Novela boliviana: el misterio de la calidad

Los esfuerzos por ‘sacar’ a algún autor boliviano para darle fama en el exterior se
hicieron, claro, al estilo nacional: en el mayor de los secretos, una conspiración de
cuatro gatos decide que la obra de uno de ellos merece representar al país todo e
inicia su intento entre gallos y medianoche para lanzarlo al mundo ancho y ajeno; por
otro lado, ejemplos hay de lo contrario: ante la mayor indiferencia nacional, un autor
casi desconocido decide conquistar el mundo con su libro y su soledad y se marcha un
frío amanecer sin dejar sombra ni huella.
Lo que une a esos libros en esta historia es el mismo “detalle”: el misterio de la calidad
de las obras que de esos modos intentaron salir a conquistar mundos.
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Uno de los autores promovidos durante décadas por los más respetados opinadores
locales (conocieran el tema o no) es Jesús Urzagasti. Como con Jaime Sáenz, se
suceden con Urzagasti los intentos que lograron la publicación de dos o más obras de
ambos autores en el exterior.
(No voy a referirme aquí a las traducciones publicadas en países cuyo nombre es difícil
de pronunciar y de cuya suerte nunca más se supo nada apenas se publicaron.  Hubo
muchas razones para hacer esas traducciones y muchas explicaciones sobre su suerte
posterior. Publicar en Uganda puede resultar lo mismo que publicar en Bolivia: no se
avanza nada. Nos guste o no, somos Occidente y la capital de Occidente es Roma,
esto es, Nueva York para la novela occidental. España, como sabemos todos, es una
provincia como Colombia aunque hay quienes lo discuten).
Los promotores de Urzagasti no han ahorrado saliva en sus esfuerzos de un cuarto de
siglo: casi todos los profesores extranjeros de literatura que visitan o escriben a los
profesores bolivianos de literatura repiten lo que los bolivianos dicen de Urzagasti… y
si tienen la edad de Urzagasti o son sus amigos personales, Urzagasti puede estar
tranquilo sobre esos juicios: cualquier tomo extranjero sobre literatura latinoamericana
publicado desde 1970 para acá dice prácticamente lo mismo. Podría pensarse que,
ante ese juicio universal, la publicación de su obra en Nueva York no sería harto difícil
ni su difusión tampoco.
Es la diferencia entre los lectores extranjeros y los profesores bolivianos de literatura lo
que hace notable este caso.
Como saben muchos conocedores, Kirkus es el nombre de una entidad de fama
mundial dedicada a comentar obras literarias y de todo tipo. Como es lógico, Kirkus es
lo opuesto a los grupos tribales de compadres y socios, las ‘sociedades de bombos
mutuos’ y otros vicios locales que son, no voy a negarlo, también universales, pero…
¿cómo podría Urzagasti ‘conquistar’ el favor de Kirkus?   ¿Y qué motivos secundarios
tendría Kirkus para promover o dañar la obra de este autor? En otras palabras, es
posible que el siguiente juicio sea justo y objetivo:
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Copyright 2005 Kirkus Reviews
Publicada originalmente en Sud América en 1987, esta aburrida y tediosa, pretenciosa
novela escrita por un poeta y novelista boliviano es por lo menos consistente.
Comenzando el último día de 1980, Urzagasti cuenta la historia de Jursafu, un
periodista y a ratos poeta atrapado por la constante violencia de su país. Esta violencia
es dirigida contra él al comenzar la novela y Urzagasti relata cómo se vio Jursafu en su
coyuntura actual. Narrada alternando a Jursafu y sus dos alter egos interiores, el Otro
y el Muerto, la novela se hace con un revoltijo de recuerdos, anécdotas, metáforas,
parábolas y directivas políticas que describen cómo creció un chico campesino y se
hizo un intelectual aunque retuvo la convicción de que es mejor estar en contacto con
la naturaleza y ser un trabajador esforzado que meterse en cosas que requieren
palabras. No hay movimiento en la historia y cada escena es forzada dentro de la
garganta de los lectores como si ellos nunca pudieran hacerse de su propia opinión.
Agitada, ridícula por cohibida y farragosa sin alegría, humor ni inventiva verbal, la
novela es asfixiada por su gran seriedad estridente. Hay unos instantes en los que
Urzagasti dramatiza con habilidad su mensaje simple, como cuando el Che Guevara no
sabe que la cura de su asma crónica está en las raíces sobre las que camina en las
colinas de Bolivia, pero el modus operandi usual del autor es torpe y denso y se
debilita después de unas cuantas páginas. En una de las piezas de El Muerto escribe
Urzagasti, "El narrador debe maravillar; el oyente debe quedar perplejo." Tal vez. Pero
la perplejidad implica interés y un deseo de hallar respuestas, y Urzagasti no logra
provocar ni lo uno ni lo otro.
