Aquí donde me ven, no ven lo que soy ni lo que fui. Ven una máscara, el residuo de
lo que fuera un perfil agraciado ya destruido por el tiempo y los malos entendidos,
hasta por  el odio de un par de villanos decididos a rajarme antes de acabar con
quien me ha usado malamente para ejecutar sus seducciones…Ven el escudo que el
Sistema usó contra el mundo y que fue usado por el Sistema y su Patrón (al que
recién hoy viene a conocer) durante la larga carrera de maldades que finalizará entre
los carbones de Azazel, al que el Creador regalara este almita despistada aún antes
de que viniera al mundo dentro de un gusano ínfimo apenas visible entre pañales
perfumados de lana europea ultra refinada.
El párrafo anterior me ha llenado de pasmo: no será muy ordenado ni digno de una
escuela de artes, pero es mi primer vaguido, por así decirlo, y me gusta, ¡qué
diablos! (oh, perdón, perdón, perdón…)
Yo, encargado de entregar la descontrolada expresión de las pasiones, las
debilidades, las ambiciones y angustias del Sistema al que sirvo porque así he sido
condenado, puedo finalmente articular en palabras, aunque mal, lo que me venga en
gana decirlo por este medio, nuevo y original para mí, más capaz y fluido que los
simples gestos atrabiliarios, sonoro y, si puedo, bello como le he escuchado trinar a
mi inquilina de aquí mismo, ella larga, roja, inquieta y siempre sonora, sonora hasta la
desesperación a veces.
Antes que nada: nada de lo que ven hoy es aquello con lo cual nacimos: amigos y
enemigos han ido alterándolo todo, todo menos lo que yo hubiera cambiado dos
minutos después de nacer, la nariz. Me veo forzado a ir por partes cuando los
recuerdos me atacan en tropel, como enterados de que puedo decirlo todo desde
hoy y buscar justicia de ese modo.
Apenas nacimos entendieron las gentes que algo extraño nos sucedía: el rostro del
mismo demonio, el clásico, el archiconocido, el que aparece en todas las estampitas
de viejas noveneras y chicos de primera comunión, el Señor del Averno ni más ni
menos, nos había sido regalado por ese ángel malvado para que lo lleváramos a
cuestas durante la suma de nuestros días: así aparecemos, el Sistema con menos de
doce meses y yo, ya perfectamente formado y con la cabellera recortada en V sobre
la frente como siempre retratan al Maligno, en una primera fotografía, a lomo de su
madre.
La misma V desfiguraba la sonrisa tímida que caracteriza hasta hoy al Sistema, una V
formada por dos incisivos sin el menor sentido del orden o la armonía, ambos en
ángulo en extremo agudo de modo que alteraban totalmente una primera simpatía
para convertirla en repulsión cuando no franca burla: el demonio niño que al sonreír
se convierte en un roedor de familia indefinida; no es extraño, pues, el que hayamos
decidido cancelar nuestras sonrisas en toda ocasión apropiada, no muchas en
verdad.
Sólo décadas después se hizo arrancar ambos dientes junto con otras 26 piezas
acusadas de haber contraído una infección jamás demostrada. Ya maduro, cambió
su perfil de animalejo gracioso en lo que hoy soy, un rostro agraciado que atrae a
pesar de su ancianidad a mujeres de toda edad y tipo, pero sin sonreír. Seamos
claros: cuando era joven y pudo haberse beneficiado de ese rostro simpático, ambos
dientes malditos en V le arruinaron todos sus días; cuando se los hizo arrancar
contra su propia voluntad era ya un viejo impotente, de modo que su sufrimiento era,
es, doble cuando alguna mujer le tira miradas de miel: como sabe que nada puede
hacer, se ve forzado a fingir una virtud que nunca tuvo; si se llega a un cambio de
palabras, afirma que como abuelito decente no puede acostarse con una rubia que
debió ser su nieta… ¿Debo mencionar el millar de oportunidades en que blasfemó
con la furia de un volcán?
Voy por partes, dije, y aunque duela lo haré. Las cejas con que nací eran dignas de
envidia; todavía lo son aunque reducidas a una mitad casi blanca. Las pestañas
largas eran de niña bonita y ahora apenas sirven para retener un par de lágrimas: el
muy bestia las ha quemado con su desmedida afición a la lectura, vicio que, con lo
que llama vocación, nos ha dejado desnudos de pestañas, y es la purísima verdad.  
