¡Dejarme trabajar!
Tántalo es una hormiga enana a mi lado…
¿No ven que mi trabajo mantiene vivo al Sistema, al mundo, al Universo?
¡Soy un milagro hecho carne!
Si lo piensan, pero nunca lo piensan, ¿qué es más portentoso que yo?
Los médicos que me tienen muerto en sus manos durante una hora y me devuelven
al nicho en que trabajé medio siglo y me dan otra vida mediante un rayo artificial…
apenas pueden concebir el milagro que soy: el portento, la maravilla más
espectacular de la Creación toda; me tienen en sus guantes de caucho y no
pueden creer lo que puedo y lo que soy… Básicamente, una bomba de sangre: la
sangre viene por aquí, sucia, se limpia y torna su color, le doy oxígeno y sale de
prisa por acá para mantener al Sistema entre los vivos. Nada más hago. Pero lo
hago durante un siglo a menudo y lo hago de modo perfecto: ¿quién puede creer
este milagro cotidiano? Muy pocos, y por ello me olvidan, me descuidan, me dañan
y finalmente me matan: tras insufribles y largos abusos cedo y muero y así mato al
Sistema, que se hiela en muchas horas antes de comenzar su retorno al polvo.
¿Quién piensa en este portento? Nadie o casi nadie entre siete mil millones de
criaturas que portan alguien como yo en el pecho. Sólo cuando amenazo con
matarlos es que se preocupan por mi bienestar… y yo los sirvo, herido de muerte a
menudo, durante muchos años más.  
Hoy soy más portentoso todavía porque soy el único que hablo entre mis siete mil
millones de hermanos… Híjole, como dirían mis cuates. Hablo, pero como nadie me
dijo que hoy se me daría este don tan especial y peligroso, lo único que se me
ocurre decir después del farfulleo anterior será un recuerdo tal vez no muy
completo de mis 75 años de servicio continuo a este Sistema que no es, vamos a
ser claros desde el primer instante, el mejor entre sus iguales.
Comencemos ya.
Nací en la Clínica Americana de Obrajes gracias a un gringo, el Dr. Beck. Nací, pero
algunos no lo creyeron al ver tendido allí un cuerpecillo de gusano apenas
perceptible y de accidentada respiración sobre una cama grande como una plaza
de toros. Para otros no nací sino que advine como parte débil de este Sistema
entonces casi negro y siempre sietemesino al que fui condenado sin que nadie me
pidiera mi opinión. Trabajo duro desde nuestro primer suspiro y pago sin duda algo
del efecto de un defecto que sufre este Sistema desde siempre: se olvida de
respirar y causa sustos tremendos entre quienes le aman (no sé por qué) y se
quedan tiesos mirándolo mudos y descreídos: parece un muerto de buena salud,
pero luego hipa y ronca cuando respira.
Ahora, al cabo de tres cuartos de siglo, es posible decir que gozamos en verdad de
buena salud durante casi todos nuestros días. Ello, a pesar de los cuidados
exagerados de sus familiares, para los que, como antes dije, no nació sino que
advino. Así lo vieron porque nació después de la muerte de una niña de seis meses
de la que apenas supimos el nombre, XX. Escuchamos con el transcurso de los
años algunos rumores sobre esa tragedia que acusaban a sus padres de haberla
descuidado hasta el punto álgido en que se ahogara entre sus propias aguas, pero
todos preferimos negar tales historias.
El caso fue, empero, que trataron a mi Sistema como si fuera en verdad advenido,
le rodearon de exagerados cuidados, pañales enormes y calientes, mamaderas de
litro y medio. Nada fue suficiente, al parecer, para mimar a este segundón que de
algún modo se las arregló para sobrevivir a tales cuidados no sin desarrollar los
síntomas que distinguen a un hipocondríaco clásico.  No sólo sus padres, sino
también una abuela feroz y deslenguada vivieron los días de esa infancia temiendo
que acabaran en cualquier instante si olvidaba para siempre su deber de respirar.
Ahora, cuando hay veces en que percibimos ya los fuegos del Hades, sabemos a
ciencia cierta que quien le hizo heredero de esa mala costumbre y de un mal
pulmonar que consiste en producir toses y mocos en cantidades industriales con la
llegada de cada invierno fue precisamente esa abuela malvada que tanto nos amó:
porque sufría ella de tisis galopante o algo parecido se forzó su marido, un europeo
aventurero, a trepar los Andes en busca de un frio saludable para esa mujer que lo
capturara en el Norte argentino; debemos pues a esa tisis la patria que el
aventurero eligió para nosotros y las penas y desilusiones que nos alejaron por fin
de ella… Y hay gente que cree que Dios no sabe hacer bromas pesadas.