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¿Cómo se puede explicar este divorcio sin duda sensacional? ¿Es que nunca supo
Urzagasti lo que hacía? ¿Es que sus acólitos lo convencieron de que es lo que en
verdad no parece ser? ¿Es que existe una refutación contra Kirkus después de este
balde de agua fría?
La maldición de la tragicomedia boliviana se repite aquí como se repite en el fútbol
nacional: una goleada de ocho bombazos no logra abrir los ojos a los fanáticos porque
la realidad es insoportable y no queda otra que continuar con la mentira hasta el Día
del Juicio Final; Kirkus se equivoca: Urzagasti y los profesores bolivianos de literatura
son los únicos que saben lo que es ese arte… Así como hay fútbol en Bolivia.
Sí, pero… ¿y los bolivianos que siguen a Urzagasti? ¿Los que van hoy mismo con su
libro a Nueva York y merecen mejor suerte? ¿Por qué tendrían que pagar el precio de
esta mala aventura? Si del Nazareno dijeron que nada bueno puede salir de su pueblo
natal, ¿qué no dirán de los que vienen del pueblo de este otro Jesús? No basta con
ser subdesarrollado… ¿Hay que cargar con estas complicidades también?
¿Es posible construir una reputación en base a mentiras constantes?
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El Episodio Lechín es más corto pero igualmente ilustrativo, tal vez.
Como el mundo ha olvidado, Juan Claudio Lechín ingresó a la historia con su “Gula del
Picaflor”, un Premio Nacional que de entrada nomás anunciaba dificultades: un picaflor
caníbal y dado a la glotonería, la voracidad, la tragonería, no podía ser ejemplo mayor
de desenfreno sexual ni para la más audaz imaginación: Hay quien traga y quien
fornica como campeón, pero nunca son el mismo ente: la gula inhibe el sexo, el sexo
teme la gula. Lo que pasa es que en los callejones de la cervecería los mastucos dicen
‘me comí esa hembrita’ lo mismo si tienen suerte que si no la tienen, y Lechín debe
haber oído alguna vez esa locución que se tragó sin vacilar para dar un título a su obra.
Debo confesar que sólo le he leído un artículo de prensa, artículo que conservo en mi
sitio del Internet (avonvac.com) junto con la ‘polémica’ ínfima que libré contra su futura
esposa tras criticar el idioma de Lechín, idioma que, según dicen, sigue creyendo que
es español. Está a disposición de todo lector curioso (avonvac.com/su opinion).
El caso es que, tras conquistar la buena voluntad del jurado nacional, ese autor se vio
en la feliz disyuntiva de disponer de unos cuantos dólares ganados por papá para la
promoción de su obra y decidió hacer por “Picaflor” lo que hice yo una década antes
por mi “Antón”: una gira relámpago por diversos países que debió culminar con la
publicación de la obra en Nueva York, heredera de París y capital mundial de la novela.
Hubo algunas diferencias, claro: yo me presentaba ante los editores a pie, con el tomo
bajo el brazo y como indito pobre y abandonado de la mano de Dios; Lechín era
descubierto de inmediato por la prensa y la televisión de cada capital que visitaba
(milagros del capitalismo sindical) y cosechaba aplausos escritos o televisados…
triunfal gira que terminó en Nueva York cuando visitó a mi amiga traductora y se enteró
de que habría que soltar unos US$20.000.oo para ver al “Picaflor” en inglés… si
hallaba traductor que se interesara en arriesgar su buen nombre en tal dudoso
empeño, hubiera dineros o no.
Como todo lector despierto sabe, no hay texto en inglés sobre un picaflor que haya
confundido la gula con la lascivia.
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La aventura de Lechín me recuerda otro periplo no menos notable que tuvo por héroe
a Pedro Shimose, del cual siempre debo decir que dio título a mi primeriza “Sombra de
Exilio”, bautizo que mucho le agradezco.
Shimose, como Urzagasti, se hace a veces odioso porque cree que Dios le ha cedido
su potestad de juzgarlo todo sin riesgo de equivocarse jamás, y se sienta y dictamina
como si estuviera posando para la estatua que le harán dentro de unos años en
alguna plazuela. Pero el Shimose que bautizó mi libro no era todavía así, o por lo
menos así no lo recuerdo.
