Nuestra Novela nunca hizo Boom

La novela boliviana no existe fuera de las fronteras bolivianas; nunca hizo boom.
Esto es: al iniciar el tercer milenio de la vida de Cristo, Bolivia no tiene su Roa Bastos,
no tiene su Mistral, no tiene su Borges. No tiene a nadie en el universo cultural del
alfabeto, a nadie más allá de sus fronteras físicas y espirituales. Es el único país
latinoamericano así de atrasado. Su último representante de estatura internacional
indiscutible parece ser… Franz Tamayo.
Por supuesto, me refiero al mundo ancho y ajeno de que hablaba un autor peruano de
larga fama, no a la enrarecida y letal atmósfera de la ‘academia’, esa ‘universidad’
latinoamericana cuya misión consiste en inventar falsos privilegios y fabricar
mediocridades en serie, esas aulas que nadie barre ni limpia y que no han dado casi
nada a la literatura desde hace 200 años. Y es que la novela, como cualquier obra de
arte, no se puede ‘estudiar’, como lo han dicho ya tantos de sus artistas.   
Como toda religión falsa (y todas lo son) también las Letras sirven de pretexto para
crear ejércitos de impostores, ‘jóvenes promesas’ que desaparecen cada 365 días,
‘poetas’ cuyas glorias mueren cuatro semanas después de publicadas y catedráticos  
con aires de rey maricón que nadie puede explicar: mediocres y falsos como son, ¿de
qué y por qué se dan esos aires? Lo único que queda para pasmo de los siglos es la
continuidad impune de semejante plaga.
Pero tras ese océano de mediocridad debe darse una explicación clara del por qué no
puede Bolivia parir un solo genio literario de calidad aceptable para el país y para el
mundo. ¿Por qué no puede dar su Roa Bastos? (Elijo al paraguayo porque me parece
el más claro ejemplo de un autor que salva el honor de un país, no porque me gusta su
estilo).
La respuesta es también simple, como siempre: la educación en Bolivia deja
demasiado que desear; nadie se educa ‘bien’; ‘educarse’ aquí es maleducarse: tejer
complicidades, aprender mañas y desvergüenzas para ‘salir adelante a como de lugar’.
Pero, y peor que eso, ‘educarse’ es aprender que lo que debe castigarse no es el
delito sino el acto de denunciarlo. No tenemos estómago para la verdad; nunca
mencionamos la Verdad.
Negamos toda posibilidad de ser auténticos y nos acostumbramos a ser impostores.
Aprendemos a vivir ocultando nuestras canalladas, fingiendo virtudes y tratando de
inventar un mundo que es el revés del ‘de verdad’. Al adoptar esta actitud nacional
adoptamos también una maldición que ya dura demasiado, la de ser el poto del
mundo.  Nada ilustra mejor esa actitud, (“mi fracaso es mi éxito”) y su castigo que el
fútbol y la literatura.
En cuanto al fútbol, hemos decidido que hay dos ‘fútboles’ en el mundo: el que se
juega en Bolivia y el que juegan los otros 201 países. Cuando el fútbol boliviano se
atreve a sacar la nariz atravesando alguna frontera, el resultado es evidente: 8-1, 7-2
y etc. etc. Lo más notable es que al día siguiente de cada paliza la hinchada finge que
tal goleada nunca sucedió y vacía más millones en los bolsillos de los responsables de
esas hecatombes.
Nuestra realidad boliviana general es tan cruel que se hace insoportable, sobre todo
para las personalidades infantiles e inmaduras. Esa crueldad del mundo real es tal en
el caso de nuestros militares que han decidido que la guerra por el mar boliviano no se
librará en Atacama sino en el Beni, desde donde nuestros militares gritan en sus
videos: “¡Los Estamos Esperando!”, un desafío inédito contra los chilenos, que
deberían estar esperando a nuestros militares a orillas del Pacifico.
En cuanto a la novela, y para no quedar mal con nuestros compatriotas menos
ilustrados, hemos decidido hacer lo mismo: lejos de aceptar el simple hecho de que
nuestra carencia de novelas de gloria internacional se debe a nuestra triste educación
y a una evidente falta de talento – no somos competidores, no somos – hemos
decidido convertir lo falso en verdadero y el vicio en virtud para promover luego entre
absurdos esa falsa virtud. Decimos y creemos que lo mediocre es bueno y lo
promovemos como si fuera en verdad una obra de arte, que es lo que todos persiguen
en todas las latitudes.