Fue así pues que el niño mimado de mi cuento vivió todos sus días perseguido por
dolores, toses, esputos, músculos contraídos y estirados hasta hacerle llorar, un
vientre acalambrado o indisciplinado en extremo y mil otros males reales o
imaginarios que devienen de una hipocondría de buen calibre.
Ello no quitó, sin embargo, chances para que este alocado muchacho se encuentre
hoy recordando y anotando aventuras en todos los países de habla hispana, en el
Imperio y en ocho europeos. Mirando y tocando lo que queda de sus partes y
miembros se maravilla siempre su poco al notar que nunca sufrió un hueso roto,
jamás contrajo alguna de esas pestes que convierten a sus víctimas en piltrafas ni
pasó más de dos semanas en algún hospital. Tiene varias cicatrices, eso sí, y una
que otra huella de algún episodio algo violento, pero tales testigos no llegan a
ilustrar ni siquiera el diez por ciento de lo que recuerdo y a veces quisiera olvidar.
Yo mismo, esta máquina maravillosa, he gozado de excelente salud; soy, tal vez, la
más saludable y poderosa de este Sistema. He tenido suerte y no ha sido fácil pero
aquí estoy, pleno de salud y fortaleza, sirviendo como siempre en silencio y sin  
hacerme notar a cada célula que es parte nuestra.
Mi primer recuerdo, sin embargo, no es grato: montábamos una bicicleta trepando
una cuesta andina cuando perdió el aliento, se puso verde y cayó tieso. Cuando su
aterrado hermano le alcanzó para ayudarlo ya se ponía él de pie, más aprensivo
que enfermo.  Supuso que yo le había fallado, como tantas veces sucede a esas
alturas, pero fui inocente; durante los años siguientes trepamos y cruzamos la
Cumbre para perdernos en las selvas de los Yungas, siempre en bicicleta, y yo
jamás fallé. Años después visitó el Polo Norte como cualquier turista y el otro polo
como cualquier militar argentino y tampoco le fallé. No le fallé cuando lo metieron a
una jaula y se puso a fumar como murciélago hasta que salió indemne; no le fallé
cuando saltó en paracaídas en Lomo de Corvina con las chicas peruanas que
gritaban palabrotas patrióticas… No le fallé cuando el negro ese le metió la pistola
bajo las narices en presencia de su único hijo… No le fallé ni siquiera cuando sufrió
tres ataques de angina en doce dolorosas horas: le arrancaron las venas de las
piernas para fabricarnos otras y soldarlas con este servidor, hoy robusto, sano y
bueno a pesar de 50 años de tabaco diario. Aquí estoy ahora, entero, poderoso y
puntual, señalando con mis sístoles y diástoles que la hora tardará porque yo
trabajo.
¿Por qué, a pesar de gozar del servicio de semejante titán, ha insistido siempre  en
que una falla mía le abrirá las puertas de la eternidad? Porque su padre y
benefactor, al que consideró casi, casi como un dios, sufría de un corazón débil que
le mató a los 43. Hijo de la dama tísica, ese caballero no dejó su corazón a su
heredero advenido y preferido; su esposa le dejó el suyo: un corazón nacido en
Oruro, donde las gentes tienen pulmones enormes y corazones de hierro porque
viven entre las nubes andinas, donde casi ya no hay oxígeno. Yo soy hijo de ese
corazón orureño y por ello soy casi inmortal. Casi inmortal digo porque se ahora
cual es nuestro común destino: hemos decidido hacernos cremar cuando salgamos
por fin hacia el Gehena.
Mi gran aventura fue la de las doce horas y los cuatro ‘by-passes’ con que me
soldaron a esas venas nuevas. Las anteriores, destruidas por el tabaco, fueron a
parar al basurero; sus piernas, empero, están pagando la factura de ese milagro
cotidiano: las cicatrices son notables, pero también esas venas están ya
debilitadas, obturadas por las plaquetas asesinas. Así, sus miembros le arden cada
noche como un adelanto de su futuro. Las plantas de ambos pies le duelen y le
queman con cada cambio de clima. No soporta los calcetines ni los pantalones
gruesos: la piel, muy sensible, siente cada contacto como un corte de navaja. Vive
entre navajazos diminutos y alfileres fantasmas porque no puede quejarse a nadie;
nadie tiene paciencia con los viejos quejosos. Ha venido a preferir, como antes ya
alguien dijera, el traje de Adán para sus últimos días.
Yo espero, sano y poderoso, la falla que iniciará el derrumbe de este Sistema sin
idea sobre cual máquina desencadenará el proceso. Se de los dolores y aprietos
que sufre pero no percibo cual será el primero de los últimos. Lucifer es grande y
poderoso; se solaza con nuestros terrores.       




   
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