Un cigarrillo es el ejemplo perfecto de un placer perfecto.
Es exquisito y lo deja a uno insatisfecho.
¿Qué más se puede pedir?
Oscar Wilde

Porque ignoran esta defensa que Don Oscar hace de mi humilde aunque perfecta
persona es que me veo forzado a usar este instrumento maravilloso para
defenderme a rajatabla de las maldades que se han escrito y dicho sobre mí durante
el último siglo.
Hace medio milenio que acompaño al bípedo parlante durante los instantes más
intensos de su vida, los segundos en que agrega a sus experiencias el peligro y/o el
placer. En mi ausencia aparecen como imposibles los detectives, las prostitutas y los
jefes pieles rojas. Como todos saben, el adolescente renuncia a su privilegiada
condición el momento mismo en que hace amistad conmigo: es adulto desde
entonces.  
He estado allí entre labios trémulos antes de un asesinato que aún como
fusilamiento fue ilegal (todos lo son, pues son crímenes); estoy allí cuando tropa
heroica se lanza al asalto de cualquier trinchera defendida por tropa heroica, todos
fumando como chinos minutos antes; allí estoy, claro, cada vez que fuma un chino;
por fin: ¿quién pudo olvidar los versos aquellos del tango inmortal que dicen,
‘fumando espero/ al hombre que yo quiero…’? …y estaré allí durante otro milenio o
hasta que la raza humana desaparezca.
Puedo asegurarlo porque hasta la especie más idiota progresa, así sea
deslizándose como caracol, hacia etapas más elevadas de su débil inteligencia: el
día llegará en que los bípedos parlantes volverán a entender y aceptar, agradecer y
aplaudir la multiplicación de mi presencia.
Lo sé porque estudio su pobre suerte y su feroz destino mientras van de cigarrillo en
cigarrillo. Mi principal enemigo: la industria farmacéutica; sus cómplices mas
culpables: las empresas de seguros; sus cómplices ignorantes: los médicos.
Hasta la Segunda Guerra todo el mundo fumaba como escritor francés: uno tras otro
(basta mirar fotos de Sartre, Camus, Guide, etc. etc.) Nadie negó nunca los efectos
‘perniciosos’ (já) que me atribuyen, pero nadie dejó de lado pipas, boquillas o
cigarrillos porque todos sabían cuan grande es la verdad dicha por Don Oscar.
El dinero de las farmacéuticas comenzó a sembrar odio contra mí apenas acabó esa
Guerra: para muchos, mi amistad concluye en una asfixia la mar de desagradable
después de muchos años de andar a los suspiros; es imposible negarlo.
Lo que nadie recuerda es esa época feliz – medio milenio – en que la humanidad
gozó del tabaco como Wilde lo gozaba. Todos olvidan lo más importante, el hecho
de que casi nadie sufría décadas por culpa del tabaco porque casi todos los
aficionados a este placer  morían a tiempo; es decir, morían a una edad respetable
sin verse aquejados por una vejez larga, aburrida, harto dolorosa y desesperanzada.
Porque la industria farmacéutica juzga de su ventaja el alargar la vida humana
cuanto se pueda es que se lanzó contra el cigarrillo. No le interesa la horripilante
existencia de los ancianos del Siglo XX y del nuevo milenio; mientras vivan, se dice,
que fumen: pagan por los cigarrillos y por los miles de falsos medicamentos que les
vendemos mientras respiran. Mientras tanto, inventemos nuevas y falsas
enfermedades…
Los viejos que se beben el agua hoy tan escasa y se comen los alimentos tan caros
hoy sufren de los resultados de una ‘ciencia’ que cada día degenera más, la
medicina: convertidos en simples mecánicos del cuerpo humano, los médicos
abandonan a una suerte feroz a millones de sus víctimas: hoy existen en todo el
mundo ciudades enteras pobladas por ancianos que  nunca fumaron  un pucho pero
alcanzaron los cien años o poco menos a base de ‘buena salud’…Los que fumaron
durante nueve décadas continuarán fumando hasta su último instante, realidad que
tanto los médicos como las farmacéuticas se esmeran en negar.
De los siete mil millones de almas que asfixian el planeta, dos  mil millones son
vejetes y viejucas que se gastan sus pensiones en médicos mediocres si no
delincuentes y medicinas inútiles si no falsificadas. No las gastan viviendo en un
paraíso sino que van agotando su propio infierno en esta tierra: viven en casas
dedicadas a explotar hasta su último centavo antes de tirarlos a un basurero, sufren
durante años tirados sobre asquerosos colchones sin nadie que les ayude a
moverse apenas: algunos pierden la piel cuando por fin los mueven. Otros, perdida
la mente lustros antes, son muñecos que ‘enfermeros’ pintan y maquillan para
sacarlos a un patio y mostrar que todavía se puede cobrar un seguro a su nombre.
Todo esto lo ha visto en persona el Sistema que aquí recoge mis impresiones
porque el muy diablo es buen periodista  y sólo Alfagor sabe dónde no habrá estado.
Esta iniquidad es tal que durante esa campaña sin cuartel lanzada contra mí la
industria que me pone en manos de millones se ha robustecido al agregar a su
mercado la población de la gran mayoría de los países ‘subdesarrollados’; sólo en
China, el Gran Enemigo, el tabaco mata millones para alegría de sus enemigos
porque habrá menos chinos que matar cuando llegue esa mala hora; los niños
convertidos en combatientes donde sea que se combate fuman también con gran
placer y aparecen en los noticiosos de las siete; las mujeres, que se enamoran del
cigarrillo apenas acaban con el primero, son hoy grandes promotoras del tabaco:
fuman porque no encuentran el hombre de su vida, fuman porque no encuentran la
lesbiana de su vida, fuman porque su empleo les amarga la vida (antes eran amas
de casa) fuman, en fin, porque fuman mucho. Así, los intereses económicos que me
combaten también me promueven y me abren mercados: milagros del capitalismo
brutal que crucifica a la especie.
Por ello es que exijo que se dejen de hipocresías y me acepten como lo que soy, y
Don Oscar lo dice mejor que yo. Yo ayudo a millones a morirse a tiempo, evitándoles
décadas de sufrimientos innecesarios; les ayudo a aliviarse el peso de la vida, tan
cargada de penas y pesares, y les ayudo cuando les doy un minuto o dos para
creerse el hombre o la mujer más macanudos del mundo… ¿Que más me pueden
pedir?    
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