Apenas me referiré a la tragedia de los ojos, pues prefiero que las victimas la relaten
con sus propias palabras, cosa que es de esperar dadas las circunstancias
generales.
Por ‘ojo’ entiendo el globo ocular, no más pero no menos. Por ello debo referirme a
los balcones de carne que llevamos hoy debajo de cada ojo, reducidos por cierto,
pero notables todavía. La historia no es muy larga: con los años y los vicios, los
buenos y los malos, el Sistema fue desarrollando una especie de antifaz negro
debajo y alrededor de cada ojo. Cuando descubrió que no podía entrar al banco para
retirar dinero de su cuenta corriente porque todos le creían un asaltante decidió
hacer algo al respecto y preguntó qué podría ser ese algo. Cayó en manos de un
carnicero griego dedicado según el griego a la cosmetología y el carnicero cobró más
de ocho mil dólares por cortar ambos extremos de ambas mejillas, quitarles un buen
trozo de piel y coser los bordes de las pestañas como se hace con cualquier herida.
La fotografía que guardamos de aquella carnicería nos sirve ahora para asustar a
sus nietos cuando no quieren dormir.
Cicatrizadas las heridas la situación resultó la misma que sucede a toda intervención
quirúrgica o casi todas: no fue un éxito pero no fue un fracaso: redujo a la mitad la
amplitud de los balcones. Siempre decidida a cualquier sacrificio que mejorara mi
aspecto, su esposa lo condujo a otro cirujano, este, sirio, que hizo un trabajo mejor
por una suma similar. Hoy sufro de dos balcones aún visibles cuyo efecto evidente
son las pupilas enrojecidas y los ojos llorones con los que moriremos. Lo digo porque
ha jurado no volver a someterse a una tortura similar en lo que le queda de vida.
Nacimos con esta nariz y cargamos con ella todos los días de nuestra atribulada
existencia. Crece y crece. Delata la sangre de nuestros antepasados indios, aimaras
o quechuas o lo que sea, y lo sabemos porque hallamos a sus primas por doquier:
feas, tubérculos amorfos que la Divinidad usa para burlarse de todos. Vienen a
resultar una lección de humildad a lo bestia. No diré más: he luchado siempre por
ignorarla, pero allí cuelga, allí cuelga como odioso pariente.
De las orejas no hay mucho que decir: nacieron como alas de murciélago y se han
ido reduciendo hasta pegarse a la cabeza de huevo que dice le viene de nuestros
antepasados nórdicos. Allí están, pero no sirven para nada: este tipo es sordo como
una tapia.
Del mentón estoy orgulloso. Es agresivo pero no mucho. Es audaz, pero no tanto.
Parece copiado del de muchos actores del cine, y eso me gusta. Lo han golpeado
sólo un par de veces y aguantó como valiente, lo que me gusta más. Ha sido
defensor de la boca y esta boca, como casi todas las bocas, ha sido origen de
trifulcas, malos entendidos, entendidos malos pero voluntarios… Bien dijo quien
afirmó que lo malo del hombre es lo que sale de la boca, no lo que entra por ella.
Esta es una boca fea. Es débil y su labio superior traiciona los males del alma que
acosaron a este Sistema, deprimido siempre, triste, solitario, labio torcido que
traiciona un calambre del alma.
Pero lo más interesante, creo yo, es que nada, excepto la nariz, ha escapado a
múltiples alteraciones. Soy y no soy el mismo. Si consideramos las cicatrices… La del
golpe que casi le parte la nariz y que marca el puente del apéndice como mordida de
rata, las que dejaron sus incisivos empujados por un puñetazo que le forzó a
morderse el labio superior, la de la mejilla derecha, un cáncer que demandó una
extracción cruel, las de la frente, rasguños, tajos y… que por suerte no se ven muy
claras… y otra herida que ha tenido la habilidad de ocultar debajo de una Van Dyke
blanca que me parece la mar de elegante… He sido en verdad afortunado, eso sí. Y
mejor dejo de hablar ya, antes de meterme en nuevos berenjenales.

         


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