Bolivia entera se conmueve estos días con la polémica feroz que intenta iniciar el
desconocido autor Celso Montaño Balderrama contra el más conocido autor, profesor
y crítico Adolfo Cáceres Romero, ambos vallunos, a mi mejor saber y entender.
La causa de este odioso enfrentamiento es un concurso de novela manejado con los
pies por la municipalidad de Cochabamba, concurso en el que participaron dos gatos y
cuatro jueces, uno de los cuales se desayunó tarde cuando se decidió el Premio
Marcelo Quiroga Santa Cruz, que antes se llamó Néstor Taboada Terán pero cambió
de nombre cuando algún avivado de esa municipalidad se enteró de que Néstor
Taboada Terán es paceño y no cochala aunque es vecino del Valle, datos que
ignoraba el valluno ignorante y municipal mal informado que bautizó este premio.
El caso es que el autor premiado entre gallos y medianoche por tres de los cuatro
jueces, este Celso Montaño Balderrama, ha estallado como bomba de siete kilos
porque el juez al que dejaron sin desayunar, Adolfo Cáceres Romero, dijo dos o tres
frases a la prensa que dejan mal parado al premio aquel, a la obra ganadora y a nadie
más.
El pecado de Cáceres Romero es el siguiente, publicado por él mismo en una nota que
explica con algún detalle este lío de enorme repercusión internacional. Dice Cáceres
que dijo a la prensa sobre la obra de Montaño que “…además, era la obra que menos
méritos novelísticos tenía. En sí es un alegato perogrullesco, con trazas de manifiesto
demagógico. Cansa y aburre su lectura, por lo reiterativo de sus juicios, con adjetivos
al granel” o algo parecido.
Este juicio, al que Cáceres tiene todo el derecho del mundo, provocó una reacción tan
absurda como desmedida de parte del novel autor, cuya obra es, claro, totalmente
desconocida todavía para los 17 lectores de novelas que se sabe viven en
Cochabamba: lo más probable es que todavía no se haya publicado.
La tal reacción se compone de dos páginas en las que se refiere al abolengo de
ambos contendores con el más cuidadoso detalle posible, imaginando una estirpe para
Cáceres y otro para Montaño quien, como autor de ese disparate, se proclama un Inca
de las letras, la historia, la política y, creo, la física nuclear del Ecuador, Bolivia y
cualquier territorio próximo o lejano.
Hijo del Sol (¿Cómo lo sabe? ¿Ha preguntado al Sol?) y autodesignado descendiente
de la más preclaras familias de este valle extenso de lagrimas desde que Adán era
cadete, Montaño Balderrama, un ilustre desconocido hasta este instante, se gasta más
de 700 palabras en su ardiente tontería antes de tomar resuello y dejar caer, exhausto,
su afiebrada pluma. Es lamentable decirlo, pero ni así presenta prueba alguna de lo
que afirma en su papel. Deberemos contentarnos con su palabra, pues, y creerle
pariente de la sangre más azul que se diera entre los Incas de  merecida fama. Como
no nos cuesta nada, declaremos que le creemos. Hoy tenemos otro Inca en
Cochabamba, y deberíamos celebrarlo de algún modo.
Es lástima que, a pesar de su abolengo,  no se hayan arreglado sus parientes para
darle un poquitín más de educación elemental, armado de la cual se hubiera enterado
antes de ganar un premio entre gallos y medianoche de las realidades que ahora
anoto.
La primera y la más importante es que la ilustre familia que se atribuye este Montaño
Balderrama no le servirá de nada en el campo de las letras. Si su obra resulta una
porquería, será una porquería útil sólo para avergonzar a sus antepasados, ante los
cuales deberá hacer algún sacrificio para ser reconocido una vez más. Montaño
Balderrama debería saber ya que los apellidos de alcurnia, como la piel, el color de los
ojos y los sesos que llevamos entre oreja y oreja son obra del azar, no nos eligen ni los
elegimos, y por tanto son usados sólo por los tontos de capirote que carecen de
cualidades personales hasta un extremo inaudito, ese en el que nos dicen: “Yo seré un
idiota, pero mi abuelo era general. Respéteme por ser nieto de mi abuelo”.
Otra verdad es aquella que confiere plena independencia a un libro apenas deja las
manos de su autor para irse a la imprenta. Tan pronto abandona el estudio de su
padre espiritual, cada libro es independiente, vive su propia vida y no pertenece nunca
más, en el sentido profundo de la palabra, a su autor. Vive y muere por virtudes o
vicios propios sin que su autor pueda hacer nada para cambiar su suerte.
Es necesario anotar para beneficio de polemizadores de este calibre que todo libro,
una vez publicado o presentado a un concurso, como es este caso, queda abierto y
dispuesto y merecedor de todo tipo de opiniones, denuestos, groserías y maldades
provenientes de las especie humana y de otras especies también. Publicar o tratar de
publicar significa entregar la obra y, a menudo, el autor, a la opinión de los seis mil
millones de bípedos que asfixian el planeta. Cada autor reconoce y cede ese derecho.
Muchos buscan esas opiniones. Algunos las compran. Unos pocos las hallan sin haber
movido un dedo para provocarlas. Pero todo autor con experiencia sabe que lo
indicado en estos casos es aceptar y hasta agradecer tales opiniones, digan lo que
digan.
Esta ley no escrita que rige entre los caballeros de la pluma es vigente desde antes de
que Adán fuera cadete, de modo que la ignorancia en este aspecto de Montaño
Balderrama es chocante y sorprendente, por decir lo menos. ¿Qué pasará luego,
cuando la opinión general, la Vox Populi que es la Voz de Dios, coincida con la opinión
de Cáceres Romero sobre la obra de Montaño Balderrama? Dos factores parecen
indicar que así sucederá: la opinión de Cáceres, que no es ningún novato, y la
reacción desmedida de Montaño Balderrama que aquí comento y que dice mucho de
su calibre como escritor.
Habrá notado mi amable lector que no defiendo ni por un minuto a Cáceres Romero.
He estado con él cuatro veces en mi vida y me reservo mi opinión sobre él y su obra
para otro momento, como he hecho siempre desde 1970 cuando de obras y autores se
trata. No creo que necesite de defensor alguno. Lo que necesitará será un poderoso
digestivo para apaciguar la rabieta que este episodio le causará. Pero, en fin: ¿Quién
le manda a meterse en esos líos?
Lo interesante de este episodio es que delata el feroz atraso en que se hallan nuestras
letras y quienes hacen su ambiente. No sólo pudo escribir Montaño Balderrama el
disparate que comento, sino que la prensa se apresuró a acogerlo y provocar un
cacareo de gallinas del que salen malparados el Valle, en primer lugar, y los escritores
y lectores de los componentes de este lío ínfimo sin importancia alguna.
Es cierto que casi todos los escritores son unos divos celosos y envidiosos, pero
algunos hay que se las arreglan para ocultar esos vicios y para mostrarse civilizados
aunque les cueste. Después de todo, se supone que los escritores hacen la cultura de
un país. Sólo queda por decir que el papel de Montaño Balderrama que comento no
sirve a nuestra cultura sino que atenta contra ella. Si tal papel es una hoja de su
rábano, ¿qué podremos esperar del rábano entero? Para muestra basta un botón.  
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Arturo von Vacano