Esa es la fórmula universal: la producción de una obra cuya belleza y perfección la
defina como otra de arte o algo muy parecido. Al creernos incapaces de crear obras
de arte y lejos de aceptar nuestra cruel realidad para poder luego cambiarla,
intentamos falsificarla falsificando nuestra visión y afirmando que lo ‘mediocre’ es
‘magnífico’.
Por supuesto, nuestra tragedia empieza cuando nos damos de narices contra la
realidad ‘real’, la realidad del mundo ese de allí afuera que tanto tememos. Para
demostrarlo tomaré dos o tres ejemplos de lo que sucedió cuando autores nacionales
se atrevieron a sacar la nariz más allá de nuestras fronteras.
Pero voy a hacerlo otro día porque el sol acaba de salir sobre el Potomac y quiero salir
de mi pent-house de lujo y pasearme un buen rato ante la Casa Blanca.  

Ya de retorno, conviene analizar un poco las ventajas y desventajas de “aprender” a
hacer novelas y a criticarlas, “arte” que es el pretexto con el que la Universidad (así,
con U) nos planta cada año un centenar de nuevas lumbreras literarias.
Como con casi todo, los gringos fueron los primeros que creyeron posible el
despedazamiento de la novela en todas sus partes, una descripción de cada una y un
“armado”  de toda novela según una fórmula general.
Por supuesto, hicieron necesario un conocimiento lo más completo posible de lo que
antes de hoy se hizo en este aspecto (la historia universal de la novela)  y por lo
menos una referencia sobre todo aquel que metiera la cuchara alguna vez en este
intento.
La idea principal era la de crear empleos, sabe usted, Don Luis, no la de crear
novelas, idea que usamos aquí para recordar también que el ser humano no puede
crear nada: sus creaciones son sólo combinaciones de partes de diversos entes
(cuerpo de mujer +cola de pez = sirena) que resultan interesantes y “nuevas”, por lo
que las llamamos “creaciones”, no porque en verdad lo sean.
Como es fácil deducir, no es difícil hacer una vivisección de la novela hasta alcanzar la
formulación de una “receta” para hacer novelas, y las novelas hechas así han venido a
conocerse como ‘best-sellers’, “las que más venden”, porque están destinadas y se
venden a los que menor capacidad mental tienen o sufren de una seria deficiencia
educacional: las masas, tan temidas como son.
Esa fórmula conduce a la creación de “críticos”, “catedráticos” y “estudiosos”
dedicados principalmente a “crear” discusiones sobre la novela, sobre los idiomas
humanos, sobre el idioma mismo y sobre cualquier tema que pudieran relacionar con
las “Letras”, templo alguna vez respetado como las “Leyes”, Las Etc.” y etc.
Los productos humanos de la fórmula aplicada en las aulas universitarias  a “armar”
novelas se dedican principalmente a “crear papeles” sobre algún aspecto de la novela
(“La Novela Romancesca y el Engullido de Bovinos en el Siglo VIII) o de algún escritor
inmortal o casi (Cervantes y el Uso del Punto y Coma en Andalucía) cuando no aplican
sus capacidad analíticas a alguna obra especifica (Los Perros Perdidos en Vargas
Llosa) papeles todos que cuentan por lo general con no más de una veintena de
admiradores por razones obvias.
Algo que es obvio también pero aún no es universalmente aceptado es que la U, la
“academia’ los ‘profes’ y etc. etc. no han podido producir, educar ni presentar al mundo
un novelista de  nombre universal desde que la universidad existe. Pueden producir un
océano de mediocridades y algunos notables como críticos o estudiosos del idioma en
sí, pero no pueden producir grandes novelistas ni papeles que conquisten la atención
de multitudes letradas.
(Copio del New York Times de este domingo enero 6, 2013, a Francine Prose,
distinguida autora norteamericana: “ ‘Cien Años de Soledad’ me convenció de que
abandonara la Universidad de Harvard. La novela me recordó todo lo que mi doctorado
trataba de hacerme olvidar. Gracias, Gabriel García Márquez.”
