¡Soy el Rey del Mundo!
Soy la felicidad hecha carne. Soy el tesoro más preciado del planeta. Por mí, hombres
y mujeres matan y mueren sin vacilación alguna. Sano, fuerte como un toro y
duradero como el mal de ojo, todas y todos andan dispuestos a renunciar al oro, al
uranio, al platino, a la cocaína, a la religión y al futuro con tal de gozar de mi
compañía. No importa si cuelgo de un imbécil o de un sabio.
Me basta con levantar la cabeza para indicar lo que puedo hacer cuando me
provocan. Entonces, hombres y mujeres caen de rodillas y me besan, me apechugan,
me acarician, lloran de felicidad y me adoran entre angustias y suspiros. Luego,
cuando voy adquiriendo el largo, el ancho y el volumen que me convierten en fiera, la
pasión que provoco les enloquece: entre sudores y fiebres, entre gemidos y aullidos,
sumisos ante la lanza de carne que soy, me entregan todos los orificios, me pasean
por pechos y narices, tienden las manos ante la fuente de vida y la sorben, la beben,
la chupan y me guían desesperados hasta el instante mismo en que quiero agredirlos
y les rompo todo, y todo es un alarido de dolor y placer, un revolcarse en su entrega
hasta que, ya vencidos, caemos en esa modorra en que deriva nuestra fatiga.
Así ha sido durante décadas. Pude haber hecho mucho más, pero el tonto al que sirvo
prefirió o se dejó vencer por las pesadillas y los horrores de los diablos azules. El
conflicto duró un quinquenio, como digo, pero sentí que iba perdiendo esa guerra
aunque venciera en batalla tras batalla.
Muy joven aprendió las consecuencias de mis exigencias. Fue tal vez mi mejor época.
Acostumbrado a hacer su santa voluntad, se entregó a una primera lujuria sin freno
que pronto se tradujo en disgustos grandes y pequeños. Aprendió con lágrimas y
vergüenzas que cada acto trae una víctima inocente nueve meses después. Hizo lo
posible para aliviar las penas, pero qué: las quejas fueron muchas, las seductoras se
dijeron seducidas y hubo padres furiosos, madres lloronas, curas amenazadores y
pequeñuelos – no muchos, pero varios – con su misma nariz, huella innegable de sus
errores. Así, su adolescencia, que debió haber sido alegre como las demás, fue
angustiosa y amarga, lo convirtió en un fugitivo. Jamás dejó de huir.
Como nuestra común abuela, hoy languidezco en mi vejez solitaria pero sigo teniendo
destellos de fiera. Las mujeres, así sea de lejos, lo sienten y se acercan tentadoras
como siempre aunque ya un poco arrugadas, sin hacer caso alguno a la ausencia de
los dientes de este viejo idiota.  
Y, pues casi destruido pero jamás vencido, gozo desde hace mucho de los placeres
de una memoria privilegiada y una singular imaginación que ha sido para ambos, este
vejete y yo, una verdadera tabla de salvación. También me he beneficiado de su
afición a los libros aunque es otro vicio que atenta contra mi vitalidad, como sabe
cualquier deportista que se respeta.
Pues que hablo, prodigio entre prodigios, este es mi mundo:
Me llaman pene, aunque hubo quien me dijera Pepecito el Cruel. Me dicen falo
también, pero es por demostrar una falsa cultura: más de dos mil palabras se usan
para describirme pero son derivados vulgares de este idioma que desde este minuto
hablo; nadie tiene paciencia para buscarlos. La mayoría son idioteces que insultan
una sensibilidad refinada porque son groserías o falsos sinónimos que yo ignoro.  
Sólo para que se vea cuan leído soy, añado que también me llaman príapo desde
2003. Algunos me dicen glande para demostrar sus limitaciones: glande es el nombre
de mi cabeza, no de todo mi yo. Prefiero el tradicional pene y con ese nombre me
quedo.
Entre los defectos más comunes que se citan sobre mi salud no es posible ignorar el
priapismo, que es una erección constante sin deseo sexual… Una de esas bromas
que nos juega la Madre Naturaleza, siempre tan puta madre ella. El defecto contrario
es el que me preocupa porque día que pasa se me hace más difícil encontrar colegas
sanos… No en el mundo exterior, donde nunca me aficioné a jugar esgrima con
ninguno, sino en el Internet, la prensa, la radio y la televisión, que el individuo al que
sirvo sigue con esmero porque no puede aceptar la idea de que hace años ya que no
está al día sobre ese mundo.
Como tanto bípedo infeliz, digo, son millones los colegas que andan por allí sin poder
levantar la cabeza, no digamos nada de romper y rajar como lo haría todo falo que se
respete. Las causas son varias pero una hay que debería estudiarse con urgencia: la
testosterona. Sobre ello algo más, pero después.
Antes me vienen a la memoria razones varias de mi envidias, cosas que aprende uno
siguiendo las pistas de su propia curiosidad y que van destruyendo mi certidumbre de
saberme perfecto como en mi juventud me creí.
La primera es el báculo, ese hueso que va con el pene de los gatos y los perros. Es
como una espada que va dentro de su funda de carne y sirve para ayudar a penetrar
y poseer sin esforzarse por lograr una erección decente… No puedo imaginar siquiera
lo que hubiera podido hacer yo si dispusiera de semejante ayuda. Si al whisky se
añade el paso vertiginoso de los años se puede concebir mi lenta decadencia. Con un
bastón como el que menciono (San Pablo cruzó el mundo con uno de madera) mi vida
hubiera sido más larga y placentera, qué duda cabe.
