) a su disposición. Todo ello significó peligros y sustos de diferente calibre.
Yo crecía y crecía sin notarlo mientras él me arriesgaba sin grandes vacilaciones.
Sólo ahora, cansada de tanto hablar por primera vez, vengo a sorprenderme con un
recuerdo extraño: la única vez en nuestra larga existencia en que me aplicaron un
golpe feroz fue en su adolescencia, cuando se agarró a puñetes con su hermano el
grandote. No recuerdo por qué sería pero así fue. Las otras cicatrices son de golpes
varios infligidos casi siempre contra objetos inmóviles como los bordes de las aceras,
por ejemplo.  
Pero entonces…. ¿De dónde esta sensación de sentirme odiada por el mundo? Soy
fea. Fea. Fea. Esa es la causa del odio a primera vista que nubló todos mis
días.                             
SIGUE