Mi gran orgullo consistirá siempre en que no cambié nunca: tal como fui cuando vine,
así mismo me iré: heme aquí, intacto.
Esa es mi gran satisfacción y el motivo sincero y humilde del agradecimiento profundo
que por fin expreso hoy para otros componentes de lo que ya alguien llamó el Sistema.
En un principio mi función y destino parecían ser tan humildes y (¿por qué no decirlo?)
desagradables que me convirtieron en sinónimo de insultos y desprecios: cañoneos de
hedor insoportable casi siempre inesperados y descargas de desperdicios dolorosas a
veces, muy satisfactorias, otras. Ambas funciones son, por increíble que parezca, harto
agradables para quien las ejecuta: cada pedo bien largado produce sonrisas de beato
y cada cagamento completo causa alegría y alivio. Pedos y cagadas han sido siempre
elementos importantes de la felicidad humana.
Pero, pues que me descubro el don mágico de la palabra, debo hacer justicia a mis
iguales al declarar que somos, como todo miembro importante de este Sistema, no sólo
interesantes y atractivos sino complejos y singulares, casi tanto como toda nariz: cada
uno de nosotros tiene dos esfínteres de enredada y difícil cartografía, lo que fuerza a
muchos humanos a declarar: ‘Me paso la vida estudiando el culo de la gente…’ antes
de hacerse doctores.
Para ser breve: El esfínter anal interno se encuentra en la parte interior del recto, y es
una continuación de su capa muscular circular e interior. El músculo esfínter interno del
ano, integrante del extremo final del aparato digestivo, es un anillo muscular entre el
canal rectal y el esfínter anal externo, del que es anatómicamente distinto.
Su espesor es de 5 mm y una longitud de 25 a 30 mm, y es un agregado de las fibras
circulares involuntarias del intestino grueso. Su borde inferior está conectado a la piel
del orificio del ano, el cual se ubica aproximadamente a 6 mm.
El músculo esfínter interno es liso; el externo, estriado.
Como una válvula, el interno apoya al esfínter anal externo en la expulsión de las
heces; ayuda a ocluir la abertura anal para evitar la entrada de objetos que podrían
dañar las paredes intestinales, y detiene el paso de gases y heces en estado líquido.  
Su acción es totalmente involuntaria, es decir, no es controlado por la conciencia
humana. Su contracción y relajación suceden de manera espontánea. La condición
normal del esfínter interno es contraída. El reflejo de la relajación es causado por la
presión de las heces del recto durante la defecación.
El esfínter externo de la uretra es un músculo estriado, voluntario, que rodea la uretra
y cierra la porción membranosa de este conducto. Este esfínter sirve para contener la
orina. En el hombre, este músculo facilita mediante contracciones rítmicas el transporte
de semen durante la eyaculación.
Por fin, algo sobre las sensaciones dentro del recto durante el coito anal: no existe
ninguna sensación más allá del esfínter anal. (Por ello es que quienes se introducen
objetos largos y duros por el recto pueden herirse seriamente sin sentirlo.)
….y si anotara aquí todo lo que se sobre mis interiores me tomaría una semana. Pero
bastará con esto, creo, para crear mayor respeto hacia uno de los grandes
incomprendidos de la historia, el ano.
Dado el retraso en que vive mi lar natal – un siglo o dos – tardé bastante en descubrir
otra función asignada por el vicio de los hombres a mi humilde orificio: sólo en la
adolescencia aprendimos que podía ser usado yo como mal reemplazo de la vagina.
Tardamos un quinquenio en creerlo, otro en aceptar tan bruta idea y el resto de
nuestra vida en rechazar toda probabilidad de que me hirieran de ese modo. Dada la
energía, el coraje y, a veces, la furia, con que todos me defendieron, el Sistema triunfó
y he aquí que moriremos, (porque ya es hora, ya) con el esfínter virgen, como antes
dije.
No es ésta hazaña de poca monta.
Su sola mención trae a la memoria historias de horror vistas, escuchadas,
sospechadas y comprobadas que bastarían para condenar a la hoguera a muchos
pecadores entregados a esas viles prácticas. El descubrimiento de que su popularidad
hace casi imposible una amistad sana y transparente entre dos hombres de vigorosa
presencia y simpática sonrisa y de que hasta el rostro más repulsivo y el cuerpo más
grosero pueden ocultar tendencias femeniles como el uso de faldas, sostenes,
calzones de notables características y, peor, un masoquismo que convierte a estos ex
hombres en criaturas de gelatina que se someten a las peores torturas – la
destrucción de un ojete por un puño de hombre – que mutan horrendos dolores en
dolorosos placeres y gemidos agónicos…
Nuestras malas costumbres nos llevaron al lecho de una prostituta llamada Floriana
que, ya al desnudo, se convirtió en un Robertico cuya daga de carne se agitó
enloquecida ante el espectáculo de mis blancos guardianes, redondos y virtuosos, y
cuya daga de acero, al ver frustrados sus esfuerzos por lastimarme, dejó un tajo largo
y sonriente en este defensor mío, el izquierdo, el herido para siempre durante el
cumplimiento de su deber.  Sólo nuestra buena fortuna permitió que mi Sistema clavara
en medio de un desaforado intercambio de zarpazos un cigarrillo ardiente en el ojo
derecho de esa falsa puta, estrujara su escroto apenas perceptible hasta arrancarle
aullidos auténticos y le introdujera una botella de whisky rota del modo mismo en que
Robertico intentara dañarme a mí. Y es que sentimos un odio singular contra
personajes como ese…
Descontando dos o tres incidentes similares a este mal recuerdo, mi vida ha sido
solitaria, monótona, repetitiva y alguna vez dolorosa dados los problemas de salud que
sufre este Sistema.
Recuerdo un formidable empacho de medicinas que el muy bruto se produjo en su
intento de evitarse lo que otros llaman dolores de barriga. Tragó tanto disparate que  
no paró hasta verse doblado en dos y rígido, pasajero desesperado de un taxi que nos
dejó en la oficina de Emergencias de un hospital de cuyo nombre no quiero
acordarme. Aquejado por dolores que al menos duplicaban los que quiso evitar,
tuvimos que aguantarnos horas así, él doblado y yo entre angustias, hasta que le
hicieron un lavaje que debió haberse llevado hasta el último de sus pecados. Quedé
lastimado y herido después de semejante descarga y del esfuerzo que me costó ese
desahogo.
Cuando pienso que pude haber quedado como esos socavones que llevan atrás los
maricas de mayor fama y confirmo que sigo siendo pequeño, sensible y hasta bonito si
bien me ven, no puedo menos que agradecer a mi buena fortuna porque me dio sólo
unos cuantos de esos episodios.
Este Sistema ha abusado siempre de su cuerpo y generalmente quien paga los platos
rotos soy yo, pero mi vida es en verdad llevadera si la comparo con la de muchos
ojetes maltratados y expandidos hasta no poder cerrarse más, esos orificios que de
recto no tienen ya ni la sombra.
Bien defendido y afortunado, agoto mis días sin queja alguna. Viejos como somos,
tengo casi la certidumbre de que de aquí en adelante nada será un álgido cambio.
  
SIGUE