Mi envidia es enorme también cuando recuerdo al llamado pato de laguna argentino
(Oxyura vittata) mencionado por la Wikipedia: tiene el pene más largo entre todos los
vertebrados. Cito: ‘Su miembro viril, que en estado fláccido está enrollado, durante
una erección es común que llegue a la mitad de la longitud del cuerpo del ave, es
decir, unos 20 cm, aproximadamente; se documentó el caso de un espécimen con un
pene de 42,5 cm. Se teoriza que el tamaño notable de su pene, espinoso y con su
punta erizada, puede haber evolucionado por presión competitiva en estas aves muy
promiscuas, quitando el esperma de las uniones anteriores, de igual manera en que
un cepillo limpia una botella.’
No será el idioma de Cervantes, pero me alcanza. ¡Ah, como sueño con haber sido un
arma como esa! Pero… Los sueños sueños son, y adelante con los faroles.
Como un saludo hacia mis colegas, debo concluir este mi primer discurso
mencionando el cambio revolucionario que vengo presenciando desde mi niñez, si es
que un pene puede hablar de esa etapa casi siempre feliz: la creciente abundancia de
maricas, hoy llamados homosexuales y también gay porque, siendo legión, demandan
mayor respeto. Cuando no parecían ser tantos eran maricones y esa palabra se
susurraba apenas. Hoy arman desfiles multitudinarios en cada ciudad del mundo,
luchan por su derecho de casarse entre ellos y aparecen hasta entre los jesuitas.
Cualquier día de estos elegirán el primer Papa gay.
(Me referiría también al bello sexo, pero me inhibo: tal vez no se bastante sobre ellas).
Ahora sí: tras varios años de estar sopesando los pros y los contras, he llegado a la
conclusión de que las legiones de maricones que están remplazando a las mujeres en
el deporte más popular del mundo, el placer de follar, se debe a la feroz escasez de
testosterona que sufren mis colegas, los penes debilitados del mundo por dietas
estúpidas, limitado ejercicio físico, depresión, otros derivados del desempleo y, sobre
todo, el remplazo de los hombres como jefes del hogar por su contraparte femenina,
consecuencia natural en un mundo que sobrevive literalmente gracias a las mujeres.
Los hombres serán pronto animales en extinción y con ellos, yo y mis colegas (así de
importante me parece; nada de ‘mis colegas y yo’).
Como dicen los médicos, un 70% de los hombres son ‘deficientes’ cuando se trata de
sus existencias de testosterona. Esto es, van perdiendo esta hormona y otras varias
de día en día y nada pueden hacer cuando notan que su vida sexual se va al tacho y
con ella mis atribulados colegas que ya jamás levantarán cabeza. De allí al
mariconazgo no hay más de un paso. Con decir que desde 1999 se venden píldoras
para aumentar los pechos de los hombres lo he dicho casi todo.
La ciencia, que ha resultado un instrumento sensacional para jodernos la paciencia,
nos indica que los hombres sufren también de menopausia, llamada andropausia o
hipogonadismo, una serie gradual de cambios físicos, sexuales y psicológicos. Todos
sufren esos cambios, pero algunos los sufren tan agudos que se convierten en
sombras de sí mismos. Sin testosterona ni otras hormonas importantes, la perdida de
vitalidad  y vigor que sufre cualquier hombre daña su salud, su apariencia, su
rendimiento, sus relaciones y su carrera, dice la ciencia.
El último clavo para el ataúd: Se estima que más del 50% de los hombres de más de
40 años sufren deficiencias hormonales y que un 75% de los hombres de más de 45
años experimentan la temida andropausia.
(El hipogonadismo ocurre cuando las glándulas sexuales dejan de producir hormonas.
Esas glándulas o gónadas son los testes en los hombres y los ovarios en las mujeres,
lo digo sólo para recordar cómo fueron las cosas antes de estas edades portentosas).
…y así es como penes como yo, sanos, y mejores que yo: jóvenes, se han convertido
en el tesoro más buscado del planeta, tanto para las mujeres sanas y ‘normales’
(palabra que debería retirarse por inútil) como para los hombres que han empezado a
usar el ano para hallar un tantico de satisfacción sexual… Ese nuevo universo de
‘hombres’ gay. Pero sobre ello dejaré que el experto local destile sus comentarios en
su momento.
Mi limitaré a relatar un sueño que me acosa desde hace años, cuando también yo
empecé a sufrir dificultades cuando intentaba levantar cabeza, hinchar mi cuerpo
entero con sangre caliente y lanzarme a la conquista de una virgen anhelante…
En este sueño me veo desfilando por la Quinta Avenida de  Nueva York durante mis
días de mayor vigor y entusiasmo, luciendo mi mejor físico, ese platanazo de carne
que me diera mis mejores estertores, y erguido como la lanza de un  guardia suizo del
Vaticano.
Avanzo a paso de carga entre los aplausos, gemidos y  gritos de entusiasmo y pasmo
que provoca entre la multitud mi noble y poderoso perfil como capitán de un
regimiento de falos tan espectaculares como yo. Una lluvia de confites de papel y un
sol radiante contribuyen a la escena, la imagen más fiel que pueda concebirse de la
felicidad humana desde que el mundo es mundo, imagen que se diluye en sombras a
medida que despierto y comprendo que, como tantas otras criaturas, también
nosotros estamos condenados a desaparecer.
SIGUE