Chávez y los pobres de USA

Después de mi poco lamentable deceso en enero último decidí tomar las cosas con
calma y recordé que no hay en el mundo nada que me guste más que extraviarme con
abandono y como una exhalación por las amplias carreteras del país cuna del automóvil.
Decidido, dejé mi pent-house de lujo en el centro de Washington, la capital del mundo, y
salí como bala plateada en mi Jaguar gris y bajo mi gorra parisina comprada apenas
dos semanas antes.
Las glorias de un invierno agónico se abrieron pronto ante mí como un abanico de
nieve sobre los verdes campos de Virginia en que estos gringos se mataran con todo
furor hace menos de dos siglos. Me refiero, por supuesto, a la Guerra Civil, de la que
soy un afiebrado aficionado.
También llamada de Secesión, hizo famoso a Abraham Lincoln (el mismo que naciera,
pobre como fue, en una cabaña construida con sus propias manos), aunque su fama
luce hoy demasiado cara, tal vez: fue  vilmente asesinado apenas se vio triunfador.
Todos creen que Lincoln debe su prestigio a la abolición de la esclavitud de los negros;
la verdad es que luchó y logró a un precio harto sangriento la continuidad de la Unión
de su patria al impedir la secesión de su Sur y preservar la base del Imperio que hoy
nos aplasta.  
Fuera como fuera, es harto agradable y hasta emocionante eso de visitar los campos
de batalla en que se decidió la suerte del mundo mediante el sencillo proceso de
degollar blancos y negros durante más de cuatro años sobre un continente que, hasta
entonces, (habida cuenta de la desaparición violenta de los pieles rojas) sólo fue
poblado por un montón de campesinos descendientes de la resaca racial europea,
morralla apenas capaz de leer y firmar su propio nombre.
Con esta sencilla visión de la historia del único país que me acogió en 1980 después de
que todo el mundo me diera la parte baja de la espalda, me entregué también esta vez
a mirar y admirar las gentes, las armas, los poblados, los bosques y los ríos de Virginia
donde el Norte derrotara al Sur pero el Sur continua negando esa derrota.
Comencé esta vez en Fredericksburg, escena de una batalla tan feroz que me pareció
increíble: en las afueras de este pueblo se da un camino de tierra apisonada que es,
por decisión divina, medio metro más bajo que la planicie que tiene delante y la colina
que tiene detrás. Tendrá esa zanja unos 400 metros de largo, y en ello soy generoso.
Ante ella hubo y hay un muro de piedras de un metro de alto.
La suerte puso al Sur, los ‘rebeldes’, dentro de esa zanja y al Norte, ‘los yankis’, dentro
del pueblo y listos para lanzarse contra los rebeldes apenas se diera la orden. Para ello
no necesitarían más que cruzar un campo que, como una cancha de fútbol, yacía como
un lodazal bajo el sol helado de aquel 11 de diciembre de 1862.
Cuando la orden llegó, los yankis lanzaron más de doce mil hombres contra los cinco mil
rebeldes atrincherados dentro de la zanja y la lucha se extendió durante cuatro días y
noches cubriendo la escena de heridos, muertos, sangre y barro.
Por supuesto, es necesario imaginar los uniformes azules del Norte, sus caballos,
estandartes y banderas, sus cañones y sables, enfrentados a los ‘grises’ igualmente
equipados, y adivinar la ferocidad con que se usaron rifles, pistolas, cuchillos,
bayonetas, dientes y uñas para disputarse esa maldita zanja. Existen algunas pinturas y
fotografías, pero no las suficientes para ilustrar este combate en la imaginación de
quien nada ha leído sobre esa guerra.
El caso fue que el coraje de los ‘grises’ impidió que los ‘yankis’ ocuparan la tal zanja; los
azules se retiraron hacia Washington, lo que significó la continuación de la guerra y el
sufrimiento de Virginia en muchos combates y batallas durante los próximos mil días.
En mi visita de un día, la primavera vencía con lentitud seductora al invierno y la nieve,
batiéndose en retirada, aparecía apenas bajo algunos árboles, en algún techo, allí
donde predominaban las sombras. El aire era frio y placentero y el sol me calentaba la
espalda con amistosa deferencia. Los pájaros cruzaban airosos los cielos sin nubes y
los aviones trazaban sus caminos de vapor entre París y Texas. Todo era silencio y paz
sobre esa tumba enorme.
Tras una serie de arbolillos retorcidos y débiles asomaba la parte más joven de
Fredericksburg, el barrio construido sobre ese terrible campo de batalla porque, a
despecho de los muertos gloriosos, el valor de esos terrenos ha estado subiendo desde
la gran batalla y no es cosa de dejar a los monumentos lo que bien pueden aprovechar
los que hoy viven.
Mirando hacia allá desde la zanja maldita, todo parece un sueño sangriento y no es
posible creer que allí cayeron 17 mil víctimas, los hombres y los niños cuyo sufrimiento
