Esta es el instante, tardío pero presente, en que conquisto una voz.
Llega tarde. Tardó 70 años, pero llegó. La estreno y la uso con temores infinitos
porque es un instrumento nuevo, un arma nunca imaginada, un consuelo
portentoso. La descubro para saber que soy, que puedo discernir que existo, que
hay diferencias entre lo que soy y aquel que llevo dentro y que tanto ha usado y
abusado de mí, tanto placer y dolor me ha enseñado, tan cruel y tan cauteloso ha
sido con esta máquina con la que anduvo por tantos rumbos respetándola apenas,
dañándola con indiferencia, tratándola como lo que se dijo que soy, un puñado de
polvo, el animal que usó para experimentar el universo.
Otro capricho le hace cederme hoy este don silente pero magnífico que tanto
hemos amado, estos signos. Es un intento, lo sé, de apartarse y dejarme decir lo
mío propio, lo que nunca será lo que tantas veces intentó decir él.
Me la cede porque ha alcanzado el momento en que teme perderme, y ambos lo
sabemos. Lo decidió cuando descubrió con temor los instantes en que empecé a
desobedecerle, a vacilar, a tropezar, olvidar nombres y forzarlo a percibir la
disolución lenta pero inevitable en que nos extraviamos. Es ahora, cuando por fin
acepta la posibilidad de que desaparecemos, aprendida a cada instante pero
ignorada con furia siempre, cuando quiere mirarse en este espejo y me concede
esta voz sólo porque le vence una vez más su curiosidad, ese vicio insaciable y
devorador por el que siempre estuvo dispuesto a perderme de ser necesario y
quemar el alma si tal fuera el precio. Me la ha dado porque quiere explorarme,
quiere saber lo que digo, lo que sufro, quiere conocerse mejor, se dice, quiere
dejar otra constancia de su odio contra el sufrimiento, de su protesta iracunda
ante la invención del dolor.
Pues, bien, obedezco una vez más; así sea. Sólo necesito aprender los límites de
mi libertad porque esta mi voz nueva es mi nueva libertad. Me libera de él pero no
se si me libera de su mente, que tal vez es mía. No se si acaba con los recuerdos
que le atormentan y que no son míos, no los hice. No se si hallaré un interlocutor
para decirle lo que él nunca tuvo el coraje de decir, lo que está allí, aquí, y le
tortura. Avanzaré, pues, tentando entre relámpagos y sombras, aguzado por la
urgencia de escapar a mi fin y acogerme a esta página que él me regala y que
podría darme otra vida, diferente pero vida, durante los minutos o siglos que el
azar pudiera obsequiarme.
No todo ha sido sufrimiento ni tragedia, y quisiera comenzar afirmándolo. Por el
contrario, mis días han sido casi siempre plácidos, o así los recuerdo. Sólo hoy,
porque está nublado, lo vemos todo gris, pero sabemos reír. Reímos. Hemos reído
de todo y en todo hemos sabido ver el absurdo desde un ángulo risueño que
supimos compartir con ánimo de hacer reír. Hubo un día en que fuimos admirados
y populares, sin duda. Y otro en que se nos amó porque fuimos gratos a la vista,
amables y originales en la palabra dicha o escrita, apasionados y generosos en el
trato. No han sido los inviernos tantos como las primaveras y los veranos. El
mundo ha sido dadivoso y los humanos fueron interesantes casi siempre,
sorprendentes a menudo y algunos hasta el pasmo. Muchos son los rostros y las
voces de los que lamentamos tan sólo el haberlos perdido antes de haber podido
conocerlos bien. Ha sido, con demasiados, como si entraran por una puerta y
salieran por una ventana sin que se pudiera evaluar su valor ni sus palabras. Hoy
preguntamos al viento y al azar cuál fue la suerte de tantos que apreciamos en
verdad o amamos sin entenderlo muy bien y vemos en el silencio indiferente de las
cosas una crueldad que jamás podremos explicarnos. Pero todos quedan en
nuestro recuerdo todavía.