El caso fue que el dictador Banzer sacó a patadas al poeta y su familia de La Paz y ese
exilio se inició como casi siempre sucede, sin destino final definido. Como sabemos, La
Habana ha dado a Shimose un premio de grande prestigio y, aunque yo entiendo tanto
de poesía como de tragedia griega, no tengo duda alguna de que fue merecido y tuvo
su tinte político también.
En ese frío amanecer, Shimose inició un viaje que le llevaría a varias capitales y le
puso en tren de opinar un tanto en público sobre el clima de La Habana y otras
ciudades cuando pasó por allí. Halló claras palabras para elogiar a los regímenes que
visitaba, así fuera por algunas horas. Fue en realidad una mutación milagrosa, o casi,
de un extremo al otro del horizonte político. Como la prensa seguía su accidentado
viaje, pude apostar yo que concluiría en el Madrid de Franco obedeciendo un simple
hecho: su esposa es española, y donde manda capitán no manda marinero.
Hay quienes han condenado con duras palabras el abrazo banzeriano con que
Shimose prefirió poner punto final a un exilio tan largo que amenazaba ya con privarlo
para siempre de su musa, su Bolivia. Vio tal vez su única esperanza de retorno en ese
triste error que demostró también esa vez que es, como su colega Borges, un estúpido
político de increíbles dimensiones. Bolivia, que le ama por su sombrero de sao, no le
ha perdonado ese gesto de fraternidad con un asesino y el exilio se ha hecho eterno:
si retorna será con los pies por delante.
Mi decisión de no retornar antes ni después del Gran Salto se basa en que nadie me
haría una estatua en una fría placita paceña además de que estoy acabando mis días
mientras acabo con todo contacto humano entre mi patria y mi humanidad. Mis
hermanos, tres, se quedaron con mi herencia y la casa que mi madre consideraba un
tesoro y ellos han convertido en un bulín de negra fama, y con ello me dieron el
argumento final. Mi corazón, que alcanzará este mes los 75 años, no está para esos
disgustos. Pero la verdad es que, aunque amo a Bolivia porque es mi patria, me
sucede (guardando las enormes diferencias, claro), como a Tamayo, que se encerró
en su casa tras el 52 y durante los últimos diez años de su vida: no quiso ver otro
compatriota, ni a su cartero, antes de morir. Los bolivianos, que nos conocemos tan
bien, sabemos cómo y por qué son así estas cosas.
Pero la noche es joven y quiero saludar con especial aprecio a Gaby Vallejo, cuyos
méritos jamás fueron apreciados con justicia por propios ni ajenos y cuyas aventuras
por exportar sus obras, de calidad me dicen muy superior a lo que se opina y murmura
en el Valle, tienen en realidad bastante del signo tragicómico boliviano tan
singularmente nuestro.
Parece que un encuentro fortuito con la traductora Alice Weldon culminó en la
publicación de  “Son of the Murdered Maid”, derivado de “Hijo De Opa” y publicado en
2002 por un editor particular.
La peregrina idea de ponerle un precio “andino” - US$109.95 – atenta seriamente
contra este libro. Es lamentable porque la obra merece una suerte mejor y porque
nada ha cambiado desde entonces para “Hijo de la Sirvienta Asesinada”,  título que
vendría a demostrar que Weldon es, digamos, ¿un tanto opa?
Tampoco la descripción de la novela le ayuda mucho: “Esta novela boliviana hace
crónica de la degeneración de una familia terrateniente de clase media relacionada
con la Revolución de 1952, la reforma agraria y tres décadas de represión política.
Gaby Vallejo entreteje los abusos políticos "públicos" con los abusos "privados" contra
las mujeres”.
Me permitiría expresar mis mayores simpatías para Vallejo porque también yo he
sufrido meses y hasta años de angustia plena al ver las caballadas que cometen
algunos traductores de conocimientos limitados (los que los tienen más amplios
simplemente no se ‘rebajan’ a traducir gentes venidas del Tercer Mundo a menos que
lleguen ya muy famosas).
Por razones que huyen ya al sentido común, Vallejo repitió esta aventura con su “Del
Placer y La Muerte”… y ofrece al mundo cada ejemplar por US$ 100.oo porque no
tiene, parece, control sobre estos precios... y más no se puede averiguar sobre sus
esfuerzos.
Se dan, por supuesto otros episodios similares pero, siendo ya la hora de las brujas,
me toca reunirme con ellas para preparar mi próximo alojamiento en el Hades.   
Su Opinión
Arturo
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1-07-13