hizo posibles los viajes a la luna, las guerras de Viet Nam, la tortura de Irak, el
Holocausto de América Latina y tantas otras páginas de barbarie y gloria imperial.
Pero Fredericksburg fue sólo una de las batallas que visité durante aquel viaje. Veloces
saltos de dos o tres horas de mi Jaguar sobre carreteras envidiadas por el mundo
(construidas para favorecer el comercio entre los estados, claro) me llevaron a los
campos ensangrentados de Chancellorsville, Wilderness y Spotsylvania y algunos
lugares como iglesias en ruinas, casas de campesinos de aquel entonces, plazas y
parques desiertos y muchos íconos de una religión cívica que allí llaman Stonewall
Jackson, nombre de un militar casi genial cuya lucha de guerrillas fue interrumpida
apenas comenzaba y con suprema torpeza por una bala amiga, es decir, proveniente
de sus propias tropas. Pero esa es otra historia.
La de hoy comienza cuando observo sorprendido que mi Jaguar de plata se ha
quedado con el vientre vacío y no dará salto adicional alguno si no encuentro una
estación de gasolina en menos de seis minutos.
Desesperado, acelero y me hallo sobre un  camino de doble vía vacío como la luna. Dos
filas de árboles amenazantes y pelados agachan sus cabezas a mi diestra y mi siniestra
y el sol se oculta bajo una nube gris que no estuvo allí dos minutos antes. Nada hay
sobre el horizonte a no ser el cerrado bosque de Virginia y mi Jaguar bebe gas como si
fuera agua…
Cuando desespero ya de verme perdido entre estos campesinos huraños que nunca
sacan la cara hacia la carretera veo a lo lejos una construcción gris y fea sobre la que
leo CITGO y adivino mi salvación.
Cuando el auto se ha llenado el vientre hasta hartarse intento pagar su consumo con
una tarjeta de crédito (tengo tantas que parecen un rosario obsceno) y busco la ranura
donde debería introducirla. Esta caja y su manguera no tienen ranura alguna para mi
tarjeta. Espío a un gringo que inicia la tarea de comprar gas y le pregunto sobre el
modo de pagar. Me contesta en inglés campesino que ni su madre entiende, así que
entro a la tiendecita que es igual a las que bordean al camino a Oruro y paso mi tarjeta
al muchacho tras el mostrador.
Sin decir palabra, el chico la hace pasar por su máquina de hacer billetes y me da un
recibo por US$33.oo, la edad de Cristo. Salgo de la tienda, miro el registro, veo que la
máquina me carga sólo US$30.oo. Recuerdo que odio que me roben y retorno a la
tienda. Reclamo la diferencia. Mientras el muchacho trata de explicar lo inexplicable yo
miro alrededor mío, estudio la tienda, sus chicles y sus clientes y entiendo que Dios me
ha dado esta ocasión para encontrarme con los pobres de esta tierra.
Salgo de la tienda y me hallo con una muchacha negra cuyas elegancias son en verdad
harapos muy limpios y trapos caprichosos alrededor de su cabeza. Tonto como soy, le
pregunto: “¿Paga usted con tarjeta de crédito?” Nerviosa como gato en celo, me mira
de pies a cabeza y dice una sola palabra: “¡Cash!” Me da la espalda y se mete en la
tienda.
De ella van saliendo los representantes más típicos de ese segmento social, los pobres
sin esperanza. Veo al vagabundo de barba roja y overol descolorido, gorra de los
Giants, uno de esos llamados “cuello colorado” porque tienen el cogote quemado: se
pasan la vida trabajando bajo el sol y al aire libre; veo una señora negra de cierta edad
que, más que caminar, parece ir rodando hacia su cabaña, cien pasos más allá, en
medio de la nada. Observo por fin que no sólo las tarjetas de crédito brillan aquí por su
ausencia sino también los autos y los buses, que vienen, compran gas y se van a toda
prisa. Si no fuera por CITGO, ¿qué sería de esta gente?, me pregunto.
Claro, no todo el mundo sabe que CITGO es la empresa petrolera que Hugo Chávez
trajo a este país para servir a sus pobres, para distribuir gratis y cada año una fortuna
en combustible destinado a combatir el invierno que aquí es feroz, para situar
estaciones de gas como esta en lugares olvidados por el capitalismo salvaje.
¿Cómo pueden adivinar estos pobres sin esperanza de cambio alguno, estos pobres
desde antes de Lincoln, pobres porque la educación jamás llegó a sus casas, que el
Comandante de un país que tal vez jamás oyeron nombrar les envía un mar de
combustible gratis para salvar muchas vidas?
Desde entonces viajo con el ojo preparado para pescar otras estaciones de servicio
CITGO en este país de la abundancia venido a menos. He visto varias, y sólo una
situada en un barrio ‘bian’ de un pueblo muy bonito. Las demás parecen haber buscado
a los pobres eternos de este Imperio para anidar entre ellos.
Sobre Chávez diré que ni quito ni pongo rey: sólo digo lo que he visto.


        


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