Amarga ironía me parece que yo, que hago posible el habla, pueda hablar después
de siete décadas y sólo desde hace dos segundos; y sin embargo, así es: estas
son mis primeras palabras, articuladas de modo casi igual al que usamos ambos
para decir mentiras, verdades, elogios e insultos durante la vida humana que me
hace posible.
Diré primero que prima en mí el artista. Sólo cuando el alcohol dominaba al Sistema
me rebajé a farfullar insanias y masticar palabrotas. El resto, quieras que no,
fueron  trinos, risas, alegres ardides y confusiones pícaras, usado todo para
celebrar las alegrías y las paradojas de la vida: comencé entre risas y bromas,
conquisté una temprana fama rápida pero efímera como maestra de las sorpresas y
los amables chascos que el Sistema se forzó a adoptar en un principio; la usó
desde la adolescencia contra su secreto temor de ser rechazado por todos y
amado por nadie a causa de su desesperante pobreza.
Cuando descubrió que nada conquista mejor a las gentes que una naturaleza
optimista y una visión certera pero dedicada a disfrazar lo malo de bueno y lo feo
de grato, me asignó la tarea de sembrar carcajadas a diestra y siniestra. Fue un
niño risueño y un adolescente inquieto y reidor para que nadie supiera que en el
fondo era el ser más triste y solitario que aún hoy puede concebir. De este
humorista también puede decirse que anda y anduvo desde sus primeros días con
el alma de luto.
Pero, y mientras pudo, desarrolló esa máscara de buen humor hasta convertirse en
comensal atractivo y cautivante conversador: se empeñó tanto en ese ejercicio que
pronto  nos acostumbramos ambos, él a mirarlo todo hasta hallar el ángulo poco
visto, original, y yo a servirle como un espadachín de la palabra oportuna capaz de
desmenuzar todo otro ingenio.
Con el tiempo pasó desde las ironías leves y los ingenios innocuos hasta los
equívocos crueles y las mordacidades feroces; dejo de reírse con la humanidad
para reírse de ella de frente y malvado pero sagaz y original: hubo quienes le
agradecieron sus insultos y le exigieron nuevos equívocos. Aprendió a usarme
frente al poder político desenfrenado y la autoridad religiosa falsificada para
desenmascarar a sus practicantes y dejarlos con la mirada vacía, incapaces de
comprender lo que acababan de escuchar.
Pero lo comprendieron luego y no lo olvidaron; se tomaron su tiempo, pero la
humillación sufrida les ardió como largo recuerdo y así fue como anduvo
sembrando entre risas y burlas enemigos que nunca supo apreciar porque los
juegos de palabras fueron siempre para él juegos y nada más. Así, ignoró los
consejos y advertencias de quienes le querían bien porque, ¿acaso  no aceptaba
él de buen grado las bromas, las pifias y los insultos de sus oponentes
accidentales? Sólo un demente podría pensar en lavar con sangre cinco o seis
palabras que dieran en el clavo, les decía.
Esta fue la ironía que causó su destrucción: él, que nació para servir a las palabras
y servirse de ellas, jamás les dio importancia alguna y nunca pudo entender que
son armas formidables, venenos potentes e instrumentos bélicos.
Durante los primeros días en que comenzara a descubrir cuan útil le seria yo si me
daba los vocablos apropiados aprendió el otro uso de las palabras que hacen los
humanos y comenzó a lanzarlas silenciosas como signos sobre papel. Lo que
conmigo le sirviera para abochornar o disminuir a uno lo aplicó en papel para
disminuir a miles, desenmascarar a cientos. Cayó pues en la trampa de La Verdad,
a la que creía servir al ofrecerla a quien pudiera alcanzar con su pluma sin percibir
que todos huyen de la Verdad que dicen buscar. El servicio de la Verdad le dio el
instante en que se encontró solo en el Universo: unos le temían, los menos; otros lo
odiaban, los muchos, y aun otros intentaban ignorarlo, negando que existía, los
más.
A pesar de ello, vivía él en un mundo de risas, burlas y chascos creado dentro de
su cabeza: cantaba óperas improvisadas en versos y chistes mientras se afeitaba.
Recitaba sonetos que debió anotar mientras preparaba sus comidas, se reía de
conocidos, desconocidos e inventados en historias que improvisaba, a no ser que
fuera Lucifer quien se las enviaba. Y es que lo en verdad amaba y amará por
siempre era el sonido, las armonías y las disonancias de las palabras, su perdición
y su salvación, si bien lo veo hoy.
Para entonces hacía ya años que su voz,  antes clara y alegre, picara y mordaz, se
había apagado hasta que nos limitamos a estas cuatro paredes. No fueron las
maldades de los hombres lo que lo convirtieron en un ermitaño sino la fatalidad,
que quiso castigar sus muchos crímenes con una sordera plagada de ruidos,
estallidos y matracas. Incapaz de dialogar, sólo le resta hablar consigo mismo y con
mi ayuda que pocos lograrían reconocer cuando inicia el día con un optimismo y
una alegría que sólo Belfegor podría explicar.
Esta solo desde hace mucho. Se pasa las mañanas murmurando y recitando a
media voz - …De mis soledades vengo… - pero ya no hablamos con nadie, a no
ser las paredes, varias de las cuales nos contestan a veces. Encuentro una triste
ironía, como dije apenas me dio este letal instrumento, cuando descubro una pena
negra y sin fondo apenas decido, como emperatriz de las palabras, negarme a la
palabra.
SIGUE