Nos disolvemos, si, pero poco hemos cedido al pesar o al arrepentimiento. Por el
contrario, si algo me lastimó desde siempre fueron los excesos. Sus excesos son
los que nos matan.
Pero mi voz nueva exige que me aparte del ente que alojo y que me condujera por
todos sus días. Debo abandonar el plural que compartimos para hallarme en este
singular novísimo. Debo mirarme sin mirarnos, pues sospecho que si en ello
fracaso perderé este don por efecto de otro capricho.
Hablo yo, entonces, y ahogo los intentos, constantes, irritados, con que quiere
alterar mis recuerdos, violentar las huellas que llevo encima de lo que hizo y no
hizo, quiere mentir como miente siempre que se pone a escribir verdades.
Dominar al que me dominó hasta este instante me resulta posible sólo porque me
ha cedido este instrumento, su más preciada pericia como la percibe él, pero será
un esfuerzo agotador. Estoy tan hecho a seguirle, obedecerle y satisfacer hasta la
última de sus fantasías, que mi voz y mi libertad, mi independencia, se me ofrecen
como un perfume seductor e incontrolable pero condenado a desvanecerse en lo
que llaman un suspiro. Razón mayor para darme cierta prisa.
Si pudiera mirarme en el espejo del tiempo, en él hallaría a mi peor enemigo.
Hoy, cuando hablo, pareciera que no tendré más tema que lo que es porque de lo
que fue nada queda. No que me niegue a la ironía, que viene en mi ayuda de
instante en instante pero, ¿qué espíritu travieso pudo haber inventado semejante
sino? ¿Por qué y para qué permitir una disolución tan molesta, tan larga y tan
carente de sentido? ¿Por qué he llegado a esta hora, cuando un instante de
locura o de coraje hubiera evitado tanta tortura?
Hoy, ni nuestra... ni mi madre me reconocería.
El hace que me afeiten lo poco que queda del cabello. El ha hecho cambiar los
lentes de los ojos y veo aún, pero ¡cuán poco veo, y cuán mal! El ha agregado a
mis orejas dos piezas de plástico que darían cinco mil días de pan a un hombre en
la patria lejana sólo para añadir a los silbidos, gemidos, truenos y cantos que
escucho desde hace veinte años los estruendos de las voces reales y los rugidos
de la tecnología y el tráfico.
El me quitó los dientes y los reemplazó con piedras grises que no sirven para
morder pero me asfixian al cerrarme el paladar. Ha cambiado mi rostro respetando
apenas nuestra nariz, que ambos detestamos. Ahora, cada noche es un
experimento de retorno a los cánticos exclusivos de miles de monjes o vírgenes
medievales que me sirven, bien que mal, para esconderme en mi único refugio, un
sueño poblado de monstruos del que despierto cuatro veces cada noche, víctima
de mi vejiga. Pero no todo es obra de su voluntad. Nunca perdí la lastima por mis
piernas destruidas ni olvido dos cicatrices perennes que marcan las vías de las
venas arrancadas para improvisar las que dieron diez años más de vida a este
corazón. Hoy es nuevo y vigoroso, pero las piernas se asfixian y desfallecen,
ceden para golpearse contra gradas y paredes, dejándome huellas azules y
perennes. También de eso es culpable, como lo es de un estómago de volumen
doble que me impide agacharme y de un jadeo odioso cuando me fuerzo y me
agacho para escuchar mis pulmones como fuelles sólo porque me pongo los
calcetines.
Pero como para darme pausa en mi condena, descubro no sin sorpresa que mi
mano derecha asciende sin enterar a la izquierda de lo que hace y se presta con
habilidad casi natural al acto repetido desde antes del primer recuerdo que es la
causa y explicación del mal que nos ha vencido.
Libre como sólo un condenado puede serlo, aspiro el aliento caliente que se ha
comido mis pulmones y lanzo al viento de la tarde el humo ya blanco que marca un
instante de libertad plena, placer íntimo y satisfacción leve antes de aceptar otra
vez que morimos porque nos gusta fumar.


  
 
          
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