Como Prose, son cientos los autores de todas las latitudes que han expresado
sentimientos similares sobre las universidades y su habilidad para enseñar a escribir
novelas.)
Si pensamos en la “fórmula” del “best-seller” como una camisa de fuerza podemos
explicar de inmediato esa esterilidad extraña: la fórmula nos dice “lo que es y lo que no
es la novela” y nos permite meter cualquier texto en su camisa de fuerza: si tal texto
obedece a la fórmula, es considerado una novela; si destruye la camisa de fuerza, es
rechazado por los estudiosos… Proceso que explica las diferencias entre lo que hoy se
estudia en las universidades y lo que hoy se crea como novela: unos veinte años, más
o menos.
La gran ventaja que ofrece la novela a los autores que intentan escribir una es la
libertad incondicional que este género permite (no quiero escribir ‘permitía’ porque no
creo que hayamos alcanzado ese nivel de imbecilidad general) al darnos rienda libre
en la exploración del idioma como instrumento y como arte, del pensamiento como
arma de investigación y de la imaginación como inventora de ‘magias’ inesperadas que
sólo la libertad sin límites hace  posibles.
Lo que todo autor que se respeta busca es “su modo” más original para usar “su
propia voz” y hacer de “su historia” lo más bella, inteligible y simple posible. Después
de todo, sólo hay un  ejemplar de cada ser humano en nuestro universo: somos
únicos, cada uno de nosotros, y por ello cada obra de arte es única.
Y rara: no pasan de una docena las obras que hacen la memoria de casi todos
nosotros: son las que hemos leído porque la suerte las puso en nuestras manos y su
valor único nos hizo conservarlas y, ¡milagro!, volver a leerlas. Así de difícil es ser
“único”, lo contrario de hacer un ‘best-seller’.
Los alumnos de Letras, y no sólo los compinches de Montenegro en LPB, son
demasiado ‘iguales’ y no hubieran podido soportar esas aulas si en verdad fueran
“rebeldes, imaginativos, audaces y aventureros” como son generalmente los
novelistas. A los novelistas les queda el mundo estrecho y siempre quieren ver lo que
hay detrás de cada cerro y de cada ola. Odian que alguien les diga lo que deben
hacer. Se creen superiores y, de hecho, diferentes al resto del mundo, aun si no lo
son. Descubren con gran facilidad la abundancia de imbéciles con que Dios castiga al
mundo y la combaten con denuedo aunque pierdan esa batalla.
Y así, es fácil reconocer a unos y otros por sus obras: a los más audaces entre los
novelistas lo llaman genios; no hay audaces entre los alumnos de Montenegro, esos
chicos que buscan hacer carrera sin hacer olas durante 30 años para vivir luego de su
pensión. Esa mediocridad les da ese aire de rata de cloaca con que aprenden a
envidiar y odiar a sus superiores. Se saben inferiores y buscan su seguridad en su
número: treinta ratas pueden contra un gato, se dicen. Temen expresar lo que sienten:
crean el chisme, la difamación. Las intrigas de burócratas. El besamanos y el
besapotos. Anda tú, Miguelito, y di que ese libro es malo. Te daré veinte puntos.
Gracias Sra. Raquel.
Pero el Diablo premia a estos mediocres dándoles el control del mundo: manejan las
universidades, las editoriales, los medios de información y la publicidad. Cuando se
topan con un genio hacen de besapotos y se humillan y agachan, pero continúan
manejando el mundo; pueden destruir famas y talentos; pueden asfixiar genios
jóvenes, pueden dictar los gustos de las multitudes. Sólo el Diablo sabe cuántos
talentos han destruido por cada talento que Dios se dignó salvar.
La situación es tal que el escritor experimentado sabe que sólo hay un momento de
felicidad en su vida y que todo lo demás es impostura: el momento mismo de escribir,
el instante en que tiene la fortuna de concebir un párrafo digno de recordarse, anotar
una frase que no morirá, ese instante solitario en que toca con sus dedos la
eternidad.    
Porque, claro, la vida no es sólo literatura; la vida es más grande.
Su Opinión
Arturo
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12-18-12